Memoria
Identidad 13/09/2019 05:00 am         


Plaza Altamira, plaza de todos



71 años de un espacio que ha sido arena, aforo, escenario, ring, estadio, anfiteatro, ruedo

Hermosa, con refrescantes caídas de agua que la crisis mantiene a raya, la iluminación sobre el famoso obelisco que terquea en las noches de soledad, y al norte el edificio Altamira encabazándola (1947), listo para el abrazo, y como telón de fondo, enmarcando el suculento conjunto el Ávila, esperando ser correspondido, la Plaza Francia, conocido como Plaza Altamira, es un espacio abierto, un oasis urbano, una isla interceptada de verde por cuya escena la historia correteado con ferocidad.

Inaugurada el 11 de agosto de 1945, fue realizada por Luis Roche, el ingeniero promotor de la urbanización Altamira, según el diseño de Arthur Kahn, turco naturalizado venezolano (Estambul, 10.10.1910, Caracas, 19.11.2011), un hombre singular, artista plástico, bailarín de tap, enamorado de la música y profesor de la Simón que creía que sus alumnos debían evaluarlo y no al revés y que era deber suyo que salieran de clases con una sonrisa estampada; lo contrario equivalía a un fracaso. Por supuesto, su anecdotario y talante personal siempre motivó la alegría, según la convención Henry Vicente, arquitecto y también catedrático de la Simón, en una mañana de caminata trazada por CCS-City-450.

Zona para el reencuentro que alberga a los enamorados en los tantos bancos y el vaivén urbano, ha sido destino de citas para el cine al aire libre, convocatoria de fiestas del año nuevo con orquestas que nos pusieron hasta hace nada hasta las y tantas, y plataforma de exaltación de la libertad. Intoxicada con gas del bueno, ha sido arena para el pugilato democrático y blanco de balas certeras; en los alrededores está la lista de caídos.

Cuánta energía en sus entrañas donde fluye el Malhadado Metro, y tantas tiendas han cerrado sus puertas, en la superficie triunfa la belleza. Truena, llueva o relampaguee, sigue albergando arte (el padre de Américo Martín a cargo) y aun escucha el bisbiseo de las tertulias del Festival de la Lectura, festín de la palabra por una década enseñoreado en ese territorio. A la Plaza Altamira la atraviesa la esperanza de que la paz - no la furia, no la incertidumbre - volverá. 






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