Francisco de Miranda: El Tenaz Adelantado
Historia 17/03/2021 08:00 am         


Un día como el 28 de marzo de 1750, nace en Caracas, un personaje que habría de ocupar un lugar protagónico en la lucha por la independencia a nivel mundial.



Por Rafael Arráiz Lucca


Su tenacidad era de acero pulido. Padeció cárceles en muchas oportunidades. Fue un militar formado y exitoso. Basta su participación en la Revolución Francesa para demostrarlo, y la inmortalización de su apellido en el Arco de Triunfo de París. También fue un político de su tiempo. Un hombre de diálogos, alianzas, negociaciones en busca del poder. Francisco de Miranda un caraqueño con porte de caballero europeo que fue valiente hasta el delirio, triunfante en muchas batallas y derrotado en otras, así fue nuestro héroe.

Sebastián de Miranda y Arvelo (1721-1791) nació en el Valle de La Orotava en Santa Cruz de Tenerife y casó en Venezuela con Francisca Antonia Rodríguez de Espinosa, en 1749. Entonces, Sebastián tenía 28 años. No sabemos cuándo nació Francisca en Caracas, pero sí que falleció en 1777. Ignoramos cuándo Sebastián llegó a Venezuela, ya que ningún biógrafo lo precisa. En todo caso, la pareja tuvo diez hijos, y el primogénito fue Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez (Caracas, 28 de marzo de 1750 – Cádiz, 14 de julio de 1816). ¿Por qué no usaba el Sebastián y se decantó por el Francisco? Sospechamos que para diferenciarse del progenitor. La madre era hija de portugués y canaria. Es sabido que el padre se dedicó al comercio en Caracas con bastante fortuna, y que acumuló bienes como para llevar una vida más que decorosa.

La mayoría de los hermanos Miranda Rodríguez fallecieron en la infancia y adolescencia, como era frecuente que ocurriera entonces. Gracias a uno de los biógrafos de Miranda, Manuel Lucena Giraldo, conocemos sus fechas de nacimiento y nombres: Ana Antonia (1751); Rosa Agustina (1752); Micaela Antonia (1753); Miguel Francisco (1754); Javier (1755); Francisco Antonio Gabriel (1756); Ignacio José (1757); Josefa María Rafaela (1760), y Josefa Antonia (1764). Cuando fallece la madre, en 1777, Francisco de Miranda tiene 27 años y está en Cádiz. Cuando fallece el padre, en 1791, Miranda está en Londres.

El joven Miranda en 1767 certificó dos años de estudios para alcanzar a ser bachiller, pero no concluyó el que faltaba, por eso no lo hallamos en los registros de bachilleres que autenticaba la Universidad de Caracas. Su formación es obra, en su mayor parte, de sus tareas de lector, de sus innumerables viajes por el mundo, y de sus diálogos con personas principales y secundarias de muchísimos países de Europa. Sin temor a equivocarnos, apuntamos que su educación fue la de un caballero europeo de su tiempo, con la singularidad de su origen americano, lo que lo distinguía notablemente, y la de un soldado del ejército español.

“Su periplo vital es excepcional: ningún otro latinoamericano de su tiempo acumuló las peripecias variadas y complejas que Miranda capitalizó en su existencia”

Entre 1763 y 1771 fue gobernador de la Provincia de Venezuela José Solano y Bote, quien tuvo varias iniciativas vanguardistas, entre ellas la de formar una milicia de blancos de origen canario, presidida por Sebastián de Miranda. Este nuevo cuerpo enardeció a los mantuanos caraqueños, quienes se quejaron amargamente, ya que muchos de sus integrantes no podían demostrar su limpieza de sangre. Todo esto le dejó claro al hijo de Sebastián que su condición social no era la mejor, y que si quería seguir la carrera de las armas, Caracas no era el sitio adecuado, por más que Carlos III hubiese fallado a favor suyo, una vez solicitado su juicio sobre la diatriba caraqueña.


En España y el norte de África (1771-1781)

Su padre y su madre reunieron todos los papeles necesarios para que Francisco se hiciera un hombre de armas en España, y zarpó el 25 de enero de 1771 de La Guaira hacia Cádiz. Tenía 21 años. Regresó a Venezuela en 1806, cuando sumaba 56. Durante 35 años estuvo fuera de su país, desarrollando una de las peripecias vitales más intensas, agitadas e impensables de su tiempo. Además, en 1806 estuvo en suelo patrio unos pocos días infortunados, para regresar a su cuartel general en Londres y volver a La Guaira el 10 de diciembre de 1810, cuando ya era un sexagenario, y le faltaban calamidades por experimentar. Entonces, sumaba 39 años de extrañamiento del lar nativo, suerte de obsesión que articuló toda su existencia.
Al no más embarcarse en La Guaira rumbo a Cádiz en 1771, Miranda comienza a escribir su diario, la Colombeia: el más extenso, profundo y pormenorizado cuerpo de anotaciones que haya escrito un latinoamericano en su tiempo. Una obra de 63 tomos que, con toda justicia, está siendo considerada por la Unesco para formar parte del Registro de la Memoria del Mundo. Allí está todo: su formación militar y de gentil hombre, sus lecturas, sus viajes, su participación en la Revolución Francesa, sus intereses variadísimos acerca de la arquitectura, los sistemas penales, la agricultura, las manifestaciones culturales, entre otros muchos tópicos.

