Llamas en el Horizonte de Boric (VII)
Análisis 12/06/2022 08:00 am         


Gabriel Boric está atrapado en el relato redentorista que embriagó a las izquierdas asociadas en la Convención



Por Manuel Salvador Ramos


Del talento de ese gran venezolano llamado Rodolfo Izaguirre es la frase “El cine, mitología de lo cotidiano”, y con su venia me permitiré usar el contundente significado de ese epigrafe para enfocar el panorama que se cierne sobre Chile. “The Candidate” es el título de una película protagonizada por Rebert Redford que se exhibió en 1972. En ella él representa a un joven abogado laboralista californiano comprometido con causas sociales. Abordado por un astuto asesor político (Peter Boyle), es convencido para postularse como senador en contra del titular republicano, un político «a la vieja usanza», Crocker Jarmon (Don Porter). McKay es, además de un abogado honesto y un activista de izquierda, hijo del popular ex-gobernador John J. McKay (Melvyn Douglas). Convencido por Boyle de que no tiene nada que perder, ya que será claramente el perdedor y de que gracias a ello podrá libremente expresar sus ideas y proyectos contra la actual política de la retórica y el clientelismo, McKay decide de la mano Boyle, como jefe de campaña, entrar en la carrera por el Senado. Pero Boyle contrata a Allen Garfield, especialista en medios y empresario publicitario para dirigir la propaganda de la campaña electoral. La genuina preocupación de McKay por los desfavorecidos y su visión honesta de la política desencadenan una intención de voto inesperada. Parece que los ciudadanos ven en él una oportunidad para el cambio. A partir de entonces, sus asesores pondrán en marcha la maquinaria, ofreciéndolo así, en bandeja, al circo de la publicidad y la propaganda en los medios, dirigido principalmente por la televisión.

En los artículos precedentes hemos tratado de dibujar los rasgos personales de Gabriel Boric y como con inteligencia, tesón y sobre todo, notable agudeza para captar el sentido de la oportunidad, ha llegado a convertirse en presidente en el marco de una espectacular carrera y con un respaldo popular claro. Hemos buscado destacar lo que asumimos son sus motivaciones mas profundas y como ellas pudiesen trazar la vía efectiva de su liderazgo, pero también como a contrapelo debe manejar la inmensa complejidad del país y de la realpolitik. Es la lucha íntima de la búsqueda principista versus lo refractario de las realidades y es por ello que , “mutatis mutandi”, hemos traído a colación la vieja cinta que protagonizó Robert Redford. Al final de esa producción cinematográfica, el joven abogado californiano, viendo como sorpresivamente había logrado el triunfo, mira perplejamente a sus mas cercanos colaboradores y pregunta “¿ahora que gané, que hago?. Estoy seguro que esa interrogante no fue la que salió de los labios de Gabriel Boric el 18 de diciembre pasado, pero junto a los abrazos y vítores es bastante probable que algo parecido a ella haya rumiado en el fondo de su alma esencial.
El joven magallánico llegó al Palacio de la Moneda impulsado una energía exógena que supo surfear, motorizada la misma por el amalgama de realidades y circunstancias en las cuales participó activa y decididamente, pero que en forma alguna liderizó. Con esto queremos destacar que en él se manifiesta una cierta paradoja conductual, pues sin delinear un liderazgo neto e indiscutido, su figura concita una suerte de confianza de genuina buena fe. Rafael Gumucio, un intelectual chileno famoso por sus agudos enfoques, comenta de esta manera la imagen del joven presidente en su reciente mensaje ante el Congreso de la República: “¿Es este presidente joven que no esconde sus fragilidades, el hombre adecuado para un país en perpetua crisis? Ante la violencia desatada, la atomización del poder, y una ciudadanía hambrienta de sangre, ¿Qué puede decir y hacer alguien tan poco autoritario, tan poco aguerrido, como Gabriel Boric?” (......) “Al oírlo esta mañana se reafirmó en mi la sensación de que Boric por esa especie de inocencia, por esa incombustible fe en si mismo, es el hombre adecuado para el momento. Porque hay en el presidente una reserva de fe, algo de candor, pero también de fuerza que le permitirá aguantar lo inaguantable. Tiene también la edad en que lo inaguantable se aguanta no más y ama a Chile aunque ese amor será fatalmente no correspondido. También es un hombre de suerte que siempre sabe caer sobre sus patas”.

