El Reto de la Recuperación Moral
Análisis 13/10/2020 08:00 am         


En Venezuela casi todo es comprable; el valor moral ha quedado sustituido por el valor que se transa en dinero, preferiblemente en monedas extranjeras



Por Egildo Luján Nava


Describir el impresionante deterioro o la destrucción del país durante los últimos 21 años es como llover sobre lo mojado. Ya no queda sitio, dependencia, servicio o actividad que no haya sufrido un deterioro de marca mayor. Tanto ha sido el daño que el venezolano de hoy, prácticamente, se ha convertido en un héroe de sobrevivencia, un campeón de la improvisación. Pero, además, ha logrado sortear la vida sin contar con los bienes indispensables para encontrarse con la hermosura del sol del día siguiente: agua, electricidad, gas, transporte, alimentos y mantenerse saludable. ¿Acaso por aquello de que eso ha sido posible porque Dios es venezolano?

Dios, en todo caso, no ha estado ausente de esta tierra. De hecho, de no haber sido así, que tal bondad se haya posado sobre la resistencia humana 24 horas todo los días desde que la “moribunda” marcó el comienzo de la pena histórica venezolana, entonces la otra pandemia, la de la crueldad administrativa con la que se ha regido al país durante los últimos cuatro lustros, no habría terminado siendo una dura fuerza contra una población noble, digna de sus oportunidades convertidas en bienestar.

Pero, por lo pronto, y mientras cada venezolano sigue sin explicarse a qué se debió que los hijos del país hubieran llegado al sitio y en las condiciones en las que hoy se encuentran, hay que avanzar obedeciendo y usando las enseñanzas de los maestros del nuevo día: remedios caseros, humos de yerbateros y con la colaboración de algún amigo o vecino que goce de mejor fortaleza espiritual.

Todo luce patético, incluso esa visión del defenestrado “Día de la Raza” para cederle el paso a la presuntamente gloriosa “Día de la Resistencia Indígena”, indistintamente de que estos últimos “favorecidos” gocen de “representantes” políticos y supuesta “inmunidad”, mientras que los llamados a vivir del llamado rescate claman por alimentos, servicios públicos, atención médica, a la vez que exigen respeto.

Porque lo que es cierto y que no se puede minimizar es que los hijos de este país sucumben en un ambiente en el que el crecimiento de la economía es sólo aire y sueño, mientras las descripciones de la expansión numérica se circunscriben a la convicción de que, por sobre lo peor, sin embargo, todavía se dispone de importantes recursos materiales. También de humanos que, una vez libres de la tiranía que les somete, sin duda alguna, harán lo que corresponde para hacer posible que su Patria pueda recuperarse en un relativo corto plazo.

Desde luego, no bastan estas convicciones propias de apego, identidad y consecuencia afectiva con lo que es y representa la realidad de su país. Porque, lamentablemente, a la par y como consecuencia de tanto deterioro y carencia de lo indispensable, también ha surgido un criterio o forma de vida desintegrador de los soportes de la sociedad criolla. Tanto que los valores morales han quedado para ser componentes del ámbito de galería, casi olvidados y sin valor o consideración alguna.

¿La verdad?, y duele repetirlo, porque se aprecia al percibir el mal olor, y observar la peor de las huellas: aquí casi todo es comprable, además de que el valor moral ha quedado sustituido por el valor que se transa en dinero, preferiblemente en dólares, euros, pesos. Y si la capacidad y audacia alimentada por la desfachatez no alcanza para cruzar la acera, “bienvenida” sea la tracalería, la falsa viveza o el simple robo “que es bueno para todo”, según opinan aquellos que han forjado “pranatos” y “maestrías” en el servicio internacional.

Hasta que, finalmente, aquello de que "Billete mata galán" dejó de ser un dicho, para terminar convirtiéndose en la consagración de la corrupción, como de la riqueza mal habida y suficiente para, dolorosamente, asegurarle el bienestar -y sin nada que trabajar- a dos y hasta tres generaciones familiares.