La vida europea de Miranda comienza en Cádiz, continúa en Madrid, donde estudia con miras a ser aceptado en el Ejército, cosa que ocurre el 7 de diciembre de 1772, después de cancelar 8 mil pesos para obtener la patente de Capitán del Regimiento de Infantería de la Princesa. En 1773 lo tenemos en las posesiones españolas del norte de África (Melilla), donde está en funciones guerreras durante 1774 y 1775. Este año participa en la expedición fracasada de España en Argel y luego es trasladado a Málaga, Cádiz y Gibraltar. Entonces, conoce al coronel Juan Manuel Cajigal, que será determinante en el futuro inmediato del joven caraqueño. En 1776, 1777 y 1778 está en Cádiz, año en que es trasladado a Madrid, donde es arrestado en 1779 por un conflicto con su superior. Al año siguiente (1780) sale de prisión y viaja de Cádiz a La Habana, a las órdenes de Cajigal. Tiene 30 años y su vida va a dar un giro importante.


En La Habana (1781-1783)

Miranda integra una expedición española que va a reforzar a las fuerzas patrióticas estadounidenses en contra de los ingleses en Pensacola, La Florida, en 1781. Es ascendido a teniente coronel por su actuación en Pensacola. Luego lo envían a Jamaica en una misión secreta a comprar buques para la escuadra española en Cuba. Al año siguiente, en 1782, está entre quienes conquistan Las Bahamas de manos británicas. Lo arrestan porque lo responsabilizan de la visita del general inglés Campbell a La Habana, pero es liberado gracias a gestiones de Cajigal, su fiel protector. Lo acusaron de contrabando. Las persecuciones en su contra no cesan, y por ello toma la decisión de desertar a mediados de 1783 y se va a los Estados Unidos.


En los Estados Unidos (1783-1784)

Allá va a estar durante año y medio y pasa por Carolina del Norte, Charleston, Filadelfia. En esta ciudad cena con George Washington; visita Wilmington, mientras las autoridades españolas en La Habana lo condenan a diez años de cárcel, una vez juzgado en ausencia.
En 1784 viaja a Nueva York, West Point, Albany y toca las puertas de Alexander Hamilton y Henry Knox, a quienes les habla abiertamente de su proyecto de liberar a la América española. Visita la Universidad de Yale, y va a Providence, Boston y Salem. Se entrevista con Samuel Adams y con el general Lafayette hasta que decide irse a Londres a donde desembarca el 1o de enero de 1785. Ya el proyecto de liberación de la América española ha echado raíces en su psique y se torna en epicentro de su vida. No ha ocurrido la Revolución Francesa, sí la americana, de tal modo que este es el ejemplo que entusiasma a Miranda.


Londres y el Grand Tour (1785-1789)

Estos cuatro años van a ser decisivos para la red de influencias que va tejiendo en Europa, y muy particularmente a partir de su encuentro con la Catalina II “la Grande”, Emperatriz de Rusia, quien lo protege eficazmente de los sabuesos del Imperio español que le seguían el rastro para atraparlo. Miranda hace un periplo de cuatro años, que entonces se le conocía como el Grand Tour, y no era otro que un recorrido vasto y pormenorizado que cualquiera que aspirara a ser un gentilhombre tenía que realizar.
El viaje tiene al menos dos propósitos: El conocimiento de la realidad de los países visitados en múltiples facetas, e ir tejiendo una red de apoyo para el proyecto de liberar a las provincias americanas del Imperio español. El periplo lo inicia con un amigo, el coronel norteamericano William Smith, y parten de Londres hacia Holanda y visitan Rotterdam, La Haya, Leyden, Harlem y Ámsterdam. Después van a Hannover, Brunswick y Potsdam y pasan por el Castillo de Sans Souci donde son recibidos por el Príncipe de Prusia. De allí siguen hacia Meissen, Leipzig, Dresde, Praga y Viena, donde se encuentran con el compositor Joseph Haydn. Siguen hacia Gratz, Leybach, Trieste y Venecia. Ya a finales de 1785 están en Verona, Mantua, Parma, Módena, Bologna y Florencia. En enero de 1786 visitan Pisa, Livorno, Siena y Viterbo, hasta que llegan a Roma.

En Roma entra en contacto con el jesuita peruano Juan Pablo Vizcardo, quien ha sido expulsado de Lima junto con otros sacerdotes de la Compañía de Jesús. Sigue su viaje hacia Nápoles, Pompeya, Ragusa, Dalmacia, Zanta y Patras. Desembarca en el Pireo, van a Atenas y siguen hacia Chíos, Esmirna, los Dardanelos y Constantinopla, donde pasan más de un mes.

Napoleón ordenó la construcción del Arco de Triunfo (París) en 1806. Allí está grabado “Miranda”, el apellido de nuestro héroe más universal.
La zarina ordena que se le expida un pasaporte con el nombre de “Conde de Miranda” y navega por el mar Negro y en diciembre le es presentado el príncipe Potemkin, con quien visita Crimea. Luego viaja a Kiev, ya en 1787, donde está la Emperatriz, quien lo retiene a su lado durante varios meses, fascinada con las historias de este personaje carismático. Visita el Kremlin, San Petersburgo, el Hermitage, Tsárskoye Selo, donde vuelve a verse con Catalina.

