2020 Consagra la cultura digital
Bulevar 20/12/2020 07:00 am         


Las mejores obras digitales del año hacen dialogar los lenguajes clásicos con los nuevos formatos de la viralidad.



Por Jorge Carrión


Uno de los espectáculos más fascinantes que se han podido ver este año ha llegado desde el mundo de la moda y ha sido enteramente digital. A finales de septiembre, Moschino presentó la colección de la temporada Primavera/Verano de 2021 en un vídeo de siete minutos pensado para Instagram y protagonizado por marionetas. Jeremy Scott —el director creativo de la marca— hizo desfilar a los títeres con reproducciones en miniatura de los nuevos diseños. Inspirada en los primeros desfiles de la historia de la alta costura, el cruce de viejas artesanías con nuevos formatos producía una experiencia memorable.

En otros dos de los mejores objetos culturales vagamente identificados —esas obras sobre todo digitales que escapan de los géneros canónicos— de 2020 observamos la misma capacidad de diálogo, adaptación y mutación. Escenario 0, la excepcional propuesta de las actrices y dramaturgas Irene Escolar y Bárbara Lennie para HBO España, genera una nueva forma narrativa a través de la adaptación de obras de teatro a códigos audiovisuales. Y en los “bioclassics”, Sheila Blanco ha vuelto virales las biografías cantadas de los grandes compositores de la historia.

Durante este año, las grandes plataformas y redes sociales se han convertido en el principal ecosistema de la creatividad humana. En el contexto de la pandemia, se han multiplicado las obras en que convergen la tradición clásica con los nuevos lenguajes y herramientas. Se ha acabado de consolidar, así, una nueva forma de excelencia: la de los objetos culturales de alto nivel artístico y narrativo capaces de seducir a muchísimos lectores y espectadores en internet. Se trata de la consagración de la cultura digital. El año de la explosión de TikTok, la estética Zoom y el crecimiento exponencial de Netflix ha precipitado la convergencia del arte y la cultura en internet. A causa de la aceleración tecnológica y la suspensión temporal de buena parte de la programación analógica, la cultura clásica ha empezado a asumir que no solo va a tener que convivir con la digital, que también debe aliarse creativamente con ella. En la frecuencia de ese nuevo pacto, las mejores obras digitales del año hacen dialogar los lenguajes clásicos con los nuevos formatos de la viralidad. Concilian las virtudes de ambos mundos.

Desde las historias de Instagram o los vídeos que los museos más importantes del mundo han diseñado para esa red o para YouTube, hasta la películas y series producidas por Netflix o Amazon, pasando por las listas de reproducción de Spotify, los hilos de Twitter, los pódcasts de The New York Times o la BBC, el teatro por WhatsApp o los festivales en Filmin, la efervescencia ha afectado a todas las dimensiones expresivas y artísticas. Y ha subido notablemente el nivel medio de los contenidos online.

La vanguardia de la excelencia en la cultura digital la asumieron hace veinte años las series de televisión, que actuaron de ese modo como puente entre las artes y las industrias del entretenimiento de ambos siglos. El nuevo estilo narrativo, que cristalizó en 1999 con The Sopranos, se ha vuelto global a finales de esta segunda década. Las mejores teleseries de este año son, de hecho, tanto norteamericanas (Better Call Saul, Tales from the Loop, The Last Dance) como del resto del mundo (la británica The Crown, la española Antidisturbios, la israelí Valley of Tears). Y han sido escritas y producidas sin pensar tanto en el televisor o la emisión semanal como en dispositivos de recepción mucho más amplios y abstractos: la pantalla, la plataforma, el streaming. La genética de la radio ha mutado en ese nuevo horizonte tecnológico y, bajo la influencia teleshakesperiana, las series para escuchar se han convertido en el segundo lenguaje digital consolidado durante el siglo XXI. Las audiencias y el prestigio del pódcast no han parado de crecer desde el éxito de Serial en 2014 y este año se ha convertido en una nueva categoría del premio Pulitzer. El formato ha entrado en su propia edad dorada.

En nuestra lengua el pódcast ha llegado en 2020 a su mayoría de edad. Han destacado dos ficciones sonoras: la española Guerra 3, un auténtico fenómeno de masas, muy bien escrita por José A. Pérez Ledo y dirigida por Ana Alonso; y la chilena Caso 63, una historia de viajes en el tiempo con un excelente guion de Julio Rojas y un diseño de sonido y una banda sonora realmente inquietantes. Los dos pódcasts sin ficción que han sobresalido han sido la serie antológica De eso no se habla, de la documentalista vasca Isabel Cadenas Cañón, que en cada uno de sus capítulos cuenta una historia de silencio, familiar o colectivo, a través de una impecable estructura narrativa; y el programa conversacional Concha Pódcast, donde las argentinas Laura Passalacqua, Dalia Fernández Walker y Jimena Outeiro remezclan de un modo brillante el humor, la amistad, el feminismo y la poesía. Si las series y los pódcasts son nuevos objetos culturales de rasgos totalmente definidos, a los que se accede —como ocurre con las películas o con la música— a través de catálogos por suscripción, las redes sociales siguen siendo espacios más abiertos y —por tanto— más proclives a la experimentación y a la sorpresa. TikTok, por ejemplo, ha sido el principal causante del gran fenómeno viral del año: Jerusalema. El nuevo himno africano, fruto de la alianza entre el productor Master KG y la vocalista sudafricana Nomcebo, ha tenido una repercusión sin precedentes, en gran parte gracias a las coreografías que se han difundido en la red social.

En las mejores series —para ver y para escuchar—, que reúnen en formato digital lo más interesante de diversas tradiciones artísticas; y en las mejores obras de creadores digitales, que actualizan o reinventan, en formatos propios de las redes sociales, la moda, el teatro, la música clásica o la danza se hace evidente que de esas alianzas, de esas remezclas, están surgiendo algunos de los proyectos más relevantes de nuestra época. No se trata de separar lo clásico de lo viral, sino de celebrar sus hibridaciones más logradas. No hay duda de que formarán parte del paisaje y del canon de la nueva normalidad.

The New York Times.








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