Los enemigos de Bolívar
Historia 08/10/2020 08:00 am         


Infama al Libertador Simón Bolívar quien trata de lograr a costa de éste la notoriedad que no alcanza por sí mismo



Por Luis Britto García


Todo gran proyecto concita enemigos. En la medida en que el plan sea inatacable, los enemigos se ensañan contra quien lo encarna. Simón Bolívar significa independencia y soberanía latinoamericana y caribeña; republicanismo, nacionalismo, educación ilustrada para todos, libertad de pensamiento y de expresión, emancipación de esclavos y de indígenas, reforma agraria, propiedad pública de los recursos del subsuelo, integración regional. Los adversarios secretos de este programa son los enemigos públicos del Libertador.

En 14 años de campañas y 20 de vida pública, nadie pudo con Bolívar combatiéndolo de frente. En 472 batallas fue derrotado apenas seis veces. Sólo fue vencido por quienes se ganaron su confianza para traicionarlo: el Francisco Fernández Vinoni que entrega la plaza de Puerto Cabello, el Francisco de Paula Santander del atentado del 25 de septiembre de 1828, el José Antonio Páez que desintegra la Gran Colombia en 1831. Insisten en las armas de la traición, la difamación, el magnicidio, porque no tienen otras.

El alemán Henry Villars Ducoudray Holstein y los ingleses William Miller y Gustavus Hippisley comparten tres rasgos: forman parte de las milicias extranjeras convocadas por Bolívar en defensa de la causa republicana; se retiran de ellas por desavenencias con el mando, y todos escriben testimonios influidos por resentimientos y prejuicios personales, que sirven de primera fuente para infinidad de calumnias y malentendidos en la historiografía posterior.

Ducoudray Holstein, quien ingresa en 1814 a la flota del corsario Aury y obtiene la baja en 1816, pretende a partir de la experiencia de esos dos años juzgar toda la carrera de Bolívar, citando extensamente a Hippisley: “El general Bolívar ocupa muy poco tiempo estudiando las artes militares. Él no entiende la teoría y muy rara vez hace una pregunta o mantiene una conversación relacionada con esto”. Si en esas condiciones libertó cinco naciones, cómo sería si las hubiera estudiado. Sigue Ducoudray, citando a Hippisley: “No tiene una biblioteca o colección de libros que sea apropiada para su rango y lugar que ha ocupado por los últimos quince años”. Mentira burda. Tras la campaña del Perú, deja en ese país una biblioteca de campaña de más de dos centenares de volúmenes sobre todos los ámbitos del conocimiento. A mendacidad en detalles, falsedad de conclusiones.
A la falsa historia se une la chismografía fraudulenta. Ricardo Palma en sus Tradiciones peruanas incluye “Las tres etcéteras del Libertador”, crónica falsa según la cual un alcalde habría comprendido entre los agasajos al héroe tres apetitosas muchachas, que el prócer despidió destempladamente. En el relato desliza Palma como inocentemente otra superchería sobre una recargada cuenta de agua colonia destinada al prohombre. Bolívar era el hombre más rico de Venezuela y fue enterrado con una camisa prestada. Generosamente gastó todos sus bienes en su causa y en auxiliar a sus compatriotas. No era personaje para lucrarse abultando una factura de agua de tocador.

En 1857 Charles Dana proyecta una New American Cyclopedia, y encarga a Carlos Marx el artículo sobre Bolívar. Las fuentes de las que Marx dispone son las de la época, hostiles al Libertador, y guiándose por ellas, escribe un artículo en el cual le reprocha una supuesta ambición dictatorial. Sobre el Congreso Anfictiónico de Panamá, concluye que “la intención real de Bolívar era unificar a toda América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él mismo”. El propio Dana critica el artículo como sesgado. Los editores comunistas de Marx-Engels, Werke en Alemania Oriental, comentan en 1961 sobre el texto acerca de Bolívar que éste “triunfó en consolidar brevemente en su lucha a los elementos patrió-ticos de los terratenientes criollos… la burguesía y las masas populares, incluyendo indios y negros” y señalan que “naturalmente para la época Marx disponía sólo de los autores mencionados, cuyos prejuicios eran poco conocidos”.

Perder un imperio en el cual no se pone el sol no es tontería. El español Salvador de Madariaga expresa su despecho en la Trilogía del Nuevo Mundo. Según él, Colón es un pillo; Hernán Cortés un beato que se emociona al encontrar en México “tantas almas que salvar”, Bolívar un desencantado que renuncia a su título de Libertador porque “de todos modos el Nuevo Mundo debía liberarse”. La teoría de la relatividad también debía ser revelada: eso no impide que honremos a Einstein.

La gloria de Bolívar es perenne; efímeros los empeñados en opacarla. Así ocurre con Lorenzo María Lleras, cuyo currículo comprende haber sido secretario de Santander, haber concertado con Brasil un tratado tan desventajoso que el Congreso debió rechazarlo, y expulsar a Manuela Sáenz. En su libro Un granadino a sus compatriotas i a sus hermanos del Norte, Lleras afirma “que el general Simón Bolívar es criminal: el orbe todo sabe los medios por los cuales se elevó al poder, i el abuso que ha hecho de un pueblo inocente e inexperimentado”. Tal opinión crea escuela en Colombia: la sigue el historiador José Rafael Sañudo —1872-1943—, cuyo libro Estudios sobre la vida de Bolívar (1925) pergeña materiales de los cuales el novelista colombiano Evelio Rosero, autor de La carroza de Bolívar (2015) afirma que “es un error histórico considerar a Simón Bolívar un héroe de las naciones suramericanas. En realidad tuvo un protagonismo nefasto en las luchas independentistas. La historia universal nos engañó al describirlo como alguien que no era y que además había hecho lo que no hizo”. En Venezuela se debió esperar hasta 1832 por el primer reconocimiento oficial al Libertador; en Colombia, hasta 1872; en Caracas, hasta 2015 para presenciar la farsa grotesca de una oposición expulsando de la Asamblea Nacional los retratos del prócer.

La infamia trae gloria, declaró Mark Chapman, el asesino de John Lennon. Infama a Bolívar quien trata de lograr a costa de éste la notoriedad que no alcanza por sí mismo. Sólo se puede destruir al Libertador desintegrando su legado, o siendo indigno de él.

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