El Héroe sin rostro
Historia 13/09/2020 08:00 am         


Hasta el día de hoy no se conoce un solo retrato fiable del militar Antonio Benavides, el valiente que salvó la vida de Felipe V en la batalla de Villaviciosa de Tajuña en 1710 y que cambió la histori



Por Israel Viana


El episodio que vamos a contarles a continuación tuvo lugar en 1710 en una pequeña pedanía del municipio de Brihuega (Guadalajara), en la que se produjo uno de los combates más importantes de la Guerra de Sucesión (1701-1713): la batalla de Villaviciosa de Tajuña. Hablamos del conflicto en el que una buena parte del nacionalismo catalán ha basado sus argumentos en favor de la independencia en los últimos años: el enfrentamiento entre los favorables al candidato Borbón contra los defensores de los Habsburgo, que acabó con la derrota de los segundos conmemorada cada año en la «Diada».

En ella participó el Rey Felipe V, de cual se conservan, como es lógico, infinidas de retratos de todo tipo, realizados durante y después del que es, hasta el día de hoy, el reinado más longevo de la historia de España. Pero del militar que le salvó la vida y que permitió que la actual dinastía conservara su poder en España, obtenido solo una década antes, no se ha encontrado ni un solo cuadro. Su nombre: de Antonio Benavides (1678-1762).

No sabemos, por lo tanto, cómo era su rostro. Algo extraño si tenemos en cuenta que alcanzó una posición privilegiada en la política española como gobernador de La Florida, Veracruz y Yucatán, durante el virreinato de Nueva España. Un cargo que ocupó durante la primera mitad del siglo XVIII y que habría sido razón suficiente para que le hubieran realizado unos cuantos retratos suyos, pero no ocurrió. Cuentan las crónicas que no quiso gastar ni una sola moneda en tan innecesario fin. De la misma forma que renunció, tanto en América como en su Canarias natal, a numerosos bienes materiales en favor de los más necesitados.


El primer Borbón

No conservamos ninguna imagen del militar que la tarde del 10 de diciembre de 1710 cambió nuestra historia al salvar la vida al primer Borbón que reinó en España. Se trata de uno de los episodios más ilustres de este olvidado héroe nacido en La Matanza (Tenerife), que pasó gran parte de su vida sirviendo al Ejército como uno de los más activos combatientes contra los piratas y corsarios en el Caribe. Como decía Analola Borges, biógrafo de Benavides en el siglo XIX: «Su patria le debe un monumento que recuerde a cada instante su glorioso nombre. El día en que se eleve, Tenerife habrá cumplido un deber de gratitud y justicia».

Benavides procedía de una familia numerosa de agricultores acomodados. Fue a los 20 años cuando se enroló en los Reales Ejércitos, alentado por un oficial de la Bandera de La Habana que apareció por la isla y se hospedó en propia su casa para captar a jóvenes de la zona que quisieran viajar a Cuba como soldados. Partió del puerto de Santa Cruz en 1699, dos años antes del comienzo de la Guerra de Sucesión. Allí rápido mostró interés por el estudio y la formación militar, destacando como jinete y tirador.

El primer biógrafo de Benavides, Bernardo Cólogan Fallón, lo describió a comienzos del siglo XIX de la siguiente manera: «Amante del servicio, lo era igualmente de cuantas obligaciones se le señalaban; subalterno obediente, aprendió con los primeros elementos de la disciplina lo que contribuye a formar el perfecto jefe. Y para ser buen general supo primero ser soldado». Por eso sorprendió a sus jefes y compañeros, tanto como para que, en 1703, le hicieran regresar a Madrid para formar parte de los refuerzos solicitados por Felipe V, con el cargo de teniente.


El rápido ascenso de Benavides

En España fue destinado a uno de los regimientos de los Dragones de la Guardia de Corps, donde demostró tanta valentía y determinación en el campo de batalla que rápidamente fue ascendido a teniente coronel. Fue felicitado, incluso, por Felipe V debido a sus hazañas en Zaragoza, en agosto de 1710, cuando la caballería a su mando se hizo con parte de la artillería enemiga en la zona del Ebro. Pero la batalla que marcó su vida fue la de Villaviciosa de Tajuña. Tenía 36 años en aquel en el que el primero de los Borbones estuvo a punto de ser asesinado.

Benavides se encontraba en el campo de batalla al mando de la caballería de los Guardias de Corps, en el ala derecha. Obedecía las órdenes del marqués de Valdecañas, que se encontraba a su vez al mando de tres cuerpos de Dragones y otros tres de Caballería. En ese momento, nuestro protagonista se percató de que Felipe V montaba a lo lejos un llamativo caballo blanco, el único con el pelaje de ese color, lo que le convertía en una fácil diana para la artillería enemiga a pesar de estar emplazado en una especie de monte elevado y acompañado de sus generales.

