"General sin ejército…"
Historia 10/09/2019 05:00 am         


Antonio Guzmán Blanco, amo del poder



Antonio Guzmán Blanco será el personaje predominante en la segunda mitad del siglo XIX venezolano. Su talento, las tempranas enseñanzas de su padre y los conocimientos adquiridos en la cátedra universitaria y en sus lecturas, lo dotaron de condiciones excepcionales que le permitirían largos años de hegemonía y control del poder.

Guzmán fue aventado a los campos de batalla por circunstancias sobrevenidas. El fin de la década nepótica de los Monagas genera una débil y frágil alianza entre los bandos irreconciliables en que se agrupaban liberales y conservadores. La tregua es corta, el gobierno de Julián Castro con sus cabriolas y vacilaciones auspicia un clima que reactiva las confrontaciones entre los antiguos rivales, en ese contexto se produce el asalto a la residencia de Guzmán por una banda paramilitar de conservadores llamados “los lincheros de Santa Rosalía” que lo obliga a optar por el exilio.

El hijo del apóstol y fundador del partido liberal regresa a Venezuela acompañando al Mariscal Falcón y pronto desde su puesto de asistente y secretario del jefe del bando federal, se involucrará en acciones guerreras fundamentales como la Batalla de Santa Inés y más tarde el sitio de San Carlos, donde pierde la vida el general Ezequiel Zamora auténtico líder militar, cuya ausencia prolongará por cuatro años aquella larga carnicería que fue la Guerra Federal.

Es Antonio Guzmán Blanco, ya convertido en general y segundo a bordo de las Fuerzas Federales, a quien corresponderá firmar junto al delegado del anciano general Pedro José Rojas el Tratado de Coche que pone fin a la sangrienta e inútil contienda y que abre el relevo en el poder a los liberales. Guzmán será vicepresidente, ministro de varias carteras, encargado de la jefatura del Estado y enviado plenipotenciario ante varios países europeos durante el desastroso gobierno del Mariscal Falcón, cuyo fin se produce cuando el octogenario general José Tadeo Monagas insurge proclamando la llamada “Revolución Azul”, cuyo triunfo definitivo le impide ver la muerte, por lo que el mando termina recayendo en su hijo José Ruperto que carecía de los dotes militares de su padre, por lo que la hora de que Antonio Guzmán Blanco apareciera en rol protagónico había llegado.

Guzmán entra victorioso en Caracas en abril de 1870 dando inicio a largos años de dominio político y militar, que no serán nada fáciles pues primero le toca reducir y liquidar una persistente resistencia de los conservadores desplazados del poder, y cuando todo parece controlado comienzan las defecciones en sus propias filas. Primero es el general Matías Salazar, unido a Guzmán por vínculos de compadrazgos, quien se alza en su feudo de Carabobo expresando su descontento por el rumbo del gobierno. El Presidente opta en primera instancia por disuadirlo, le ofrece 20 mil pesos para que marche al extranjero; el disidente acepta, pero al poco tiempo volverá de nuevo en plan de insurgencia, por lo que se ordena derrotarlo y someterlo a juicio militar.

El fusilamiento de Matías Salazar, acordado por un improvisado Consejo de Guerra del cual formaron parte los más destacados generales federales, será un hecho harto polémico por cuanto tanto el Decreto de Garantías promulgado por el mariscal Falcón, como la Constitución de 1864 proscribía la pena de muerte. Guzmán siente que es el momento de marcar un precedente con un escarmiento ejemplarizante que disuada nuevos alzamientos, y confirma la ejecución, que al producirse lo hace exclamar “ese muerto es mío”.

Pero lejos de amedrentar a los potenciales disidentes, dos años después del fusilamiento de Salazar, se alzan en armas contra Guzmán dos de sus generales y servidores más leales y consecuentes, los generales José Ignacio Pulido de una prosapia que se conectaba con la Guerra de la Independencia y León Colina bravo guerrero falconiano, los dos lo hacen al unísono. Pulido en Oriente y Colina en Occidente. Enterado Guzmán de la rebeldía, conociéndolos a fondo a ambos, al trazar su plan de batalla para derrotarlos lo sintetiza en una frase que se hará famosa: “En Oriente hay un general sin ejército, y en Occidente un ejército sin general”.

Se refería el llamado “Ilustre Americano”, a un veterano y valiente general con glorias acumuladas por años como Pulido, que actuaba en Oriente sin contar con mayores disponibilidades de tropas y a Colina, bravo guerrillero Falconiano sin experiencia en contiendas de mayor trascendencia que tenía un ejército numeroso. El diagnóstico resultó acertado, pues ambos fueron derrotados y reducidos sin que pudieran poner en peligro el predominio de Guzmán, amo del poder.







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