El 15 de agosto le escribe a la Emperatriz agradeciéndole su apoyo: “La protección que la magnanimidad de V.M.I. ha querido concederme…” (Miranda, 1991: 82). Ahora se mueve hacia Finlandia, Estocolmo y conoce al rey de Suecia, y se enamora de Catherine Chistine Srandel, quien lo retiene varios meses, hasta que sigue hacia Noruega y luego Copenhague, donde permanece dos meses alojado en casa del embajador de Rusia. Allí recibe el año 1788 y entra en diálogos con el Canciller de Dinamarca, con quien hace una buena amistad.

Sigue hacia Hamburgo, Bremen, y vuelve a Holanda para después entrar en Bruselas y luego a Dusseldorf, Colonia, Bonn, Koblenz, Frankfurt, Mannheim, Heidelberg y Estrasburgo. Le dedica cuatro meses a recorrer atentamente todos los cantones suizos y se detiene en Basilea, Lausana, Berna, Zúrich y Ginebra. En Rolle se reúne con el historiador Edward Gibbon y sigue hacia Francia. Pasa por Vienne, Valence, Montelimart, Aviñon y Aix en Provence. Llega a Marsella y sigue hacia Toulon, Niza y recibe el año (1789) en Génova.

Sigue el Grand Tour en su año final: Turín, Arles, Nimes, Montpellier, Béziers, Narbonne, Carcassonne, Toulouse, La Rochelle, Nantes, Lorient, Brest, Saint-Malo, Cherburgo, Le Havre y París, donde entra de incógnito, perseguido por la policía francesa y protegido por el embajador ruso. Toma el camino de Chantilly, Senlis, Lille y llega a Dunkerque y luego a Calais, allí se embarca hacia Dover, y llega a Londres el 18 de junio de 1789. Ha terminado su largo viaje de 4 años. Retoma la madeja de sus amistades londinenses para actualizar su proyecto americano: nuez de todo lo que hace, suerte de obsesión articuladora de su personalidad.


Vuelta a Londres (1789-1792)

Ya en casa le escribe una carta a la emperatriz Catalina de Rusia y otra al príncipe Potemkim agradeciéndoles su eficaz protección durante todo el largo recorrido. Establece amistad con el primer ministro británico, el legendario William Pitt, a quien le pide ayuda para su proyecto americano. Este se interesa vivamente hasta que Gran Bretaña y España firman un acuerdo y, obviamente, no puede respaldar una acción que vaya contra los intereses de su socio español.

En 1791 la situación económica de Miranda se complica a raíz de la muerte de su padre, ya que deja de recibir dinero de Caracas. No obstante, sigue intentando el apoyo inglés hasta que desiste y se va a Francia. Llega a París el 23 de marzo de 1792. Vienen 8 años vertiginosos en su vida.


En la Revolución Francesa (1792-1798)

Petion le propone que se quede en Francia y se una al ejército de la Revolución Francesa. Le ofrecen el grado de Mariscal de Campo y lo piensa, hasta que se decide el 25 de agosto de 1792. Viene una ruptura con la tutela rusa. Envía carta al embajador de Rusia en Londres justificando su decisión, y lo conveniente que puede ser para su empeño de liberar a las provincias españolas de América. Difícil de argumentar. En cuanto la zarina se entera, el disgusto es mayúsculo.

Se suma al ejército del norte al mando del general Dumouriez. Todo esto lo refiere perfectamente Caracciolo Parra-Pérez en su Miranda y la Revolución Francesa. En octubre es ascendido a Teniente General de los Ejércitos, tiene 42 años. El 13 de febrero de 1793 el general Miranda redacta una proclama donde anuncia la declaración de guerra a Inglaterra y Holanda. Empieza un capítulo de batallas y victorias hasta que su suerte cambia y es hecho preso por orden de Fouquier en abril, pero ya en mayo el jurado lo declara inocente. Luego, los girondinos caen en desgracia, sus amigos, y vuelve a la cárcel. Va a estar preso durante un año y medio. El 15 de enero de 1795 sale de prisión y comienza a frecuentar el salón de la marquesa de Custine, con quien mantiene una relación amorosa intensísima. Este año se topa en los salones parisinos con un joven militar corso con quien no entabla una relación de amistad estable: Napoleón Bonaparte. Sin embargo, Bonaparte afirma de Miranda: “Tiene fuego en el alma”. No obstante, desconfiaba de él, equivocadamente sospechaba que se trataba de un espía español.

“Fue el primer hispanoamericano en trabajar arduamente a favor de la creación de un nuevo Estado de magnitud continental: Colombia”
Nueva vuelta en la política francesa: Miranda preso de nuevo. Esta vez se ordena su deportación, pero logra vivir en la clandestinidad hasta demostrar su inocencia. Vuelve a los salones de París. En 1797 la suerte vuelve a cambiar negativamente para Miranda y sus amigos, y es perseguido de nuevo. Esta vez decide irse de Francia. El 11 de enero de 1798 llega a Dover disfrazado con una peluca y unos anteojos verdes, con un pasaporte ruso falso. Ha terminado el capítulo francés. Imposible más agitado y complejo.

