Catástrofe Alimentaria
Análisis 19/06/2022 08:00 am         


La llamaban crisis incluso antes de que comenzara la guerra: más de 800 millones de personas vivían en estado de hambre crónica



Por David Wallace-Wells


Pero, como ya habrán escuchado, la invasión rusa de Ucrania —dos países que, según se calcula, producen suficiente alimento para 400 millones de personas y representan hasta el 12 por ciento de todas las calorías comercializadas a nivel mundial— dificultó aún más las cosas y agravó el hambre.
The New York Times cubrió por primera vez el efecto de la guerra en el hambre mundial a principios de marzo, apenas una semana después de que comenzara el conflicto; en mayo, el secretario general de la ONU advertía sobre “el fantasma de una escasez mundial de alimentos” y The Economist dedicó su portada a “la catástrofe alimentaria que se avecina”.
Buena parte de esa cobertura es tan fría que resulta reconfortante: gráficas de los precios de varios productos básicos, todos en aumento y a la derecha, como en este panorama general de Reuters o este, del Times, realizado por el presidente de la Fundación Rockefeller Rajiv Shah y Sara Menker, fundadora de Gro Intelligence. Una mirada superficial a los gráficos sugiere que la crisis no es más que una forma de inflación, aunque resulta esclarecedor, dado el debate estadounidense sobre el aumento de los precios internos, que estos picos sean tan globales.
Una mirada más atenta a la escala —el precio de los cereales aumentó un 69,5 por ciento, según Reuters, y el de los aceites, hasta un 137,5 por ciento, mientras que el índice general de precios de los alimentos ha subido un 58,5 por ciento— sugiere que el efecto podría ser más significativo, sobre todo si se conoce la violencia que acompaña los recientes incrementos más moderados de los precios de los alimentos (como cuando hubo disturbios, desestabilización política y guerras declaradas en más de 40 países en 2008).
Sin embargo, una de las cosas que gráficas de este tipo no evidencian es la hambruna masiva. Y, a pesar de ello, según David Beasley, quien fue gobernador republicano de Carolina del Sur y ahora encabeza el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, eso es lo que implican: la posibilidad de que, como resultado de la actual crisis alimentaria agravada por la guerra en Ucrania, el cambio climático y los efectos continuos de la pandemia de coronavirus, 323 millones de personas estén “en camino hacia la inanición” en este preciso momento, y 49 millones estén “literalmente al borde de la hambruna”.

El Programa Mundial de Alimentos, como casi todo en la ONU, es en parte un grupo de defensa que se dedica casi continuamente a la recaudación de fondos y, en este caso, a toda prisa, para evitar el hambre más aguda. Como organización, está construida en esencia para errar en lo que respecta a los cálculos que ponen los pelos de punta y hacen sonar las alarmas: “en octubre del año pasado, advirtió que más de la mitad de Afganistán podría enfrentar una situación de hambre mortal durante el invierno”.
No obstante, el trabajo de una organización como esta no es predecir qué ocurrirá, sino advertir qué puede suceder y trata de evitarlo (al igual que los medios de comunicación, los grupos de defensa pueden mostrar lo que a algunos les parece un sesgo de malas noticias). Este es el dilema de reputación inherente: haz lo posible para aliviar la crisis y la alarma inicial parece una tontería. La mitad de la población de Afganistán no murió este invierno, pero casi uno de cada 10 bebés sí, y sigue habiendo problemas de alimentación en la región. El hambre es un factor, no un binario, y en todo el mundo, calcula Beasley, la agencia ya alimenta a 125 millones de personas al día.
Beasley espera que esa cifra aumente a 150 millones este año. La diferencia entre esas dos cifras es de 25 millones de personas hambrientas.
Y vale la pena tener en cuenta que 49 millones no es el número que se enfrenta a la “inseguridad alimentaria aguda”, para usar la distinción de la categoría técnica del programa. Esa cifra es mucho más alta: al menos 323 millones, lo que supone un aumento, según Beasley, respecto a los 276 millones de antes de la guerra, los 135 millones de antes de la pandemia y los 80 millones de cuando él se incorporó al programa en 2017, lo que indica que la cifra se cuadruplicó durante ese periodo. Cuarenta y nueve millones solo es la cantidad de personas que corren un riesgo de muerte más inmediato.

