Caracas, ven a mí
Identidad 05/08/2019 10:36 am         


Segunda mano letra de cambio para regresar a la ciudad sibarita



Ben AmiFihman trastea en su memoria prodigiosa y, como si de una chistera de mago se tratara, saca un recuerdo tras otro, y uno más, y este atado al siguiente hasta completar desde su sesera cáustica y bien amoblada la infinita serpentina o acaso culebra enrollada que es este fresco sobre su ciudad, es decir Caracas —no París no New York, para que lo sepan incluso él—, sobre cuyas no cenizas reconstruye un pasado reciente de sibaritismo y dislates bien archivado en la aguas de su inconsciente, o su imaginación, da igual; y donde nada panzona la voraz anaconda (especie que respira por la lengua, igual que el editor de la revista Exceso). Tarea de orfebrería, Fihman, el catador, convierte ese atajo de contradicciones, buena vida y audacias que rescata, ese paréntesis libérrimo y febril de lentejuelas que evoca, ese momento de la fiesta inolvidable que lo marea (con denominador común), en novela. 

Miembro de número de la elite caraqueña, sería también un impenitente outsider, y genuino y gran voyeur del escenario per sé de límites borrosos por diferentes razones; en el reloj de Segunda mano, la ciudad orillera, arrocera de condición y contorno (elástico hasta el infinito) de aparente levedad, sostenida por espumantes conexiones, llega lejos. Eran tiempos de gozo y pasaportes henchidos. Y un irremediable fisgón será el más devoto acaparador de sus peripecias. Fihman atesorará imágenes irrepetibles y compondrá la secuencia (estudió cine, y con Martin Scorsese además), no las consecuencias, con su paneo bullicioso. Quedan en la mira las lágrimas, el rímel corrido, las gotas de sudor. En su asador, las carnes enrojecen. Algunas se achicharran. 
 
Cuando los géneros se solapan, esta nueva obra (Cruz-Diez, antes de ser inmortal, convino la carátula), podría estrenar etiqueta: novela de variedades. Suscrita por el gourmand que apostó a la noche con su participación en el celebérrimo local La Guacharaca, la nueva pieza de relojería del narrador es una suerte de show con bambalinas y triste telón de fondo al que nos asomamos desde una suculenta celosía. Pieza hilada con tejido fino en la que precisa al dedillo, y exudando aromas y bilis, desternillantes circunstancias, es una reconstrucción de situaciones rapaces, desdentadas, floridas, burbujeantes, descaradas, brillantes y siempre al borde —del lamento, de la pequeñez, de la carcajada—y a todo color; no cabe el sepia, ni siquiera la nostalgia, aunque se desmayen al pie de la letra los días exquisitos e ingrávidos de la ciudad de contrastes que al traste fue. El chaparrón de la realidad limpió los signos vitales de una época ¿sin épica? de bombos y platillos que aun entre las volutas de la subjetividad y las obsesiones se reconoce. Es tan parecido el instante literario al mito de la idealización que cabe la duda: quizá fue verdad; ya en El espejo siamés, su anterior novela, el reflejo sería el motor que mueve la historia. 

No es tampoco un pase de factura su mirada de rayo láser enfocada en la fiesta que terminó, más bien este foco pertinaz podría ser un homenaje, incluso una forma de amor. Si desde donde se detiene a ver (con su habano encendido, el bastón, el sombrero) acaso parece apoyado por la sorna entonces habrá que abandonar la superficie de la tinta y entrar en honduras. Su nueva novela se adentra más allá de la piel en cuentos que da la impresión —tan vívido el relato—, de que todo aquello pasó. El autor manosea a los personajes, los hurga, podría echarlos al pajón o podría cargarlos. Recorrido de relaciones que oscilan entre la ingenuidad y el cinismo, deposita a los protagonistas en un café galo o de gulas y los describe con sus terciopelos como personajes cercanos, al alcance de su mano. Parecidos a los tan mentados fuera de la ficción. Es que quizá sí son. O tal vez solo se trata de alteregos reinventados por el autor que los busca. De cualquier manera son tan familiares. Segunda mano es una novela de máscaras y verdades recortadas con la tijera poderosa del titiritero.
Historia que no es verdad ni todo lo contrario, la ciudad natal y sus trapos (de seda) al sol, Segunda mano es prosa de altorrelieves y metáforas inquietas y coquetas, reconocida y reconocible. Ben AmíFihman, hay que decirlo, es un prolijo escritor: de aquellas crónicas enjundiosas para la revista —casi siempre ha tenido una, verbigracia Exceso o El ojo del Golem—, de esas cartas, de inminentes mensajes enigmáticos, de dardos —un género suyo con los que da en el blanco e impacta—, de columnas, de crítica gastronómica, de crónicas y reportajes, de sus novelas. Y lo hace desde ese sitio llamado Caracas, donde quiera que estén (él y Caracas). En Segunda mano está él en ella, sin duda, y vuelve a escribir cada palabra con deleite de rumiante, con reverencia de creyente, con la gula del que tiene el frenesí metido en el cuerpo y en la cabeza. Se le ve paseándose con sus aquilatados efluvios de hombre que sabe mirar el oropel, y distingue las falsificaciones del mercado. 

Ben AmíFihman, personaje real e imposible, que se reinventa en los caldos de la ficción y acaso fricción, ha vivido y casi muere al pie de la letra, y ha estado a punto de ir preso por ella. Periodista de la escuela de Letras por la Sorbona, crítico de todos los platós y todos los platos del primero al postre, tiene paladar para todos los placeres planetarios, incluyendo repúblicas plataneras. Gusto para el arte y el maridaje. Memoria para la historia y la anécdota minúscula. Una cabeza que no olvida las líneas ocurrentes de un encuentro especial con, por ejemplo, Jorge Luis Borges, ni las catástrofes pequeñas de épocas remotas —un incendio que dejó marca en su propia piel—, o el esplendor de una ciudad tropical de tetas y ojalá más estetas.

Caracas, la dura, arisca, difícil, tierna, posible, esquiva, tenaz de verde, loca de alegría, el desolado valle, el valle de lágrimas y la circunstancia errática y de mutaciones a la carta es su escena. La modernidad como reliquia, la heterodoxia como paradigma, ha cobijado exquisiteces, maravillas y sorpresas tales como jeques truhanes, misses armadas, especies de pájaros únicos y guacharacas libres, las primeras aceitunas del continente, héroes, mitos y santos en la cuenca de clima ideal. Todo eso y más en el tintero de su montblanc. Ciudad glam y ciudad pum, es como el país: portátil. Ben Fihman la lleva en su valija poco diplomática.

Nativo de una ciudad que se devora a sí misma —la frase es suya—: gastrónomo. Lengua capaz de respirar los años de un vino, gozar hasta que el espesor de su cuerpo sea evidencia y anticipar la caída de la lágrima: escritor. Editor de fino olfato, sabio de tentaciones y entomólogo de citas (literarias), arqueólogo del tejido social y tenedor tras el lomito: cojo ilustrado. Cineasta fugaz, sueños de mar y todas las mesas, la génesis en Gradillas —como Bolívar—: caraqueño. Una calavera en el dedo anular: casado. Fihman es el fiel retratista de Caracas, y quien ilumina la escena, hace la crónica del baile, descubre si las caderas mienten y señala el tumbao (al tumbao luego). Es el inconsciente de Caracas. Y la historia lo absorberá.

Tomada de El Nacional





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