De todos los escritos de Miranda en su etapa de la Revolución Francesa, hay uno donde se revelan sus dotes de estadista: “Opinión de Miranda sobre la situación actual de Francia y los remedios convenientes a sus males”. Fechado el 2 de julio de 1795. Es un texto muy crítico acerca de los graves errores cometidos en tiempos revolucionarios. Afirma: “Por último, la paz, el establecimiento de un gobierno libre y vigoroso y el crédito público abrirán las fuentes de la prosperidad de nuestro país; y la Francia colmará de bendiciones a los hombres que después de tantos crímenes y desgracias encuentren la solución de este problema difícil: Aliar la libertad de un pueblo con la calma y la tranquilidad”. (Miranda, 1991: 95).

Nótese como se asume como ciudadano francés y, desde allí, se permite críticas severas al proceso revolucionario, en ejercicio del pensamiento crítico del que era dueño y ejecutante y con la legitimidad de haber estado al frente de batalla a favor de la Revolución.


En Londres (1798-1800)

Reorganiza su vida en Londres. Se conmueve con la Carta a los españoles americanos del padre Vizcardo, quien fallece en 1798, y se propone divulgarla. Lo busca Bernardo O’Higgins antes de regresar a Chile. Solicita créditos para mejorar su situación económica. Recibe carta de Manuel Gual donde le relata el fracaso del año anterior (1797) en Caracas. El fiel Cajigal le escribe notificándole que el pleito de España contra él ha sido sentenciado a su favor. Se refiere al juicio de La Habana y el general Campbell, cuando lo acusaron de contrabando. Miranda responde, amablemente, que su empeño está en otro punto de la geografía. Se propone regresar a Francia y le dirige comunicación a Bonaparte. Su ama de llaves, Sarah Andrews, ya está a su servicio. Pronto será madre de sus dos hijos.


En Europa (1800-1801)

En agosto viaja a Francia y se entrevista con el general Lafayette y al día siguiente lo vuelven a encarcelar. Fouché desconfía de Miranda y lo someten a interrogatorios y luego lo expulsan en marzo de 1801. No regresará jamás. En Holanda lo hostigan: hasta allá llega el brazo de Fouché. Finalmente, regresa a Londres y escribe una proclama importante, dirigida a sus compatriotas americanos, en 1801. Afirma: “Nuestros derechos como nativos de América, o como descendientes de los conquistadores, como indios o como españoles han sido violados de mil maneras… la España sólo se acuerda de nosotros para imponernos tributos, para enviarnos un enjambre de tiranos que nos insulten y despojen de nuestros bienes, para ahogar nuestra industria, para prohibir nuestro comercio, para embarazar nuestra instrucción, y para perseguir todos los talentos del país… Sigamos las huellas de nuestros hermanos los americanos del Norte: estableciendo como ellos un gobierno libre y juicioso obtendremos los mismos bienes que ellos obtienen y gozan al presente… Así, compañeros, todo depende de nosotros mismos. Unámonos por nuestra libertad, por nuestra independencia… un gobierno libre mira a todos los hombres con igualdad, cuando las leyes gobiernan, las solas distinciones son el mérito y la virtud… En fin, conciudadanos, ya no seremos extranjeros en nuestro propio país”. (Miranda, 1991: 110). Como vemos, toda una declaración de principios liberales, republicanos, con los que convida a sus compatriotas americanos a conquistar la libertad, siguiendo el ejemplo norteamericano. No alude al francés, por razones obvias.


En Londres (1801-1805)

Ya en Londres comienza frecuentar a Nicolás Vansittart, por intermedio de su protector John Turnbull, y este se anima con el proyecto de liberación mirandino. Entonces, Vansittart era Secretario del Tesoro Británico (Ministro de Hacienda). Sueña con una denominación para el nuevo Estado que se creará en sustitución de las provincias españolas en América: Colombia. Obvio homenaje al descubridor del nuevo Continente. Su proyecto se ve, otra vez, ensombrecido por las negociaciones de Inglaterra con Francia y su socio español. Nuevo desengaño para el caraqueño.

En 1802 lo hayamos concentrado en la lectura y asentado en su nueva casa, la de Grafton Way (comprada en 1978 por el gobierno de Carlos Andrés Pérez), esperando que estalle una guerra entre Francia y los Estados Unidos que favorezca su proyecto. No ocurrió. Sigue en su empeño en 1803, hasta que en 1804 Vansittart le transmite la decisión del gobierno inglés: no avalarán algo que perjudique a España, mientras ella se mantenga neutral. En 1803 nació su hijo con Sarah Andrews: Leandro. Y a finales de 1804, en una vuelta de la política inglesa, Pitt vuelve a ser primer ministro y Miranda lo contacta de nuevo con su plan, ya detallado. Ningún resultado. En 1805 se olvida de Inglaterra y se embarca hacia Nueva York el 2 de septiembre. Viene otra etapa vertiginosa.

El Leander fue el bergantín de 180 toneladas alquilado por Francisco de Miranda para su primera expedición a Venezuela, en 1806.
Dicta testamento el 1o de agosto de 1805. Se lee: “Tengo en la ciudad de París, en Francia, una preciosa colección de pinturas, bronces, mosaicos, gouaches y estampas… Así mismo me debe la nación francesa por mis sueldos y gratificaciones en tres campañas que serví a la República a mi costa, comandando ejércitos, unos diez mil luises por la parte que menos hasta el año 1801, en el mes de marzo, que el infame Bonaparte me honró, como el Directorio, con una especie de ostracismo, y yo voluntariamente renuncié a Francia como nación envilecida y subyugada por los hombres más perversos de la Revolución Francesa”. (Miranda, 1991, 370). Como vemos, la ruptura con Francia y “el infame Bonaparte” era total.


