Querido embajador, solo vuelva
Bulevar 07/06/2019 07:00 pm         


Silvio Mignano llegó italiano y se va venezolano



Vino, vio y en vez de abstenerse, tantear el terreno, irse con tiquismiquis por los bordes del campo minado, venció. Su trabajo diplomático, al que quedan horas pero por la consistencia de su empeño tendrá repercusiones y la memoria mantendrán vigente, ha sido una convocatoria continua de creatividad; un ejercicio inspirador del sí se puede. 

Persuadido del valor de la palabra, la mejor, hablamos de un poeta, siempre se pronunció a favor con justicia y coraje en púlpitos y plazas. Convencido de que no solo hay mucho por hacer sino de lo mucho que, contra viento y marea, se está haciendo, arrimó su hombro, como uno más, a la obra. Convencido de que la cultura es la bisagra más seductora y entrañable para enlazar tópicos y países, de manera entusiasta y pública y notoria, más para asumir que por presumir, se dispuso tanto o más que a la promoción de maravillas de Italia a aplaudir las nuestras.

Se sintió en casa. Los italianos desde tiempos del Imperio Romano, cuyos linderos fueron infinitos, han dejado huella en medio mundo, en todas las instancias, en todas las artes, en la arquitectura, en la gastronomía. Venezuela fue hasta 2015, según cifras de los industriales del ramo, el tercer país consumidor de pasta en el mundo, después de Italia y Tailandia, con un consumo promedio de 12 kilos al año por persona, preferencia que data desde el año 1840 cuando llegaron los primeros italianos al país. Caracas tiene en sus edificios un piso muy particular: la mezzanina, ese nivel entre la planta baja y el primer piso donde comienza todo.

Tierra que le dio un idioma a la música, contiene regiones celebérrimas, Venecia, por ejemplo, la de las circunstancias acuáticas, y génesis del nombre de Venezuela. Enseguida se aclimató. En el más reciente festival de la lectura de Chacao, que rindió homenaje a la escritora venezolana de origen italiano, Victoria De Stefano, fue su catapulta. Cuando se reeditó Pinocho, fue quien lo presentó. El Estilete editó un libro de poesía en ambos idiomas, Mezzogiorno in Venezuela y Silvio Mignano hizo contrapunto en la lectura con Rafael Cadenas en conmovedor espejo. Dictó un taller sobre El Infierno de Dante en la librería Lugar Común. Celebró con los connacionales arraigados su tenacidad industriosa. Ahora mismo la embajada auspicia un concurso de arte a propósito de los 500 años de inmortalidad de Da Vinci.

Fue así como en tiempos ásperos, de crisis prolongada y procesos espesos, difíciles de tragar, Silvio Mignano se nacionalizó en un tris. Al embajador de Italia lo hicimos nuestro. Llegó de Fondi, próximo al Mediterráneo, cerca de Roma y el Vaticano, y se volvió caraqueño. Sin carné de la patria.

Hay embajadores que cumplen tan bien el oficio de mensajeros de buena voluntad, que son ellos mismos ejemplo de voluntad de la buena. Italia, por tradición, con una de las delegaciones históricamente más importantes en Venezuela, se ha puesto de moda. Y Silvio Mignano debe ser uno de los embajadores más queridos. 

Conspicuo charlista, abogado, escritor, guionista y poeta, cuentista y novelista, dibujante activo en las redes está destacado en el país desde el 12 de mayo de 2015. Diplomático de carrera ha asumido riesgos a la vez que defendido la importancia de interactuar en paz, acortando en lo posible las distancias, no alejarnos como si fuera posible. 

Hemos tenido la suerte de recibir embajadores comprometidos que se enamoran de la tierra. Valga decir que también Romain Nadal, embajador de Francia en el país, esto no es un guiño diplomático es un crack y lo vemos tanto en una conferencia como en una recepción en la embajada o en el barrio La Palomera. La delegación alemana también es proactiva y ni se diga la estadounidense, soporte sustantivo de programas de arte en Petare y en proyectos urbanos en Caracas. Pero ahora que Silvio Mignano sale, acapara las nostalgias, algo que no le gusta, por cierto: se asume optimista, como un hombre que sueña en futuro. 

Consustanciado con las potencialidades de esta nación rota pero llena de tejedores, desarticulada pero reconstituida por la fe ha dicho que hay que ver más allá de la tragedia individual. Asumirse uno con los demás. Empático. En una entrevista explicó: “cuando pasan los siglos, la sangre se ha mezclado y uno no puede decir que es heredero de los invadidos o de los invasores, nadie lo puede decir. Lo importante es olvidar los conflictos y pensar ahora yo soy este resultado. Hay que valorizar eso, no en tener rencor. Todos, en cierto modo, hemos sido culpables y hemos sido víctimas, pero espero que a largo plazo eso se olvide y quede solo la homogeneidad del género humano”. 

Placet breve, fue un gran el placer.

Silvio Mignano no dijo addio sino arrivederci

El embajador Silvio Mignano deja Venezuela el 8 de junio, deja en realidad una estela de buena onda, onda expansiva de afectos. 