Separándose de su superior y alejándose de sus soldados, Benavides emprendió el galope a toda velocidad, sorteando los cañonazos en medio de la batalla y abriéndose paso entre las tropas y la guardia del Rey. Al llegar a la altura de Felipe V, le informó de su peligrosa situación y de lo expuesto que se encontraba ante un posible ataque del enemigo. El monarca advirtió enseguida a sus generales que el teniente coronel llevaba razón, pero que no disponía de otro caballo. En ese momento, nuestro protagonista se bajó de su corcel y se lo ofreció al monarca, que aceptó el intercambio justo a tiempo. Unos segundos después, sobre aquella misma elevación comenzó a caer con fuerza el fuego de los británicos bajo las órdenes del oficial Guido von Starhemberg.


El corcel del Rey


Las bombas cayeron muy cerca del caballo de Felipe V, que murió en el acto. Sin duda querían descabezar a la pieza más importante del Ejército español, pero él ya no montaba aquel corcel. En su lugar, Benavides fue herido de gravedad y España se mantuvo en su sitio consiguiendo, al menos, una victoria estratégica. A Von Starhemberg le había desfavorecido el hecho de recibir demasiado tarde las noticias del peligro que corrían sus tropas en aquella zona. Aún así, le dio tiempo a retroceder y plantar cara en aquella batalla sangrienta con miles de muertos por ambos bandos.
El ejército aliado mantuvo el control del campo de batalla y, aunque ambos bandos la consideraron una victoria, lo cierto es que Ejército del Archiduque Carlos de Austria logró seguir con su retirada de forma ordenada, mucho más debilitado que el español. Von Starhemberg tuvo que abandonar Madrid por la falta de apoyo entre la población madrileña y, para cuando llegó a Barcelona en enero de 1711, el número de sus soldados se había reducido en unos 6.000 o 7.000.

Felipe V no se olvidó de su salvador y, como recuerda Jesús Villanueva Jiménez en «La cruz de plata» (Ed. Libros Libres) –novela histórica con la que el escritor quiso recuperar en 2015 la vida y obra de Benavides–, preguntó por él. El marqués de Valdecañas le informó de que una granada de mortero había destrozado a su caballo y alcanzado al teniente coronel de las Guardias de Corps. Él mismo le había visto bañado en sangre y lo había dado por muerto. El Rey, sin embargo, no quiso creerlo y ordenó que lo buscaran entre los cadáveres apilados en el campo de batalla. La corazonada de este resultó cierta, puesto que nuestro protagonista fue hallado al borde de la muerte.


Benavides, el «padre»

Antonio Benavides fue rescatado y trasladado para ser atendido por los mismos cirujanos del Rey. Fue así como consiguió salvar su vida y la del primero de los Borbones, sin el cual la historia de España habría sido otra. Las heridas fueron sin duda un alto precio a pagar, pero por las que se vio recompensado. A partir de entonces, el monarca se refirió a él como «padre», independientemente de que sus generales estuvieran presentes, consciente de que a él le debía seguir reinando entre los vivos.

Tras firmarse el tratado de Paz de Utrecht el 11 de abril de 1713, nuestro protagonista fue ascendido a brigadier de Caballería y siguió en la Corte al servicio del Rey. Era tal la confianza que Felipe V tenía en su salvador que, en 1717, le nombró gobernador y capitán general de la Florida en el Nuevo Mundo, donde tomó posesión del fuerte de San Luis de Apalache y tuvo que librar cruentas batallas contra los guerreros de la tribu apalache. Allí fue capaz también de establecer fructíferas alianzas con otras tribus como los Apalachicola, Uchize, Savacola, Tasquique o Creek, entre otras. Fue el responsable de un largo periodo de paz en la zona.

Tan contento estaba Felipe V con sus resultados, que no solo lo mantuvo en el cargo 15 años en vez de cinco, sino que, contra su voluntad, le nombró después gobernador de Veracruz, uno de los puertos más importantes de las Indias españolas, y después capitán general y gobernador de la Provincia de Mérida del Yucatán y del Puerto de Campeche. Benavides tuvo que esperar a la muerte del Rey para recibir de su sucesor, Fernando VI, el permiso para regresar a España 32 años después, cuando ya era mayor. Unos años en los que el héroe de Villaviciosa limpió de corruptos las administraciones, mantuvo a raya a los ingleses y expulsó de los mares a piratas y corsarios.

Una vez en la Península, y tras recibir la visita del nuevo Rey, que le agradeció personalmente sus servicios, Antonio Benavides se marchó a su Tenerife natal, donde vivió tranquilo hasta su muerte a los 83 años.


ABC.







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