En Nueva York, Coro y Trinidad (1805-1807)

Al no más desembarcar en Nueva York acude a su red de amigos y financistas. Logra un respaldo económico y con su asistente, Tomás Molini, empieza a buscar armas, pertrechos y embarcaciones para la invasión. Todo debe hacerse en secreto porque si los marineros saben a lo que van no suben a los barcos. Tienen que ser engañados. Su amigo Rufus King lo ayuda, y William Smith, también. Samuel Ogden y otros benefactores financian el viaje. Todo esto se ha hecho con una identidad falsa de Miranda, hasta que se advierte su presencia y comienzan los agasajos. El Alcalde de Nueva York lo invita a almorzar.

Decide viajar a Washington en busca de apoyo oficial para la aventura. Lo que pretende es que el Gobierno no interfiera en su proyecto personal. Lo logra. Se detiene en Filadelfia, sigue y llega a la capital y visita al presidente Thomas Jefferson, quien lo recibe con algunos de sus ministros. Coloca flores ante las cenizas de su amigo George Washington en Mount Vernon. Se entrevista con el secretario de Estado, James Madison, va a la Cámara del Senado y a la de Representantes. En una segunda entrevista con Madison este le deja claro que no habrá ningún apoyo directo ni velado a su expedición, pues no puede ensombrecerse la buena relación entre su país, Francia y España. Cena con el presidente Jefferson y su familia. Las reuniones no cesan, hasta que retorna a Nueva York el 18 de diciembre de 1805. De inmediato dos norteamericanos le informan al embajador de España de las andanzas de Miranda. Los delatores nunca faltan.

“Fue el liberalismo el cuerpo de ideas que articuló junto con el republicanismo el proyecto de los Estados modernos”

De regreso en Nueva York, Ogden pone sobre la mesa 20 mil dólares y 8 personas más suman otros 20 mil. La suerte está echada. El 26 de enero de 1806 zarpa el Leander y comienza a bajar por el río Hudson. Sube clandestinamente al barco tres días después en un recodo del río y se oculta en su camarote. Van rumbo a Haití. Cuando llevan varios días de navegación sale de su escondrijo y le participa a la tripulación cuál es el objeto del viaje. El descontento no fue menor, pero supieron contrarrestarlo. Estamos en febrero y va a nacer su hijo Francisco, en Londres. El 12 de marzo de 1806 en la bahía de Jacmel, en Haití, ondea por primera vez la bandera de Venezuela concebida por Miranda “con los tres colores primarios del arcoíris”. Suenan los cañones y se gritan hurras por la libertad de la América del Sur. En Haití se suman las goletas Bee y Bacchus, fletadas para la expedición. El capitán general en Caracas, Manuel de Guevara y Vasconcelos, ha enviado un espíaitaliano para informarse de los propósitos de Miranda.

El 28 de marzo zarpa el convoy hacia Aruba, y llegan el 9 de abril. Se prevé el desembarco en Ocumare de la Costa para el 25 de abril, pero lo intentan con atraso el 27 en la noche. El trabajo del espía italiano en Haití ha dado resultado: los esperan dos bergantines de mayor poder de fuego que el que trae Miranda. Las goletas Bacchus y Bee caen en manos de los españoles, mientras el Leander logra llegar a Bonaire. Un desastre. Los prisioneros suman 60 hombres, de los que serán condenados a muerte 10, y los otros serán penados con distintas sanciones. Qué pensarían de su suerte los inocentes que se embarcaron en Manhattan.

Miranda navega hacia Granada buscando refuerzos. La corbeta de guerra inglesa, la Lilly, lo intercepta y lo acompaña. De Granada viajan a Barbados a reunirse con el almirante Alexander Cochrane en junio de 1806. El 20 de junio zarpan con destino a Trinidad. Van el Leander, la goleta Trimmer, fletada, y dos embarcaciones de guerra inglesas, la Express y la Lilly. Llegan el 23 a Trinidad y reciben el apoyo del gobernador de la isla. Se le suman a la escuadra la Attentive y la Provost. Ahora Miranda va en la Lilly con el capitán Campbell, al mando de las naves inglesas. Suman 300 hombres. El 1o de agosto de 1806 están cerca de la costa de Coro y se le agrega otro buque inglés, la fragata Bacchante. Ahora son 11 las naves de la expedición.
Desembarcan el 3 de agosto y toman el fortín de La Vela de Coro y también ocupan el pueblo. Izan la bandera tricolor. Luego, Miranda al frente de su pequeño ejército cabalga hacia Coro y al entrar encuentra una ciudad fantasma. Toda la población se ha ido. El caraqueño espera la llegada de los criollos que vienen a sumarse a la causa de la libertad. Nadie acude. El 7 de agosto regresa a La Vela. El comandante español Salas ha logrado reunir un ejército que ya es mayor que el de Miranda y lo bloquean en La Vela. No les llega agua potable. La situación es dramática. El 14 de agosto llegan a Aruba, han fracasado.

