Guerra fría en solitario
Política 08/08/2019 05:00 am         


Washington sentirá, a no dudarlo, el costo de esa soledad



Tras la Segunda Guerra Mundial, y por largas décadas, Estados Unidos detuvo su hegemonía sobre la mayor parte del mundo. Con el colapso del comunismo, la misma asumió el carácter global. Una arquitectura internacional determinada a imagen y semejanza de sus intereses y la capacidad para definir la agenda internacional en sus propios términos, brindará a Washington un poder investigado en la historia. La clave de esta hegemonía se sustentaba en la aceptación a su liderazgo por parte de la comunidad internacional.

La llegada del segundo de los Bush a la Casa Blanca hizo tambalear hasta sus cimientos dicha hegemonía. Inmerso en nociones arcaicas con respecto a la naturaleza del poder, su gobierno abandonó los valores globales compartidos en función de unilateralismo sin cortapisas.

Bush no supo entender, en efecto, que la capacidad para definir un mundo en términos favorables a Estados Unidos ya existe. Toda una arquitectura institucional internacional que se amoldaba a las preferencias de su país estaba allí para eso. Bastaba tan solo con articular los mecanismos de la acción colectiva a su servicio.

A través de su unilateralismo prepotente, Bush solo controla el poder de los mecanismos que potencian y facilitan su ejercicio. En el proceso, los diversos instrumentos, mecanismos y fundamentos conceptuales que daban sustento a la hegemonía estadounidense, fueron desarticulados, desactivados o fracturados. Desbordado ante dos guerras periféricas, e incapacitado para lograr que sus deseos se materialicen en casi todos los frentes, Washington evidencia durante ese período una ineficiencia operativa de proporciones mayúsculas.

Durante ocho años, Barack Obama se dedicó a la reconstrucción de las bases de la preeminencia estadounidense dentro del contexto de la acción colectiva. Al propiciar el liderazgo de su país dentro de las transacciones globales o del amplio alcance, Washington volvió a posicionarse como punto de confluencia y, por ende, de alta influencia. El Acuerdo de París sobre Cambio Climático, la Asociación Transpacífica y el Acuerdo Nuclear con Irán (negociado junto a la Unión Europea y sus socios permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU), constituidos elementos centrales de este renovado posicionamiento internacional.

Cuando las cosas iban por buen camino, llegó Donald Trump a la Casa Blanca. En él convergen unilateralismo y aislacionismo. Es decir, la tendencia a menospreciar a la acción colectiva que caracterizó a Bush con la introspección que distinguió a Estados Unidos antes de la segunda Guerra Mundial. Bajo estas condiciones, Washington perdió toda capacidad de ser punto de confluencia e influencia.

En lo que lleva su presidencia, este ha retirado a Estados Unidos del Acuerdo de París, de la Asociación Transpacífica, del Acuerdo Nuclear con Irán y de la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Más allá de declarar una guerra comercial en China, ha sido hostigado y descalificado a sus principales aliados y socios comerciales.

Impuso sobre estas tarifas en materia de acero y aluminio; humilló a sus socios del TLCAN obligándolos bajo presión a renegociar el tratado; ha atacado reiteradamente a la Unión Europea, calificando la enemiga económica y amenazando con imponer tarifas a sus automóviles; ha propiciado abiertamente el Brexit; ha atacado sin cesar a la OMC y ha tratado de terminar con su mecanismo de resolución de controversias; ha amenazado repetidamente con salirse de la OTAN y llamado delincuentes a varios de sus socios en ella; ha dicho que Alemania es un país precavido de Rusia; ha desarticulado el G7. Y así sucesivamente.

El resultado es que ha fracturado o debilitado seriamente los mecanismos y canales que articulan la relación con los socios y socios, siendo abandonado masivamente por estos. Angela Merkel, Justin Trudeau o Emmanuel Macron, se encuentran entre quienes han manifestado que no se puede confiar en Estados Unidos.

Trump sumado a Bush sobrepasa la capacidad de tolerancia de los aliados tradicionales de Estados Unidos. El resultado de esto es que Washington se ha virtualmente solo. Ello, precisamente, en el momento en que se adentra en una Guerra Fría con China. Durante la anterior con la Unión Soviética, contó con una impresionante red de alianzas a su espalda. En tanto líder del proceso de globalización, China cuenta por el contrario con una potente coalición de aliados económicos. A ello se suma su alianza estratégica con Rusia.

En síntesis, mientras que la aptitud de generar convergencia a su alrededor de la que dispone Washington es casi nula, la de Pekín es inmensa. Es cierto que los excesos nacionalistas chinos han erosionado de manera significativa su influencia internacional. Sin embargo, mientras Pekín ofrece oportunidades de beneficios económicos por doquier, incluso a los países con los que mantienen diferentes diferencias, Washington solo ofrece proteccionismo, introspección, amenazas y descalificaciones.

Washington envió, no dudarlo, el costo de esa soledad.

Tomado del Diario El Universal 





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