Pensamos que palabras como esas, en boca de alguien de irreverencia proverbial y de inteligencia desmesurada, son mas que elocuentes para describir las terribles batallas que se libran entre las almas del Presidente Boric. No tenemos dudas que él configura un personaje en el cual la sociedad chilena quiere creer y ello está demostrado como contra todo pronóstico él, personalmente, superó barreras y obstáculos. El ‘pero’ es que objetiva y desafortunadamente su suerte y la de su gobierno está indisolublemente atado a el gigantesco absurdo llamado Convención Constituyente.

En nuestro articulo anterior dibujamos la insólita mescolanza de mezquindades, resentimientos ignorancia y hasta perversión, que se expresa en los CUATROCIENTOS Y TANTOS artículos de una pretendida constitución en la cual cada grupo aportó su cuota de indolencia, odio exacerbado, entreguismo y profunda incapacidad. Un mamotreto pseudolegal que mas se asemeja a un programa de anarquistas de catacumbas, que a cualquier constitución latinoamericana. El citado Rafael Gumucio, en monumental sarcasmo, se refirió al bodrio diciendo, palabras mas palabras menos, que a el “no le preocupaba la tal constitución porque un disparate tan gigantesco jamás podría aplicarse”.

Es un mala jugada de la historia que Boric haya quedado atrapado en una lógica que no controla y que podría conducirle a pagar todos los platos rotos. La fuerza dominante -por decirlo así- que ha impulsado la Convención Constituyente es “algo” que llamaremos el Octubrismo. Esa es la facción configurada y alimentada por el sentimiento de destrucción que imperó en octubre del 2019 y el cual generó el llamado Proceso Constituyente. La peor pesadilla de Boric, Siches, Jackson, Crispi y los demás dirigentes frenteamplistas es la posibilidad de que venga una revuelta como la de octubre de 2019 en caso de no ser aprobada la constitución en el plebiscito de salida que se efectuará el próximo 05 de septiembre, Es necesario precisar que los líderes del Frente Amplio no estuvieron a la cabeza de los actos de violencia y pillaje de 2019; se limitaron a sacar provecho político. Se cometería una injusticia si se les acusara de haber llamado a saquear y quemar; solo capitalizaron los efectos sociales y políticos de ello, así que no se ensuciaron las manos; solo las tendieron para recibir los dividendos y por eso están en deuda con los sectores que sí se comprometieron con la acción directa del modo que todos recordamos.

Nadie duda de que La Moneda será el cuartel general de la campaña del Apruebo, y que Giorgio Jackson será el jefe de esa campaña. Todos los ministros, subsecretarios, jefes de servicio, delegados presidenciales regionales, directivos de las empresas públicas y otras reparticiones, entienden que más que el contenido del proyecto de la Convención, lo que se juega en septiembre es la supervivencia política.

Boric está atrapado en el relato redentorista que embriagó a las izquierdas asociadas en la Convención. Probablemente, percibe las colosales dificultades que plantearía, si gana el Apruebo, la tarea de poner en ejecución “esa cosa” elaborada por Atria, Bassa, Daza y demás padres de la criatura, pero no tiene las fuerzas para configurar una opción distinta a la de entrar en la selva refundacional. El puro esfuerzo de asegurar una transición que no produzca un descalabro nacional, duraría todo su período.

El alma forjada por los avatares de aquella lucha iniciada en el año 2010, esa que han esculpido los encuentros y contramarchas, las zancadillas y las traiciones, está ganando la batalla al espíritu límpido y la visión romántica. Las paradojas insolentes de la historia parecieran decir que le convendría el triunfo del Rechazo en el plebiscito de septiembre y así seguir gobernando con las normas con las que fue elegido. Ello permitiría que su gobierno y el Congreso abordaran con serenidad los eventuales cambios constitucionales en un marco mas propicio.

Él lo sabe, pero teme hasta pensarlo…






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