Llamada la “Bandera de Miranda” representa con sus colores las razas negra, parda e india, según registros del Archivo General de Indias.
El 2 de agosto Miranda fecha su “Proclama de La Vela de Coro”. En ella se lee, en referencia a los integrantes de su ejército: “y cuantas personas componen este ejército son amigos o compatriotas vuestros; todos resueltos a dar la vida si fuese necesario, por vuestra libertad e independencia, bajo los auspicios y protección de la marina británica”. (Miranda, 1991:127). ¿Había criollos en la expedición? No muchos que sepamos, Manuel Carlos Piar, entre ellos. ¿Estaba la expedición bajo los auspicios y protección de la marina británica? Sí y no. Todo indica que las autoridades inglesas en Trinidad y Barbados decidieron acompañar a Miranda sin consultar a Londres, cosa que era imposible dada la distancia y el tiempo. En tal sentido, podemos inferir que se trataba de un apoyo inconsulto, ya que Londres habría dicho que no, de acuerdo con sus alianzas geopolíticas de entonces.
Otro hecho significativo: La Proclama es acompañada por un anexo: la Carta del jesuita peruano Vizcardo señalada antes, que Miranda había hecho traducir al español, y era pieza a la que consideraba piedra angular de su argumentación. La carta fue escrita en 1792, y publicada por Miranda en 1799, cuando recibió los papeles de Vizcardo después de su muerte. Afirma Vizcardo: “El Nuevo Mundo es nuestra patria, y su historia es la nuestra, y en ella es que debemos examinar nuestra situación presente, para determinarnos, por ella, a tomar el partido necesario a la conservación de nuestros derechos propios y de nuestros sucesores”. Como vemos, ya estaba en pie la definición de la Nación criolla, la que debía tomar en sus manos su destino.

De Aruba navegan a Trinidad y de allí Miranda va a Barbados a hablar con Cochrane. Este envía comunicaciones a Londres presentando la solicitud de Miranda: más apoyo. Este regresa a Trinidad y allí estuvo durante un año esperando el refuerzo británico. No llegó. En cambio, sí llovieron reclamos por parte de los marineros que no recibieron nada de lo ofrecido. En 1807 vende el Leander y regresa a Inglaterra el 24 de octubre. El 1o de enero de 1808 llega a su casa donde le espera un hijo que no conoce (Francisco), su mujer Sarah Andrews y su hijo primogénito Leandro. Todo ha fracasado, pero el tenaz caraqueño no ceja en su empeño. Vuelta a buscar apoyo inglés para su sueño americano.
En Londres (1808-1810)
Los sucesos de Bayona (la asunción de José Bonaparte de la corona española) abren un espacio de negociación para Miranda. Pide apoyo inglés para evitar que las provincias españolas en América caigan en manos francesas. Inglaterra respalda al pueblo español en la península ibérica en contra de Napoleón y envía la expedición de Wellesley en julio de 1808. Miranda entra en cólera. Los ingleses le han pedido que vaya con Wellesley y este se niega, lo suyo no es España sino América, les aclara acremente.

Entra en relación con James Mill (padre de John Stuart Mill) y William Burke. Sostiene decenas de entrevistas promoviendo la liberación de la América española. Escribe muchas cartas a los cabildos americanos pero pocas llegaron, se las entregaba el correo inglés a su gobierno. Se entusiasma con una declaración del Ministro del Interior del gobierno francés el 13 de diciembre de 1809 donde afirma: “El Emperador nunca se opondrá a la independencia de las naciones continentales de América; esta independencia está en el orden necesario de los acontecimientos” (Pérez Vila, 1982: 642).

“Tuvo muchas alegrías y éxitos, acompañados de estruendosos fracasos, pero nadie puede afirmar que no lo intentó”

El 10 de julio desembarcan en Portsmouth los embajadores que envía la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII de Caracas, los jóvenes Andrés Bello, Luis López Méndez y Simón Bolívar. El 14 de julio están en Londres. Miranda los asesora e, incluso, les gestiona entrevistas. No va con ellos a los encuentros, pero se reúne periódicamente a cotejar informaciones. Los lleva a conocer los sitios públicos principales: Museos, jardines, el Observatorio y les presenta a Jeremías Bentham, Mill, Wellesley. Bolívar da por concluida su misión y zarpa el 22 de septiembre rumbo a Caracas. Ha permanecido 2 meses y medio en Gran Bretaña. Luis López Méndez y Andrés Bello se mudan a la casa de Miranda. Ambos ignoraban los años que estarían fuera de su país. Ninguno de los dos regresó a Venezuela.

Miranda llega el 10 de diciembre a La Guaira, después de una corta estadía en Curazao. El 12 de diciembre el Secretario de Estado de la Junta, el doctor Juan Germán Roscio, lo recibe con elogios escritos y le da la bienvenida a su país de origen. Bolívar recibe a Miranda en su casa. Pasa diciembre entre los suyos, le queda una hermana, Ana Antonia, y muchos sobrinos. Come las añoradas hallacas que tanto ensalzó en sus recuerdos. La Junta de Caracas lo designa el 31 de diciembre de 1810 Teniente General de los Ejércitos de Venezuela. No sospechaba su destino.


