Memoria
Bulevar 18/08/2019 05:00 am         


Woodstock, cincuenta y sin réplica



A 50 años de los tres días de paz y amor que conmovieron el mundo, y varios intentos fallidos

El eterno anhelo de paz y amor, unidad y libertad que parecían consignas de estreno en los sesentas, 50 años después volverían a tronar convertidas en insistentes carteles de promoción (sin pizca de éxito), a propósito de la producción de un megaconcierto que debía ser justamente a estas horas, en la redonda fecha aniversario, supuesto espejo de aquel celebérrimo festival de empatía y rock que comenzó el 15 de agosto de 1969 en una granja de la pequeña localidad de Bethel, en el estado de Nueva York (luego que los habitantes de Woodstock se opusieran a albergar un concierto que prometía movida en sus linderos) y no terminó hasta tres días después; y claro, tenía que haber sido también, este Woodstock de revival, un acontecimiento que satisfaría con creces, qué rico, los bolsillos de los organizadores.

Pero Woodstock, ni a sus 25, en 1994, cuando se hizo más famosa la celebración por las luchas de barro y la presencia de patrocinadores corporativos que por otra cosa, ni a sus 30 (las celebraciones por el 30 aniversario estuvieron marcadas por los disturbios y la violencia sexual) ha aceptado nunca un bis comparable. Irrepetible, hasta ahora no ha sido posible reproducir la magia de aquel momento desmesurado y místico, y asombrosamente tranquilo en proporción con las circunstancias, en el que medio millón de personas (todo Petare, todo Puerto La Cruz) o más, cantaron, amaron, fumaron marihuana se inyectaron alucinógenos, soportaron chaparrones, se las apañaron sin comida y fueron felices; nadie se puso violento, no hubo un desadaptado matón que provocara la salida de sangre de uno solo de los tantos cuerpos. Según registra la prensa ocurrieron tres muertes en el festival de Woodstock, lamentablemente; una debida a una sobredosis de heroína, otra tras una ruptura de apéndice y una última por un accidente con una máquina vial que pisó a quien se había dormido debajo. Y unos cinco mil que se desvanecieron por el hambre. Pero no se fue de las manos de nadie, Woodstock fue un grito herido que salió de gargantas con vocación contestataria. Un ensayo de anarquía, y podría considerarse que de civilidad. Este año no puede decirse ni siquiera que el intento de remedarlo fracasó: días antes de que tuviera lugar el evento, tras varios meses de organización, hubo que cancelarlo. Baja la venta de boletería tampoco los eventuales patrocinantes dieron su apoyo para una honrosa y lucrativa versión de aquellas celebérrimas 72 horas. No somos los mismos, es la conclusión.

En 1969 la convocatoria rebasó todas las expectativas. Se calculaba que llegarían unas 60 mil personas, la policía calculó 6 mil; pero con muchos días de anticipación, las localidades —se vendieron a 18 dólares, alrededor de 120 al cambio de hoy—, se agotaron. La percepción cambió enseguida ¿sería buena idea vender más y ampliar el aforo? No imaginaron sin embargo lo que vendría. Una avalancha: hay quien asegura que llegó a reunirse un millón de personas, y que 250 mil quedaron sin entrar. Un suceso. Woodstock devino inmenso campamento donde los presentes invocarían una nueva forma de vida que por tres días vivirían a plenitud. Una vez que se llegaba al lugar del festival, era imposible salir, estaba abarrotado todo Bethel. Tan abrumadora la movilización que las carreteras colapsaron.

No, no somos los mismos. En Estados Unidos, ahora el poder establecido encuentra resonante eco en los devotos de las armas que son millones. En la convulsa década de los sesenta, interceptada por sucesos históricos atroces como la Guerra de Vietnam, los problemas raciales, y los asesinatos del presidente John F. Kennedy y del líder de derechos humanos Martin Luther King, provocarían ojeriza y pondrían en la palestra no a los amantes de las balas sino a los más convencidos pacifistas, que alzan sus voces “en una repulsa conjunta a la violencia y la intolerancia”. Aquella generación cuestionó el sistema, no clamaba por él; así, desde la convicción de que había que parir un planeta mejor se despeja el camino a Woodstock. Como dicen los woodstockólogos, la generación a cargo no solo estaba inventando el rock como fenómeno de masas: además creía que estaba cambiando el mundo. “Pero el sueño hippie ya estaba muerto, como Jimmy Hendrix, Janis Joplin y Brian Jones, en 1970”.

