El llamado precursor de la independencia de Venezuela —en su casa londinense de Grafton Way, angosta verticalidad de tres pisos repletos de sus obras, donde ahora funciona la Agregaduría Cultural, se reuniría con Simón Bolívar y Andrés Bello para hablar del tema—, un hombre comprometido con la causa de la libertad en medio mundo y guerrero de mil batallas —su nombre en el Arco de Triunfo de París—, sería un caballero vinculado a los círculos políticos y culturales de Europa y América, un políglota de talante galante y coqueto, y, entre otras pasiones, amante de Catalina de Rusia.
Coleccionista y curioso —no niega el historiador Edgardo Mondolfi que en efecto guardaría celosamente una manojillo de vello púbico de la dama— Francisco de Miranda es quien introduce en estas tierras la bandera nacional, cuando así, con las tres franjas, amarillo, azul y rojo, la trae a nuestras costas en su incursión fallida de 1806, por Falcón. De talante renacentista, qué duda cabe, interesado en política, diseño, cultura, sociedad, geografía, botánica, arquitectura y todo cuanto dios creó, el autor de la Colombeia, una veintena de tomos en los que habla sobre aquello que llamó su atención —bueno, que sería todo: a Federico Vegas le asombra la pulcritud con que sería capaz de describir una columna— acaso, lamentablemente, no se le honre pizca en el aniversario número 269 de su nacimiento en Caracas —el 28 de marzo de 1750— ni afuera ni aquí. El estado que lleva su nombre en el país, Miranda, es, al parecer, el más violento. Qué horror.
Mientras que Europa atraviesa por el dolor que significa la salida de los británicos de esta cofradía comercial, económica, geopolítica, social que es la Comunidad Europea a través de un dispositivo errático y estrábico llamado brexit. Inspirador de la unidad como forma poderosa de organización —hay que decir que fueron consultadas sus tesis sobre el tema cuando se dispone a dar sus pinitos la Unión Europea—, verá acaso con pesar la tenaz voluntad catalana de abjurar de su condición hispana y cómo nacen y mueren el Pacto Andino y Unasur, aunque se persiste.
La de Venezuela ha de ser la más triste. Aunque nadie podría decir ahora que el país está dividido en dos, una minoría fuertemente armada se impone a sangre y fuego, con retórica e indolencia, sobre la mayoría que resiste en paz.
Aquellos por cierto se dicen bolivarianos, y acaso el prócer que murió en La Carraca evoque donde esté los antiguos roces previos a la libertad.