Hizo amigos y tantos proyectos. Su carta de despedida es un puente construido con elegancia y esperanza. En tiempos de rupturas, celebramos esta obra de ingeniería verbal.

Querido Nuncio Apostólico y Excelentísimo Decano del Cuerpo Diplomático Monseñor Aldo Giordano,
Excelentísimos Señores Embajadores y miembros del cuerpo diplomático y consular y de los organismos internacionales acreditados en Venezuela,
Honorables Diputados de la Asamblea Nacional,
Otras autoridades venezolanas,
Queridos Inspectora y Vice Inspector General del Ministerio de Relaciones Exteriores y para la Cooperación Internacional de la República Italiana Ministros Plenipotenciarios Natalia Quintavalle y Agostino Palese,
Queridos Monseñores Raúl Biord, Obispo de la Guaira, Trino Fernández y Enrique Parravano, Obispos auxiliares de Caracas, querido Padre Miguel Pan, director de la Misión católica italiana de Caracas,
Queridos colegas y personal de la Embajada de Italia, de los Consulados, del Instituto Italiano de Cultura y del Instituto Italiano para el Comercio Exterior (gracias por otro año de trabajo juntos, y gracias, Narda),
Señores Presidentes y miembros de la Cámara de Comercio Venezolano-Italiana, de la sociedad Dante Alighieri, de los Comites, del CGIE, de las Casas Italia, Centros Ítalos, de las otras asociaciones regionales italianas, de las escuelas italianas, señores cónsules honorarios,
Señores empresarios, profesionales, intelectuales, artistas, editores, músicos, amigas y amigos de los medios de comunicación,
Amigas y amigos venezolanos,
Cari connazionali:

O buon Appolo, a l’ultimo lavoro
fammi del tuo valor sì fatto vaso,
come dimandi a dar l’amato alloro.

Con alguna vergüenza me permito tomar a préstamo la invocación de Dante que abre el Paradiso, advirtiendo, aunque en un contexto diferente, el peso enorme de pronunciar mi último discurso para la celebración de la Fiesta de la República Italiana en Caracas: o buen Apolo, hazme capaz de tu valor para esta última obra, así como tú pretendes para entregar el deseado laurel.

No será un laurel lo que yo buscaré recibir hoy en día, si bien la capacidad de vencer la conmoción que indudablemente me aferra y a la vez hacer un balance de estos años y como si nunca faltara, celebrar el día en el cual los italianos festejamos la República como forma de gobierno.

Cuando Dante se encontraba en apuro, buscaba un refugio ideal en su padre putativo, Virgilio; yo he hecho lo mismo tantas veces con los amados clásicos, y de manera especial, cuando se trata del Día de la República Italiana, acudiendo a Cicerón: Est igitur res publica res populi, la república es la cosa del pueblo, elegir el sistema republicano fue para el pueblo italiano el 2 de junio de 1946 el gesto colectivo que concluyó la liberación del nazi-fascismo, que coronó el proceso risorgimental abierto en la primera mitad del siglo XIX, o, de manera ideal, ya con las obras de Dante Alighieri o con la canción Italia mia de Petrarca, escrita justo en 1345, seis siglos antes de la liberación de nuestra península al terminarse la segunda guerra mundial: 

Italia mia, benché ’l parlar sia indarno
a le piaghe mortali
che nel bel corpo tuo sì spesse veggio,
piacemi almen che’ miei sospir’ sian quali
spera ’l Tevero et l’Arno,
e ’l Po, dove doglioso et grave or seggio.

O mi Italia, si bien las palabras sean vanas
frente a las llagas mortales
que tantas veo en tu cuerpo bello,
me gustaría por lo menos que mis suspiros sean los
que esperan el Tíber y el Arno
y el Po, donde ahora triste y doliente estoy
.

Fue la lucha del antifascismo la que curó las llagas mortales de Italia de las cuales habla Petrarca, fue la voluntad firme del pueblo, expresada a través del instrumento del referéndum y con la participación por primera vez de las mujeres, la que devolvió dignidad al país y permitió un año después escribir palabras finalmente ya no vanas, sino hermosas y efectivas, las que conformaron la Constitución Italiana.

Hemos celebrado cinco veces juntos la Constitución italiana, en este mismo patio, y el año pasado su maravilloso septuagésimo. 

Han sido más que cuatro años en esta tierra tan hermosa, más que cuatro años de sentimientos y sensaciones intensas, a veces difíciles a sostener, pero nunca hubo un día pasado en vano, un paisaje descubierto sin que despertara pasión, una arquitectura que no suscitara admiración, una mirada cruzada sin que la otra persona no dejara una huella imborrable. 

No sé cuánto yo haya logrado, en estos cuatro años. Sé que ni yo ni mis colegas y colaboradores hemos ahorrado esfuerzos, hemos dejado de meter hasta el último gramo de nosotros mismos en el plato sobre la pesa que calcula nuestros gestos y sus consecuencias. Hemos sufrido junto con el pueblo venezolano, alternando esperanzas y decepciones, creyendo cada día en una solución que devolviera paz, que devolviera convivencia, que devolviera democracia e instituciones, que a través de los mismos métodos constitucionales y electorales que en 1946 devolvieron Italia a los italianos pudiese hoy devolverle Venezuela a los venezolanos.

