Salvador Garmendia
Tal vez los sociólogos pudieran darnos una buena respuesta a un interrogante, que por incómodo siempre se deja a un lado. Por qué esta festividad ruidosa y callejera, donde las mayores extravagancias son toleradas y el instinto de libertad se derrama sin continencia, obtiene sin embargo la protección y el beneplácito de los regímenes más severos y autoritarios.
Vamos a mirar un poco a la historia, donde al parecer se encuentran agazapadas todas las respuestas o donde es posible inventarlas sin dificultad, y pongamos el dedo en la cachucha de Juan Vicente Gómez, el malencarado dictador, que durante 27 años impuso la paz y el silencio en el país. Jamás el severo e imperturbable capataz modificó su vestimenta de campesino fronterizo, ni se le vio bailando en las celebraciones oficiales ni se bebió un sorbo de licor en público y mucho menos toleró familiaridades excesivas con sus subordinados; pero en cambio se distinguió por ser un entusiasta promotor de las fiestas de carnaval, en su ciudadela de Maracay, y por reflejo en la Caracas castigada de ese tiempo.
Hurgando en los archivos fílmicos del pasado siglo, lo descubrimos asomado al balcón de su residencia aragüeña, en calidad de espectador benigno de la carrera de carnaval, que en ese momento hacía su paseo por las calles centrales de aquella “tacita de plata”; la aristocrática ciudad jardín, revestida de plazas, avenidas y cuarteles. Era la capital suplente, no “refundada” todavía, sino “rehabilitada” como se decía entonces. El Benemérito saludaba con su mano enguantada, sonreía levemente y sus seguidores más cercanos susurraban, tapándose la boca con la mano, “el General está contento”. ¡Cómo no iba a estar! Debía sentirse como un Dios Mono de piedra, repartiendo bendiciones a sus súbditos, que habían salido a la calle a manifestar su regocijo. En las elegantes limosinas descapotables que arrastraban colas de serpentinas, las bellezas del día ponían a desfilar sus encantos y el pueblo anónimo agregaba su nota de pintoresquismo, lanzándose a las ruedas de las carrozas para disputarse los puñados de caramelos. ¿Querían libertad? ¡Ahí la tienen pues! ¡Gócenla a paletadas! Afortunadamente, tenemos un buen padre, comprensivo pero severo, que vigila por todos, día y noche, y no permite que ningún exceso altere la paz ciudadana. Hasta pueden pasarse un poquito de maraca, pero civilizadamente, eso sí.

Carnavales en Chacaito (1955)
El carnaval perezjimenista de los 50 fue un tanto más burocrático e institucional, más a tono con el estilo de la década; ascético, lineal, impecable y con cara de uniforme militar recién planchado, como lo veíamos relucir en las fachadas y los monumentos emblemáticos del Nuevo Ideal Nacional. El Paseo de Los Próceres, el Círculo Militar; grandes escenarios de los bailes carnavalescos. La prosperidad petrolera parecía traducirse en docilidad y buenos modales. Los inconformes decían que era miedo; pero sea lo que fuere, nadie se salía del carril. El desfile recorría ordenadamente las nuevas avenidas. Los espectadores observaban el paso de las carrozas con respetuoso asombro. Nadie se hubiera atrevido a tocar. Todo era del gobierno.
Susana Duijm, nuestro primer cetro mundial de belleza (y la más bella de nuestras bellas, hasta el sol de hoy, ¡Dígalo!), lanzaba bendiciones a la apática multitud desde su trono. Renny Ottolina aparecía a caballo con ropaje de ranger del cine. Cada carroza era la fantasía de un Hollywood de segunda. Tal vez se pretendía “hacerle coco” al carnaval de Río, con su imaginario dislocado y su absoluto desenfreno; pero al momento se notaban la mediocridad del material barato, la impericia de los decoradores. Sobre todo faltaba la chispa incendiaria de la samba, el desnudo desafiante y enceguecedor de las mulatas, el desbordamiento popular, la demencia, el delirio apoderándose de la multitud.
En Caracas, el carnaval llegaba por decreto. En Río lo llevaban en la sangre las escuelas de samba.
Susana Duijm Carnavales (Años 50)
Cuando llegó la democracia, antruejo, se perdió el almanaque. En la ciudad, los alquileres de disfraces cerraron sus puertas… desde entonces, los caraqueños otorgaron su preferencia a las playas, donde la diversión no consiste en ponerse sino en quitarse. El bikini o el inverosímil hilo dental, hicieron correr el pudor y las inhibiciones.
¿Y ahora qué?, nos preguntamos, con un toque de melancolía impotente. ¿Adónde vamos a meternos los cuatro millones de caraqueños, en estos días de asueto que nos esperan?
Adónde vamos a ir, sin playas, sin libertad, sin sol.
Tomada de Crónica de la revista Primicia