Nueva Telenovela Mexicana
Análisis 11/10/2020 08:00 am         


La lógica del espectáculo mediático es imbatible y el presidente de México la tiene dominada: donde la política constata un fracaso terrible, el espectáculo encuentra una posibilidad exitosa, distraer



Por Alberto Barrera Tyszka


Una de las primeras enseñanzas que recibí, cuando hace treinta años comencé a escribir guiones para la televisión, me la dio un cubano que —para ese entonces— era asesor dramático de un canal en Venezuela. Se llamaba Tabaré Pérez y era un hombre ingenioso y con mucho sentido del humor. Un día le consulté sobre una historia que debía alargar por varios capítulos. Después de escucharme, quiso saber si la protagonista tenía hijos. Al ver mi cara de desconcierto, disparó a quemarropa: “¿Para qué se tiene un niño en una telenovela?”, me preguntó, con inconfundible acento habanero. Y ante mi silencio, se contestó él mismo rápidamente: “¡Para que lo secuestren!”.

La lógica del espectáculo mediático es imbatible. No respeta ninguna convención, no se atiene a ninguna norma. Es la lógica que mueve a Donald Trump. Cuando actúa de manera grosera e irritante en el debate, solo se comporta como un animal de la televisión: sabe que el insulto personal da más rating que la discusión política. Todo en él parece siempre una puesta en escena. Tanto que, cuando se da la noticia de su contagio de la COVID-19, una buena parte de la audiencia se pregunta si solo se trata de otro falso suspenso, si la enfermedad está realmente en su cuerpo o es parte de un libreto. Pero Trump no es un caso único. También en México, ahora se desarrolla una nueva telenovela.

Cada mañana, el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) tiene su propio espacio televisivo para neutralizar la información: las Mañaneras. Usa su programa para promover el espectáculo y evitar la política. En estos días, su espectáculo vuelve a dar un giro y abre la posibilidad de enjuiciar a los expresidentes que lo han antecedido. En términos del show business no está nada mal: así, al menos en la pantalla, deja de ser presidente y vuelve a ser candidato.

Omar Rincón, un periodista e investigador colombiano que lleva tiempo estudiando el fenómeno de los telepresidentes, ha propuesto leer a este tipo de dirigentes políticos, más que desde la ideología, desde las claves de la telenovela. El desempeño comunicativo del liderazgo —ligado fundamentalmente al ámbito mediático— establece ahora un tipo de relación con la audiencia más cercana a las reglas de la emoción melodramática que al debate de ideas, propuestas y acciones públicas.

La línea argumental de este melodrama podría esbozarse de esta manera: AMLO, un “hombre puro”, un “justiciero honesto”, llega a salvar al pueblo, que viene a ser como una heroína eternamente “inocente”, engañada y ultrajada de forma continua por “la mafia del poder”: un saco donde caben todos los que adversan al galán, una etiqueta que sirve para villanizar —por igual— a corruptos y delincuentes pero también a críticos independientes, incluso a todo el pasado, a la historia en general.

Esta narrativa supone que — ¡por fin!— la relación entre el líder inmaculado y el pueblo víctima es directa y transparente. Se aman con fluida pasión y con entrega total. Todos los otros vínculos y conexiones —formales e institucionales— parecen protocolos inútiles ante el poder inmenso de este nuevo vínculo sentimental. Y cuanto más se irriten y lo ataquen sus adversarios, más se reforzará la estructura. Todo podrá verse siempre como la pelea titánica del héroe por proteger a la muchacha virgen del apetito voraz de los depredadores.

El capítulo de la rifa del avión, los episodios de ataques a la prensa y a los intelectuales, la trama de investigar y enjuiciar a los expresidentes a través de una consulta popular… Todo puede ser analizado desde esta otra perspectiva. Ahí donde la lógica política ve y constata un fracaso terrible —que implica violaciones a la Constitución y pérdidas económicas para el país—, la lógica del espectáculo encuentra una urdimbre exitosa. Frente a la crisis que vive México, sin crecimiento económico incluso antes de la pandemia, AMLO logra distraer al auditorio. Se mantiene y asegura su poder sosteniéndose todavía sobre la promesa emocional de su campaña electoral: castigar a los malos. Democratizar el sufrimiento.

Si el galán no puede ofrecerle a su amada una existencia mejor, un cambio real en su calidad de vida, al menos puede compensarla, ofreciéndole la mortificación de los otros. La mecánica de la exhibición audiovisual supone que la audiencia no necesita discernir, que solo quiere engancharse afectivamente con lo que sucede en la pantalla.

Los telepresidentes conocen a su público y tienen estrategias claras. Saben cómo manejar su programación. No es fácil combatir esta lógica del espectáculo desde la lógica de la democracia. Muchas veces, al tratar de enfrentarlos directamente, se corre el riesgo de caer en su juego, de reforzarlos. Quizás el ejemplo más palpable sea el grupo autodenominado Frena (Frente Nacional Anti-AMLO), un movimiento que pretende que el mandatario renuncie.

Al presidente mexicano le viene muy bien que algunos sectores hagan ese tipo de oposición —menos sustancial y más bien frívola—, que alimenten de esa manera un poco absurda e irracional su ficción. El “defensor del pueblo” necesita siempre de más enemigos. Si no los tiene, pierde su identidad, se deshace su épica y corre el riesgo de quedarse sin espectáculo, de quedar solo frente a la realidad.

The New York Times







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