La Venezuela Ferrari
Bulevar 13/01/2020 01:00 am         


Por Nelson Totesaut Rangel: Pasamos de ser la Venezuela de la ayuda humanitaria, a la Venezuela de los Ferrari. Todo en seis meses



Si de excentricismo se trata, podríamos hablar toda una vida. La ambición es motor natural del hombre: mientras más tiene, más quiere. Me recuerdo precisamente de una discusión pseudo-filosófica al respecto. Se debatía el porqué de los derroches más grotescos de algunos ultra millonarios. Empezó con la noticia de ese entonces: el reloj de 18 millones de dólares del boxeador Floyd Mayweather, y concluimos con la perogrullada del comienzo: al hombre lo mueve el deseo de tener más. Platón veía la codicia como una enfermedad; y eso en una época en donde las riquezas distaban de lo que hoy en día son. Y, en el mundo en donde el capitalismo es una virtud, nos sobran referentes como Mayweather que se vuelven iconos de una sociedad que la mueve lo material.

El problema con este tema es que abraza rápidamente al de la economía política y, por ende, al debate más popular del siglo XX y XXI: capitalismo versus socialismo. Es evidente que la riqueza produce riqueza y el modelo preferente para la generación de la misma recae en el de libre mercado. No en vano, las 10 calles más costosas del planeta (por metro cuadrado) están en países que respetan esto. La primera se encuentra en Hong Kong y se llama Causeway Bay. Luego la siguen la Fifth Avenue de Nueva York, New Bond Street en Londres, Champs-Élysées en París y Montenapoleone en Milán.

Cualquiera que haya estado en alguna de estas podrá constatar la riqueza tanto en las vitrinas como sobre el pavimento. Las tiendas que circundan son de la más elevadas alcurnia y los carros que la transitan (y tienen el lujo de estacionarse sin complejo), son deportivos que cuestan más que una casa. Esto, por más superficial que parezca, refleja una sociedad económicamente próspera. Porque, al final, con pobres no hay mercado. Y si existen multimillonarios capaces de permitirse ciertos lujos, es porque la sociedad tiene un poderío económico suficiente para generarlos, y mantenerlos.

Caracas está lejos de ser una de las ciudades más caras del mundo por metro cuadrado. De hecho, la depreciación del inmueble sigue siendo una realidad preocupante. Pese a que, como hemos comentado en varios artículos, la volatilidad económica y la inestabilidad e incertidumbre hace que una ciudad en crisis pueda parecer costosa. Hace un año, quien tuviera divisas extranjeras, podía permitirse comodidades insólitas. Hoy, quien no las tiene, no se puede permitir si quiera la vida cotidiana. La dolarización de facto ha generado una sensación de bienestar; no gracias a una política acertada, sino a la omisión total de las mismas.

Es por ello que hoy, Caracas, está mejor que hace 6 meses. Menos comen de la basura, existe una vida nocturna un poco más vibrante, la gente se permite ciertos placeres y las interminables colas para adquirir alimentos quedaron como crónica superada de una catástrofe. El libre mercado, sin controles, está demostrando ser más eficiente que el Estado depredador. Problemática que, sin embargo, se tendrá que atender más temprano que tarde, ya que una lamentable consecuencia de la omisión total, la vivimos y la vemos a diario. Me refiero a la misma codicia del privado que mencionábamos al comienzo, que puede resultar la expresión máxima de injusticia. Es por ello que el crecimiento progresivo y real no se verá hasta que venga acompañada de una política coherente que incentive la inversión y proteja al consumidor.

Y es que un país no pasa –en menos de un año- de una crisis humanitaria integral al derroche más grotesco de riqueza. Al menos así lo hemos visto estas últimas semanas en Caracas, con un desfile de carros deportivos que no representan una realidad de país. Las Mercedes podría ahora competir con las calles más costosas del mundo. Y seguro ganaríamos, al menos en apariencias.

Ese es el absurdo de nuestro país: pasamos del Estado intervencionista, a la dolarización de facto; del bloqueo económico, a los bodegones; de comer de la basura, a la proliferación de restaurantes. En fin, pasamos de ser la Venezuela de la ayuda humanitaria, a la Venezuela de los Ferrari. Todo en seis meses.

Tomado del Diario El Universal







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