En Caracas (1810-1812)

En enero de 1811 recibe noticias de varios cabildos venezolanos que le informan que sus archivos han sido expurgados de calumnias contra su persona. En febrero crea la Sociedad Patriótica, en Caracas, y la preside por un lapso. Se incorpora al Congreso Nacional que se ha convocado a instancias del Cabildo de Caracas, y para el que los cabildos de tierra adentro han elegido diputados. Es electo diputado por El Pao, entonces en la provincia de Barcelona. Firma el Acta del 5 de julio y celebra la creación de la República de Venezuela con una caminata por Caracas con la bandera que trajo a Coro en 1806. El Congreso designa una comisión para seleccionar una bandera nacional y es escogida la mirandina. Una alegría.

El 11 de julio se alza Valencia contra la República y el triunvirato en ejercicio decide que sea Miranda el que enfrente a los realistas valencianos y los venza. No fue fácil, pero se logra en agosto, después de episodios bélicos diversos. Entonces, el general de la Revolución Francesa propone seguir hacia Coro y Maracaibo a enfrentar a los realistas de estas ciudades que no adhieren el proyecto republicano, pero el triunvirato no lo autoriza. No hay recursos.

Francisco de Miranda fue uno de los firmantes, el 5 de julio de 1811 en Caracas, del Acta de la Independencia de Venezuela.
En noviembre lo tenemos reincorporado al Congreso Nacional y participa de los debates que se dan ante la constitución propuesta por Roscio, Isnardi y Ustáriz. La firma el día en que se aprueba, el 21 de diciembre de 1811, pero estampa un reparo. Afirma: “Considerando que en la presente Constitución los Poderes no se hallan en un justo equilibrio, ni la estructura u organización general suficientemente sencilla y clara, para que pueda ser permanente; que por otra parte no está ajustada con la población, usos y costumbres de estos países, de que puede resultar que en lugar de reunirnos en una masa general o Cuerpo social, nos divida y separe, en perjuicio de la seguridad común y de nuestra independencia; pongo estos reparos en cumplimiento de mi deber”. Su reparo esencial, en el fondo, es acerca del federalismo que articula el texto constitucional, de acuerdo con las tesis de Roscio.

En marzo de 1812 desembarca en Coro el capitán Domingo de Monteverde, enviado por el Consejo de Regencia de España, y proveniente de Cuba, al frente de un ejército de 200 hombres. En Siquisique se le suman los indígenas del cacique Juan de los Reyes Vargas y sigue camino hacia Carora. Allí estaba cuando tuvo lugar el terremoto del 26 de marzo. Ya su ejército sumaba un mayor número (700 soldados, los 200 que traía de Coro y los 500 que sumó Reyes Vargas). Las consecuencias del terremoto del 26 de marzo para las fuerzas patriotas fueron dramáticas. No sólo en Caracas los estragos fueron mayores, también en Barquisimeto, donde estaban acantonadas fuerzas para enfrentar la reacción de Monteverde y se sufrieron bajas considerables, ya que el cuartel donde estaban concentradas se vino abajo, falleciendo un número importante de la tropa.

Miranda fija cuartel general en Maracay. El avance de Monteverde es a galope: el 3 de mayo está en Valencia. El 12 de junio está en Guayca, desde donde Miranda hacía defender el sitio de Maracay. El 18 llega a Maracay y los patriotas se repliegan en La Victoria. El 29 tuvo lugar un encontronazo del que salió derrotado Monteverde, quedando maltrecho con apenas 500 hombres. No se sabe por qué el Generalísimo no dio la orden de perseguir a Monteverde y a su tropa, sino que los dejó ir hacia Puerto Cabello. Todavía desconcierta su decisión.

El 30 de junio los presidiarios realistas del castillo de Puerto Cabello se han apoderado de éste. El coronel Bolívar, comandante de la plaza, le escribe desesperado a Miranda. Bolívar y su plana mayor se embarcan en el bergantín Celoso con rumbo a La Guaira con el objeto de salvarse, una vez que la plaza se ha perdido. Nada pudo hacer Miranda. El desánimo cundió entre las fuerzas patriotas y Miranda optó por un armisticio con Monteverde.
El 16 de julio comisionó a José de Sata y Bussy y a Manuel Aldao para negociar con los enviados de Monteverde una capitulación. Estas noticias contribuyeron a que el número de las deserciones entre los patriotas aumentaran, engrosándose así el Ejército realista en número considerable. Luego, el 24 de julio volvió Miranda a ofrecer firmar capitulaciones, esta vez lo hizo a través del marqués de Casa Léon, y alcanzó a establecerlas.
El 29 de julio una avanzada de Monteverde entró a Antímano, de modo que la ocupación de Caracas era inminente. Miranda bajó a La Guaira con el deseo de irse. El capitán de la embarcación con que navegaría a Curazao le sugirió que zarparan de inmediato, pero el Generalísimo prefirió pasar la noche e irse al amanecer. Estaba cometiendo el error más costoso de su vida.

Entre las muchas versiones sobre los hechos ocurridos este día, la de Parra-Pérez en Historia de la Primera República de Venezuela nos resulta la más convincente. Señala el historiador que Miranda llegó a La Guaira el 30 de julio a las 7 de la noche y que se hospedó en casa del comandante militar de la zona: Manuel María de las Casas. Apunta que se juntaron en secreto de las Casas, el doctor Miguel Peña, los comandantes Tomás Montilla, Rafael Chatillón, José Landaeta, Juan José Valdés y los coroneles Juan Paz del Castillo, José Mires, Manuel Cortés Campomanes y Simón Bolívar. Todos juzgaban tan severamente a Miranda que Bolívar propuso que se le fusilara de inmediato por traidor, pero no aceptaron la moción.

