Breve y decidida como el bisturí, Sofía Imber concentró en su figura la virulencia de las fuerzas telúricas y la certeza ordenada de los civilizados. Asaltada en horario corrido por la pasión, esta dama de poco dormir y tanto hacer tuvo una vida intensa. Fue la intransigente del periodismo, en El Universal y la doña Bárbara del verbo en la televisión. La autora metro a metro de ese referente de la creación que fue el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. La mujer amada por dos grandes venezolanos, el narrador de ficción, Guillermo Meneses y el escritor de realidades Carlos Rangel. Además de la comensal número uno del Via Appia, el restaurante de Pippo Fallone en La Castellana, donde almorzaba cada día y tenía para su exclusiva disposición, un teléfono en su mesa; no había entonces celulares.
Recia, crítica acérrima de lo que le pareciera, nunca de izquierdas y siempre de trajes Chanel, exhibió un talante corajudo con la pluma y ante las cámaras. Así como puso en tres y dos nada más y nada menos que a Teodoro Petkoff apareció puntual en el set de Buenos Días, el programa de entrevistas en el que trabajaba con Carlos Rangel el día siguiente del suicidio de su marido. “No lloro nunca, si un día llorara sería a mares”, le dice a Diego Arroyo Gil en el libro que la retrata en primera persona y del que ahora vemos germinar una obra de teatro en la que la dama de hierro nuestra, mujer ejecutiva y detallista, vuelve a exponerse con todo su carácter, las voces en off que la miraban con el ceño fruncido, los adoradores, Pedro León Zapata entre ellos y en el extremo.
Las biografías pueden ser un mordisco en la yugular de los protagonistas que ven sus vidas al descampado, desamparadas bajo la lupa del entomólogo que catalogó sus cimas y extrajo sus intersticios. Cuando el actor Jack Nicholson leyó en Vanity Faire un texto que lo desentrañaba quedó aturdido, luego agobiado. Descubría en las páginas de una revista que su hermana en realidad era su madre y que a quien había llamado mamá, la que lo había criado, era su abuela. También una biografía puede arrimarle laureles a quienes hicieron de su trayectoria un festín de proezas. El trabajo de Diego Arroyo Gil no está hecho con navajazos, tampoco empalaga. Es un texto que fluye con gentileza por territorios escarpados.
Ahora veremos a Julie Restifo en el papel de esta mujer capaz de mover cielo y tierra para conseguir una escultura o un lienzo para el Museo, que tenía acceso a la sensibilidad de Vasarely y al domicilio de Botero, que amó a Venezuela, que perdió a su hijo, que madrugó siempre, y vivió contrarreloj una vida envidiable; por cierto llevaba dos relojes en la muñeca, “exacto, para que si uno falle el otro sea el repuesto”. Opositora que un Chávez delirante echaría del Museo que ella forjó ¡soplando un pito de árbitro por televisión!, que abarcó tanto y vivió entre grandes obra, ella como arte y parte, ahora vuelve a escena, Javier Vidal la dirige.