Recurrir a una dependencia pública o privada en procura de alguna gestión o solución, es una nueva modalidad expansiva y distinguida por un “alerta” especial. Y no desde la sombra o del uso de algún mecanismo particularmente excepcional. La indicación o consideración se deja escuchar sencillamente así: “debo decirle que el servicio o la gestión que Usted ha estado haciendo o fue a solventar, se está demorando o se pudiera retrasar inevitablemente”.

Por supuesto, es un retraso o una tardanza deliberada. Porque, repentinamente, siempre hace su repentina aparición el allegado, el amigo, el relacionado, el que opera desde las sombras en rol de “gestor” y que todo lo soluciona como por arte de magia: con una “ayudadita económica”.

Tal “ayudadita”, obviamente, no es un problema de monto. Sí de expresión de neoamistad y hermandad que, repentinamente, se mueve en la más común de las frases del negocio formal o informal, pero que a los efectos de la solución funciona, y más si tiene que ver con la típica oración que se registra con la falsa dulzura de: "Bueno, hermano, tú sabes cómo es la vaina".

Lo cierto es que esto ya es costumbre; una norma. Se trata de tarifas prácticamente cantadas y a voces. Y así, entre cantos y montos que oscilan entre dependencias públicas o áreas privadas, por igual, el interesado logra obtener milagrosamente cosas como: un pasaporte, cédulas de identidad, licencias para conducir, renovaciones de cualquier Documento. Asimismo, te anotan para recibir alimentos, mientras que en ciertas alcabalas no hay problemas, cuando, repentinamente, te quitan multas. ¿Y el último grito?: también puede echar gasolina sin hacer “cola”. En otras palabras: “Búscame. Te puedo arreglar cualquier cosa”.

En fin, la moral, el respeto, el cumplimiento del deber y la honestidad, valores y principios que alguna vez fueron ejemplos en el país, quedaron sustituidos por el dinero. Por eso -se oye decir una y otra vez- que antes se “movía” únicamente en bolívares, pero que ahora ofende si sólo se le cita, cuando lo común, normal, muy criollo es citar la moneda poderosa del Imperio: el dólar.

Ante esa dura realidad, la verdad que domina es que todos los problemas de carencias materiales, servicios públicos, sistemas y procedimientos sanitarios y todo lo necesario para un normal vivir, como ciertas actividades privadas, se pueden resolver en relativo corto tiempo. Y de ahí que, mientras tanto, el problema mayor a corto, mediano y largo plazo en el ámbito del venezolano sea el problema moral, donde todos los conceptos del respeto, la decencia y la consideración, han sido gravemente afectados.

Mientras que el mundo es sacudido hermosamente por los anuncios de cada Premio Nobel 2020, y hasta hay países que exaltan con orgullo lo que la sabiduría de los suyos fue convertida en inteligencia al servicio de la humanidad, la manera como el “nuevo” enriquecimiento del lenguaje termina siendo una desafortunadamente combinación de lo soez, la vulgaridad y la agresión.

Duele escuchar a jóvenes, hembras y varones, en franca conversación, reafirmando casi a gritos que el nuevo hablar, y construido en el siglo XXI, es un producto de las “nuevas ideologías”. Nadie puede describir qué es eso, en qué consiste y hasta dónde se puede llegar con dicha nueva construcción verbal, cuando lo predominante es que es poderosa, sí, pero en vulgaridades y chabacanerías, y promovida en gran parte, además, por féminas, que antes eran impolutas.

Es cierto, tampoco hoy se honra con respeto y consideración lo que ayer dijera el Libertador y Padre de la Patria, Simón Bolívar, cuando exclamó en Angostura en 1819 que: "Moral y luces son nuestras primeras necesidades". Pero lo que sí es innegable es que nunca antes fueron tales palabras las más válidas y necesarias en Venezuela que hoy. Doscientos un años (201) después están en los discursos, alertando que es en el futuro en donde hay que sembrar tales convicciones -si así lo fueran-, y no en el encantamiento verbal de lo que hicieran otros.







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