El Palíndromo Más Sabroso
Bulevar 20/09/2020 08:00 am         


“En tiempos de un cinismo pragmático la comida es el último refugio de la identidad, de las certidumbres y de las tradiciones”, Federico Vegas



Las mesas tienen una claraboya en su centro.
Una ventana de luz que comunica sabores y palabras.
Nombramos comidas pasadas y comidas futuras delante de la comida presente.
Sin pudor. Sin tacto.
Sabemos que lo que espera en el plato es también un sabor que nos trasladará en el tiempo.
Los bocados que apuramos visten de habla.

La pandemia obligó a la mudanza.
Las mesas se vistieron de plasma y la claraboya se multiplicó en un número siempre creciente.
Mesas para celebrar banquetes en los que se intercambian las ideas, las visiones, los haceres, la vida.
La pantalla, como el papel, soporta todo: cumpleaños, reuniones familiares, bodas, seminarios, diplomados, presentaciones de libros, entrevistas, clases de cocina, catas, talleres.
Dos veces por semana abro mi claraboya para encontrarme con cuarenta comensales.
Nos reunimos para hablar, leer y escribir sobre literatura y gastronomía y sobre escritura culinaria.
Sus voces se entrecortan, pero llegan; sus rostros titilan si la conectividad no es óptima: nada detiene la reunión.
Si falla una plataforma, nos comunicamos por otra que usamos como atajo; mensajes de voz y documentos, risas y fotos recorren un pasillo de emergencia en el teléfono; ese espejo de mano, ese bote salvavidas.





Los comensales-talleristas son, en su mayoría, de Venezuela.
Algunos viven en el país, otros lo llevan a cuestas, todos lidian con la contradicción del guayabo, la rabia y las ganas.
Los que no son venezolanos, conocen nuestra cultura y la abrazan con entusiasmo.
En la mesa se escuchan acentos españoles, chilenos, hondureños, dominicanos, costarricenses y ecuatorianos, hablando de sus arepas preferidas.
Y es que la arepa cruza fronteras de mano en mano.
Rueda redonda sobre la tierra y si en el camino se encuentra el mar, se acuesta sobre el agua, flota y deriva mirando hacia el cielo para entretenerse hasta que arriba a destino.
Es, como plantea el chef Federico Tischler, un sobre en blanco con una carta que narra rellenos. Círculo con o sin masa que se acomoda en los hogares para nunca marcharse.
Hace unos días se celebró el día mundial de la arepa.
No sé si necesitamos una fecha para mirarla, sé que toda ocasión para recordarla es afortunada.
Gloria San Miguel es merideña. Gloria es cocinera con madera de escritora. Gloria vive entre la lucha, la necesidad de dar, la poesía. Emigró a Buenos Aires hace unos años y al hablar suelta unos efusivos ¡chama! ¡sos relinda!
Faltó a una de las sesiones del taller y leímos su explicación: es que ayer cociné 250 arepas.
Tras su línea cayeron fotos en lluvia: arepas decoradas con barbas de hinojo y hojas de cilantro, su mano con un guante sosteniendo una arepa que sonreía dominó, cocineros en delantal, gorro, guantes y tapabocas, palmeando discos blancos, emulsionando una mayonesa de aguacate y ajo, desmechando pollo, rallando queso, cuidando las caraotas de una olla enorme.



La mesa-taller era toda preguntas. Las respuestas de Gloria nos llenaron el estómago, el corazón, el espíritu, la consciencia.
Su deseo de ayudar a alcanzar una vida más llevadera en esta cuarentena, se hizo motor.
Buscó fundaciones, oenegés, grupos despolitizados que hicieran trabajo social para atender la necesidad.
Tropezó con gente generosa.
Hicieron causa juntos, sumaron fuerza y voluntad, reunieron los recursos y se pusieron manos a las arepas.
Así saltaron del budare 250 dominós y reinas pepiadas que alimentaron al colectivo de trabajadoras sexuales y trans-migrantes que agrupa la Casa Roja.



La idea, cuenta Gloria, no es solo dar de comer.
Es llevar a las bases una comida que alegre, dé esperanza, abrigue.
No dar lo que nos sobra. Dar lo que comemos. Comer bonito, comer bien.



Nuestra sesión termina y los comensales-talleristas se retiran.
Cada invitado al banquete es un ojo y una mano que mira y acaricia un mundo mejor.
La escritura nos da la posibilidad de crear una versión más amable del planeta.
La mano que toca las teclas, también.
Y la arepa; aro que corre impulsado por el dedo índice.
Mariano Picón Salas escribió que los campos yaracuyanos llamaban estrella arepera al lucero de la mañana.
Stella matutina de las lejanías: inicio, fortuna, ruta.
En el cielo, una arepera: el palíndromo más sabroso.


Crédito de la Foto: Kevin Vaugnh






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