Woodstock Music & Art Fair, oficialmente denominado la Feria de Arte y Música de Woodstock, sería organizado por un grupo de empresarios que ante el arribo de los tantos y miles que se dan por aludidos deciden dar puerta franca; Woodstock fue gratuito. No solo cada día llegarían más y más, y quién sabe por qué vía se divulga la buena nueva, pero no solo se arriman gentes del país: vinieron de Canadá, de México, de Bélgica, de Inglaterra, de Francia, de Suecia. Algunos artistas hasta bajaron de los cielos, descolgándose de helicópteros. El cartel fue un lujo: Jimmi Hendrix (inolvidable su interpretación del himno nacional de los Estados Unidos en tono de protesta con su guitarra eléctrica), Brian Jones, Joan Baez, Janis Joplin, Carlos Santana, el mexicano cuya carrera se catapultó entonces, The Who, Sly & The Family Stone, Crosby, Stills, Nash & Young, Jefferson Airplane, y Blood, Sweat & Tears.

Fenómeno que es marca, hito, clímax del movimiento hippie, dio de comer y muy bien a los promotores que se enchufaron (literalmente), de hecho, según la empresa que ha gestionado la mercadería de Woodstock durante 15 años, Epic Rights, el comercio de productos vinculados con el festival original seguiría generando ventas de al menos 20 millones de dólares al año. Este 2019 se esperaba que las ventas arribaran a los 100 millones en el festival que, por el quincoagésimo aniversario, marcaría otro hito. No ocurrió. Woodstock solo hay uno.

Woodstock ha sido un producto de mercadeo, sí, pero esquivo con algunos, selectivo con pocos. Dirigido por Michael Wadleigh y editado por un equipo que incluyó a —entonces— quien se convertiría en uno de las vacas sagradas de Hollywood, verbigracia Martin Scorsese, Woodstock: 3 days of peace & music se volvió un tremendo éxito de taquilla, la quinta en ganancias de boletería en 1970; por si fuera poco se alzó con el Oscar a Mejor Documental en 1971. La película ha recibido, encima, el título de “culturalmente significativa” por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
Ahora (no somos los mismos) la ciudad de Nueva York marca el aniversario con Woodstock 50 una discreta exhibición de instantáneas de 1969: una treintena de fotos expuestas en una pequeña sala de la Morrison Hotel Gallery, anodino edificio del sur de Manhattan.

Se dice que de cada diez presentes, 9 consumieron al menos un pito o se inyectó un alucinógeno. Que la distensión fue la norma. Que algunos niños fueron concebidos con el rumor de My Generation de The Who, Soul Sacrifice de Santana, One day at a time de Joan Baez, Summertime de Janis Joplin, With a Little Help From my Friends de Joe Cocker, o Purple Haze de Jimi Hendrix, así como que Woodstock fue una improvisada sala de partos. Que ahora la música es otra; basta oír regaetton o a Romeo Santos para aceptar la sentencia y que Woodstock es una quimera que el consumo se llevó. Y probablemente todo sea cierto. Acontecimiento al que estuvieron invitados pero del que por re o por fa no formaron parte Bob Dylan, que sí toco en el Festival de la Isla de Wight, el 31 de agosto, The Beatles cuyo ingreso a Estados Unidos, vía Canadá, fue bloqueado por el presidente Richard Nixon por el previo arresto de Lennon por posesión de cannabis y por sus protestas contra la guerra de Vietnam, Led Zeppelin, que pensaron que serían uno más en la lista, ni The Doors, lo que sí queda claro es que el mundo aún no se repone de este impacto más que musical, político, social y cultural, que no ha pasado del todo ni pasará: permanece blindado en la memoria colectiva. No se repite porque es irrepetible.

Woodstock sobrevive, se aquilata y se protege a sí mismo con la rotundez del rayo; es luz que aun cuando estuvo encendida apenas un instante posee, como referente, como marca, como pauta, una energía inagotable. Valga de parangón el relámpago del Catatumbo, a casi 3.500 kilómetros de distancia. Fogonazo de vida breve pero suculenta, su instantaneidad es tal que sirve para regenerar las troneras de la capa de ozono. Los hippies adorarían la comparación.






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