NO SOLO EL CONFLICTO
Antes de la guerra, Beasley me dijo la semana pasada desde Roma que: “Yo ya advertía al mundo que 2022 y 2023 serían los dos peores años en términos de crisis humanitarias desde la Segunda Guerra Mundial”. Y agregó: “Estoy tratando de decirles a todos cuán mala es la situación, cuán mala será. Y luego, la próxima semana, debo decirles que se olviden de ese cálculo, que las cosas son mucho peores”.
Ese empeoramiento es resultado de la guerra, pero la crisis subyacente es más grande y estructural: según cálculos del Programa Mundial de Alimentos, al menos, la mayor parte del crecimiento en esa categoría de “inseguridad alimentaria aguda” es el resultado del empeoramiento de las condiciones antes de la invasión. Eso se debe principalmente al COVID-19, el cambio climático y el conflicto —las “tres ‘C’”, como las denomina el economista de la Universidad de Cornell Chris Barrett, quien se especializa en la agricultura y el desarrollo y es coeditor en jefe de la revista especializada Food Policy. El economista afirma que: “Antes, el retraso en el crecimiento de los niños —el impacto acumulado de la mala nutrición y la salud— se daba en esencia en todos los que eran pobres. Ahora, solo es en los lugares que son pobres y donde hay conflicto”.
Los impactos climáticos también son ahora una afectación continua. The Economist resumió el estado de la agricultura mundial, poco antes de la guerra, de esta manera:

AGRICULTURA MUNDIAL
China, el mayor productor de trigo, ha declarado que, después de que las lluvias retrasaron la siembra el año pasado, esta cosecha puede ser la peor de su historia. Ahora, además de las temperaturas extremas en India, el segundo productor de mayor escala a nivel mundial, la falta de lluvia amenaza con mermar la producción de otros países productores de alimentos, desde el cinturón del trigo en Estados Unidos hasta la región de Beauce en Francia. La peor sequía desde hace cuarenta años está devastando la región del Cuerno de África.
La guerra trajo consigo sus propios efectos agravantes: embargos a las exportaciones rusas y un bloqueo que obstaculizó las de Ucrania, donde los agricultores también se esforzaban por cosechar y plantar en medio de la amenaza de bombardeos; el aumento en los costos de los combustibles incrementó de manera considerable el precio de los alimentos al encarecer su transporte y provocar aumentos drásticos en el costo de los fertilizantes, la mayoría de los cuales se producen con gas; y las prohibiciones a la importación impuestas por más de una docena de países, preocupados por su propia seguridad alimentaria, que tensaron el mercado todavía más. Como ha sucedido con la crisis energética relacionada, el Kremlin parece estar dispuesto a usar la emergencia como un arma (en su boletín, Slow Boring, Matt Yglesias la llamó recientemente “la guerra de Rusia en contra del abasto de alimentos mundial”). Y mientras líderes de todo el mundo en Davos y en otras partes han presionado para aliviar el problema en parte al circunnavegar el bloqueo ruso, el Departamento de Estado de Estados Unidos les advirtió a “los países azolados por la sequía en África, algunos de los cuales enfrentan una posible hambruna” que no compraran “trigo robado”, según mis colegas Declan Walsh y Valerie Hopkins, por temor a que el Kremlin “se beneficie de ese saqueo”. Barrett afirma que, en suma, se trata de la “tormenta perfecta”.
2023
Por su parte, Beasley cree que 2023 podría dar un giro aún más funesto. La crisis de precios de este año podría estar sucedida por una verdadera crisis de suministro, en la cual los alimentos lleguen a estar fuera del alcance de muchos millones de personas, no solo por los precios, sino por las condiciones estructurales actuales (como no poder plantar la cosecha del año próximo en Ucrania y el aumento drástico en el precio de los fertilizantes, que puede representar una tercera parte o más del costo anual total de los agricultores), y el mundo podría experimentar lo impensable: una verdadera escasez de alimentos.

The New York Times






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