Hemos trabajado y tenido momentos de felicidad, de unión, de integración, de celebración con el pueblo venezolano y por supuesto con los italianos de Venezuela. Hemos compartido avances, progresos, derrotas y dificultades, pero siempre con la absoluta conciencia de nuestros deberes, de nuestra misión: me toca hoy pedirles disculpa a quien no ha recibido toda la atención o todos los resultados que esperaba y asegurarles que nunca, en ningún momento, esto se debió a falta de voluntad. 

Cuán grande, profundo, autentico sea el vínculo entre Venezuela e Italia tuve la suerte y el privilegio no solo de decirlo, sino y sobretodo de vivirlo cada día en estos cuatro años y más: hasta paseando con cientos de amigos en la Avenida Victoria o en la Carlota para respirar juntos la italianidad que emanaba de los edificios, y por supuesto en la villa en el Cerrito de Gio Ponti, y en las páginas de tantos libros editados, delante de las imágenes de los cuadros de los pintores italianos, desde Giotto hasta Caravaggio, o en las imágenes del neorrealismo o de los rostros de los héroes enigmáticos de Sergio Leone, enormes en las pantallas del cine en el Trasnocho o en la plaza de Chacao; o escuchando las notas de Monteverdi con la Camerata, de Verdi o Puccini en el Sistema o de Vivaldi con el Mozarteum, y perdiéndonos en las instalaciones de siete artistas italianos y catorce venezolanos en la gran reseña de arte contemporáneo que llamamos Disio, una vez más persiguiendo a Dante:

Era già l’ora che volge ’l disio ai navicanti
e ‘ntenerisce ‘l core lo di’ c’han detto ai dolci amici addio.

Este mestizaje fecundo entre Venezuela e Italia lo he visto y respirado cada vez que he visitado una empresa italiana, incluso cuando se trataba de enfrentar dificultades, o en los encuentros con la comunidad de los conciudadanos en Caracas, Maracaibo, Valencia, Valera, Mérida, Barquisimeto, Maracay, Puerto Ordaz, Margarita.

A los italianos de Venezuela, a los europeos de Venezuela, a los venezolanos, quiero decir que tienen delante de sí un futuro esplendoroso, y que deseo de alguna manera ser parte de él, aunque como privado ciudadano, como amigo, como huésped.

A los colegas y colaboradores de la embajada, del consulado general, del consulado, del instituto de cultura, a los carabineros, quiero decir gracias, decirles que sin ellos, cada uno de ellos, no hubiera podido hacer nada, y que en cualquier parte del planeta siempre estaré apara ustedes.

Jorge Luis Borges sostenía que Dante escribió la obra más bella de la literatura universal solamente para volver a ver a Beatriz sonreír de nuevo. Lo recordarán, es el canto XXX del Purgatorio:

Sovra candido vel cinta d’uliva
donna m’apparve, sotto verde manto
vestita di color di fiamma viva,

con los colores de la bandera italiana, blanco cándido, verde, rojo. Lo que esperamos es volver a ver esta otra mujer, nuestra querida Venezuela, sonriendo. Sin embargo en ese mismo momento en el cual encuentra a Beatriz Dante se descubre huérfano, pues de repente Virgilio desaparece:

Ma Virgilio n’avea lasciati scemi
di sé, Virgilio dolcissimo patre.


Temo encontrarme ahora en esta misma condición, huérfano de este maravilloso país donde me encontré, pese a tantas dificultades y a menudo tragedias, como en presencia de un padre o de una madre.
En este 2019 no solamente celebramos los quinientos años del genio renacentista y universal de Leonardo, también los doscientos del Infinito de Giacomo Leopardi: y como Leonardo nunca quiso aceptar límites a la inteligencia humana, desafiando la Creación a través del conocimiento y del atrevimiento, hasta perder la Batalla de Anghiari, según Rubens el a fresco más hermoso de la humanidad, desaparecido en pocos años porque Leonardo no pudo conformarse con la técnica vigente y pretendió experimentar a costas de perderlo todo, así en la mente de Leopardi, el gigante que desafiaba la crueldad de la natura resistiendo como la retama en el Vesubio, como la humanidad frente a los insultos del destino, se abría el infinito, sobre un cerro, tras un seto, haciendo del horizonte un espacio de silencios sobrehumanos y de hondísima quietud, transformando el viento en el recuerdo de las voces y en la prefiguración de la eternidad, hasta que naufragar en el mar del infinito era cosa dulce:

Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quiete
io nel pensier mi fingo, ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l'eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s’annega il pensier mio:
e il naufragar m’è dolce in questo mare.


Dulces amigos, les extrañaré: 

Era già l’ora che volge ’l disio ai navicanti
e ‘ntenerisce ‘l core lo di’ c’han detto ai dolci amici addio.


Qué viva Venezuela
Qué viva la Unión Europea
Qué viva Italia
Y arrivederci.





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