Los Odiosos Tres y el Gigante Gentil
Bulevar 13/09/2020 08:00 am         


Quisiera pensar que la vida se ocupó de dar premios y castigos a los acosadores, pero en el fondo todos sabemos que eso no funciona así



Por Mirco Ferri


El fenómeno conocido globalmente como “bullying” no es algo reciente, ni mucho menos. Ha existido desde siempre, y es una de las características más deleznables del ser humano: humillar o someter a los más débiles, a los diferentes, a los desclasados, apoyándose en la superioridad numérica, en la fortaleza física, o en la presión social. En mis tiempos de estudiante se le llamaba con el término engañosamente inocuo de “chalequeo”, y no se le daba mucha importancia; se asumía como algo inevitable, y hasta se les reían las gracias a los matones que lo ejercían. Pero eso deja secuelas en el espíritu, cicatrices tanto físicas como metafísicas.

Hace poco participé en una conversación en Twitter sobre el “bullying”, y a raíz de ella recordé una de las historias que me ocurrieron con respecto a ese asunto, en el papel de víctima. Va de cuento: estábamos en lo que en esos años remotos de la década de los setenta se denominaba quinto año, que correspondía al segundo año del ciclo diversificado, ya en los meses finales. Era poco lo que estudiábamos, en honor a la verdad, pues nuestra atención estaba enfocada en los eventos previos a la graduación: ferias, fiestas para recaudar fondos (las célebres “pro-graduación”), rifas y demás hierbas propias de ese momento y esos años. Mi colegio no era exactamente una institución que se caracterizara por su excelencia académica: la planta de profesores era más bien floja, salvo algunos casos excepcionales pero, eso sí, cruciales, como el profe de matemáticas y física (que en un momento dado nos tuvo que dar química) y la “teacher” de inglés. El resto del profesorado se limitaba a ceñirse al programa, cuando no faltaba, regalándonos horas libres que aprovechábamos para hacer deporte, planificar alguna actividad extra-curricular, o simplemente pajarear en los patios.

El colegio, pensado en un principio para el uso de los hijos de inmigrantes italianos, pasaba por una transición: de haber tenido como sedes algunas quintas en Colinas de Bello Monte, se mudó a una construcción propia, mandada a hacer por sus fundadoras. Era un proyecto ambicioso, y supongo que costoso; para financiarlo, seguramente, se vieron obligadas a aumentar la población estudiantil, metiendo 30 o 40 alumnos por aula. Y comenzaron a aceptar a todo tipo de muchachos, sin filtro alguno. Parecía que se había convertido en el refugio de los repitientes y expulsados de otros colegios.
Fue precisamente uno de esos tránsfugas quien, de manera gratuita, nos las juró a mi mejor amigo de aquellos años y a mí. A nuestros ojos, era el clásico malandro, con fama de perdonavidas y cuentos escabrosos a su alrededor. Nunca supe el motivo de su encono hacia nosotros, pero se la pasaba acechándonos y amenazándonos, apoyado por un par de secuaces que había reclutado. Las cosas fueron escalando, hasta que nos hicieron saber que pensaban darnos una paliza cuando saliéramos del último examen final. Mi amigo y yo éramos pacíficos; yo me había caído a golpes en serio solamente una vez, en los primeros años del bachillerato. Así que estábamos algo atemorizados ante aquella amenaza.

Decidimos que no podíamos quedarnos tan tranquilos, pues se trataba de nuestro honor, y de nuestra integridad física, de paso. Entonces, fuimos a buscar asesoría con Pirulo. Pirulo era un empleado del negocio familiar de mi amigo, un hotel con restaurant; si no recuerdo mal, era quien atendía la barra, y con él pasábamos el tiempo cuando íbamos a ayudar, las noches y los fines de semana. Pirulo tenía calle, o por lo menos eso era lo que creíamos. Cuando le contamos el trance por el que estábamos atravesando, nos dijo que no podíamos ir a ese enfrentamiento con las manos vacías, porque ellos tampoco lo harían. Nos miramos a las caras, desconcertados, y le preguntamos de dónde sacaríamos algo para defendernos. Replicó que él mismo nos proveería, y pidió que compráramos en una ferretería unas canillas para lavamanos, unos niples de dos pulgadas y unas tapas de rosca, del mismo diámetro de las canillas. De ¾, nos especificó. Ah, y un rollo de teipe negro. Lo hicimos, le llevamos las cosas, y nos fabricó unas cachiporras rudimentarias, poniéndole las tapas a los niples y luego acoplándolos a las canillas, y luego forró los conjuntos, concienzudamente, con el teipe. Al finalizar, nos dio una breve inducción sobre su uso, indicándonos a cuales puntos de la humanidad de nuestros adversarios deberíamos apuntar para neutralizarlos.

El día del examen, nos fuimos con nuestras armas escondidas en un sueter, que no nos quitamos durante toda la mañana. El examen, para mí, era mero trámite, pues con la nota previa que traía me era suficiente para pasar la materia; sin embargo, no pude evitar el nerviosismo, pero por motivos distintos a los de la mayoría de mis compañeros. Mis sentidos estaban puestos por completo en el evento que nos esperaba al abandonar el aula. Cuando llegó la hora, nos fuimos caminando por la salida del colegio, como condenados rumbo al cadalso. Allí, tal lo figurábamos, y temíamos, nos estaba esperando el matoncito con sus escuderos. Se avizoraba una batalla desigual: eran tres, eran despiadados, y nos querían ver humillados. Nos fueron arrinconando, mientras se iba formando un pequeño corro de curiosos alrededor. De pronto, el matoncito asomó un revólver. Supongo que nuestra palidez repentina hubo de ser bastante notable: pensábamos que nos enfrentarían con cadenas, manoplas u otra arma blanca, al máximo. Ya para ese momento nuestras cachiporras nos parecían ridículas.

Cuando el ”bullie” estaba por ordenar el ataque de sus secuaces, se abrió paso entre la gente el muchacho más grande y más fuerte de nuestro colegio: en una ocasión lo habíamos visto levantar del piso un Volkswagen, unos cuantos centímetros. Un tipo callado, solitario, que en raras ocasiones compartía con los demás. Se le fue acercando al individuo, con calma y decisión, y le dijo simplemente: “Déjalos en paz”. Así, sin más. Los tipos recularon, dieron media vuelta, y se fueron calle abajo.

Más nunca volví a saber de los otros protagonistas de esta historia. Así como ese día marcó mi extrañamiento definitivo de aquel lugar, al cual regresaría apenas en un par de ocasiones para algún trámite administrativo, o una visita propiciada por la nostalgia, también supuso la ruptura con la mayoría de las personas que habían formado parte de mi cotidianidad, durante los trece años que duró mi estadía en el colegio. Ruptura no deseada, pero inevitable, por supuesto, pues cada uno de nosotros comenzaría un camino inédito, individual y personalizado, que no suponía intersecciones con el de los demás. Quisiera pensar que la vida se ocupó de dar los premios y los castigos correspondientes, pero en el fondo todos sabemos que eso no funciona así. Me bastaría con que los acontecimientos de ese día hayan tenido algún efecto pedagógico sobre los demás; que tal como significaron una especie de rito de pasaje para mí, también haya sido significativo para ellos.







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