En la madrugada del 31 de julio estando dormido Miranda irrumpieron en su habitación quienes le hicieron preso: Bolívar, Chatillón y Montilla. El generalísimo le pidió la linterna a su asistente, el muy joven Carlos Soublette, e iluminó los rostros de sus captores. Dicen que entonces pronunció su famosa frase: “Bochinche, bochinche, esta gente no saben hacer sino bochinche”. De las Casas, siguiendo instrucciones de Monteverde, lo entrega a Cervériz y este lo introduce en la celda del Castillo San Carlos, en La Guaira.


La cárcel en Puerto Cabello, Puerto Rico y Cádiz (1812-1816)

En enero de 1813 es trasladado al Castillo de San Felipe, en Puerto Cabello; en junio es enviado al Castillo del Morro, en Puerto Rico y en diciembre a la cárcel de La Carraca, en Cádiz; allí estará desde 1814 hasta que fallece el 14 de julio a la 1 y 5 minutos de la madrugada de 1816. Sumaba 66 años.
En estos cuatro años no deja de defender sus posiciones por escrito. Desde las bóvedas del Castillo de Puerto Cabello envía un Memorial a la Audiencia de Caracas el 8 de marzo de 1812. Allí señala que el espíritu de la Capitulación ha sido violado por España, que se buscaba una reconciliación que la propia España violenta con su sola prisión. El 21 de mayo de 1814 le escribe a Nicolás Vansittart desde La Carraca. Solicitándole que reclame por él ante España el cumplimiento de la Capitulación y abogue por su salida de la cárcel. El 30 de junio de este año le escribe directamente a Fernando VII, quien este año ha puesto la corona de España en su cabeza de nuevo, después de seis años sin tenerla. A Miranda, probablemente, le entusiasma la idea de que el monarca acepte la Constitución liberal de Cádiz (aprobada el 19 de marzo de 1812); hecho que no ocurre de inmediato sino en 1820, forzado el rey por la rebelión de Rafael de Riego. Fernando VII regresó por sus fueros absolutistas en 1814, de haberlo hecho dentro de la Constitución de Cádiz de 1812, a Miranda se le habría abierto una oportunidad, pero no ocurrió.


Y la muerte llega donde todo comenzó 45 años antes: Cádiz

A este puerto llegó en 1771 proveniente de La Guaira, y allí moriría 45 años después, derrotado, después de tantas victorias, salones, amores, palacios, viajes, batallas. Una vida que se narra con el aliento del vértigo contenido y que, sin duda, merecía otro final.
Calcemos unas líneas para terminar. Es de advertir que Miranda era masón, que formar parte de esa cofradía era integrar una red de ayuda mundial. De hecho, John Turnbull, su gran protector y amigo, lo era. Los vínculos entre la masonería y los proyectos libertarios eran evidentes, así fuese por las afinidades liberales de los integrantes de esta red clandestina. Esto es importante en su biografía, pero tampoco es el hecho determinante, como algunos señalan. En todo caso, nos revela que Miranda se situaba al margen de la ortodoxia católica. Basta con examinar la lista de libros que compra en Madrid en 1780 para advertir el peso del pensamiento liberal. Dos libros de John Locke están allí.

Pero tampoco puede decirse que Miranda era un pensador liberal, porque no lo era. Sí fue el liberalismo el cuerpo de ideas que articuló junto con el republicanismo el proyecto de los Estados modernos, tanto en los Estados Unidos como en Francia y en la América española. Miranda fue, y en grado sumo, un militar formado y exitoso. Basta su participación en la Revolución Francesa para demostrarlo, y la inmortalización de su apellido en el Arco de Triunfo de París. También fue un político de su tiempo. Un hombre de diálogos, alianzas, negociaciones y conspiraciones en busca del poder. También fue un gentilhombre, un caballero europeo, con sus viajes, su galantería natural, sus amores variadísimos. Fue valiente hasta el delirio. Padeció cárceles en muchas oportunidades. Fue perseguido por la policía política española durante décadas. Su periplo vital es excepcional: ningún otro latinoamericano de su tiempo acumuló las peripecias variadas y complejas que Miranda capitalizó en su existencia.

Tuvo muchas alegrías y éxitos, acompañados de estruendosos fracasos, pero nadie puede afirmar que no lo intentó. Su tenacidad era de acero pulido, como una espada afilada. Fue el primer hispanoamericano en trabajar arduamente a favor de la creación de un nuevo Estado de magnitud continental: Colombia. Ha debido sentir una alegría indescriptible el 5 de julio de 1811 en Caracas, cuando el Congreso que integraba decide formar una República en los límites de la Capitanía General de Venezuela. Lo había soñado desde 1781, cuando peleó en la batalla de Pensacola, en los Estados Unidos.

Los últimos 4 años de su vida han debido ser un suplicio infernal para Miranda. Era un león hambriento enjaulado. Todo estaba por hacerse y él estaba confinado en mazmorras españolas, escribiendo cartas subrepticiamente, buscando la libertad. Toda su vida estuvo enfocada en este valor primigenio, y murió entre paredes habiéndola perdido. Único, tenaz, luminoso y trágico, así fue nuestro héroe.

RCL.







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