Simón Alberto Consalvi
Eduardo Arcila Farías sostenía que la historia de Venezuela podía escribirse con solo tres palabras; palabras que aluden, en efecto, a las tres etapas fundamentales en que se divide nuestra historia, y corresponden a grandes rasgos a los siglos XVIII, el cacao, el XIX, el café y el XX, el petróleo. El período que precedió a los movimientos revolucionarios en 1810, e incluso los que tuvieron lugar a partir de entonces, fueron influidos por los “grandes cacaos”, la clase dominante que poseía la tierra y que particularmente se fue desvinculando de la metrópoli española hasta convertirse en el factor determinante de la revolución independentista.
El siglo XIX, o siglo del café, fue dominado por los generales y los caudillos tras la creación de la República en 1830, y el siglo XX, o siglo del petróleo, trascurrió bajo los signos predominantes del capital extranjero, particularmente del norteamericano. Las relaciones económicas entre Venezuela y Estados Unidos se iniciaron, no obstante, en el siglo XIX. Algunos episodios resaltantes de ese período fueron analizados por los historiadores John A. S. Grenville y George Berkeley Young en Politics, Strategy and American Diplomacy.
En el ensayo sobre William Lindsey Scruggs, el controversial e inteligente ministro de Estados Unidos en Caracas en los años de Joaquín Crespo, los autores se refieren al comercio del café entre ambos países, según los récords norteamericanos, de esta manera: “Estados Unidos era el mejor cliente del café, el producto venezolano de exportación más importante. En efecto, durante el año 1888-1889, el valor de las exportaciones de Venezuela hacia los Estados Unidos fue más alto que el enviado al resto del mundo”.
La balanza comercial era tan favorable a Venezuela que el Secretario de Estado, James Gillespie Blaine, ejerció reiteradas presiones para que Venezuela redujera sus tarifas aduanales para los productos norteamericanos y suscribiera un Tratado de Comercio, tratando de vincular esas insinuaciones, como quid pro quo, con la posición que Estados Unidos podría adoptar sobre nuestra disputa con la Gran Bretaña por la región del Esequibo.
Las relaciones económicas iniciadas bajo el signo del café se profundizarían hasta convertirse en un proceso de dependencia en el siglo XX, bajo el signo del petróleo, y sus protagonistas dominantes serán la Gran Bretaña y los Estados Unidos. La hegemonía fue cambiando de nombre pero no de idioma y sin rupturas dramáticas.
Así comienza esta historia.
1900 despuntó en Venezuela bajo las incógnitas de otra revolución. Un tiempo turbulento que no se distanciaba de las épocas precedentes. En 1899, un general de los Andes conquistó el poder, luego de cruzar el país desde la frontera de Colombia hasta el centro de Venezuela en una forma tan relampagueante que más que a sus habilidades guerreras el éxito de la campaña podría más bien asignarse a la fatiga de un país que había malgastado todo el siglo en aventuras de generales y caudillos que no encontraban otra alternativa que las disputas del poder, su control y su disfrute. Eran los herederos de los libertadores que consideraron a Venezuela como un legado personal, o simplemente un botín.
Entre tanto, Estados Unidos miraba hacia la América del Sur y calculaba las posibilidades de comercio. En 1884 envió a estos países la Misión Curtis con el fin de explorar posibilidades de negocios o recursos naturales en cuya explotación los capitales norteamericanos suplantaran a los europeos. En 1889, bajo la presidencia de Benjamín Harrison, Washington convocó la primera conferencia de países americanos. El secretario de Estado James Blaine consideró este evento de enorme importancia para el futuro del hemisferio, pero sobre todo decisivo para la influencia de Estados Unidos en la región. Pensaba que el hecho de haber reunido a los países del norte y del sur para debatir en conjunto sus problemas y dialogar abiertamente sería un precedente decisivo. No estaba equivocado.
En 1893 se registró en Estados Unidos una crisis tan severa como la de los años 30 del siglo XX. Un período de depresión que llenó de zozobra a los manufactureros. Suponían que el mercado doméstico había llegado a la saturación, y era necesario por consiguiente buscar otros espacios. El pánico y la necesidad explican los movimientos de entonces hacia América Latina. Esta época es estudiada de manera cabal por Charles Edward Carreras en The United States Economic Penetration of Venezuela and its effects on Diplomacy, 1895-1906.
En enero de 1895 (el año del mensaje del presidente Grover Cleveland a la reina Victoria por el Esequibo y su alineación con Venezuela), 360 industriales se reunieron en Cincinnatti, crearon la Asociación Nacional de Manufactureros, y, entre sus objetivos se trazaron el de “organizar exposiciones de productos norteamericanos en las capitales de América del Sur”. La ANM y el Museo Comercial de Filadelfia (que organizaba exposiciones de productos extranjeros en esa ciudad) enviaron a Caracas a William Harper, mientras otros comisionados viajaban a Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro.
Harper vino a Caracas en ese mismo año 95 con el doble propósito de explorar el mercado y de encontrar posibles productos venezolanos para exhibir en Filadelfia. En Caracas se enteró de que se trabajaba en la creación también de un centro para productos europeos. La rivalidad y la competencia estaban ya planteadas y sobre este aspecto resulta altamente ilustrativo el análisis de Carreras. En 1896, abril 17, Harper obtiene la licencia para establecer el centro de la ANM en Caracas y solicita, además, permisos adicionales para Maracaibo, Valencia y Ciudad Bolívar.
Rudolf Dolge, quien sustituyó a Harper, persistió en la idea contra dudas e incertidumbres. Dolge sostenía que Caracas había sido seleccionada para abrir el primer centro de la ANM porque “de todos los países de la América del Sur, Venezuela es el más avanzado. El nivel de vida es más alto y ese país ha sido siempre un excelente mercado para los productos enviados desde los Estados Unidos”.
De acuerdo con Carreras, el exagerado optimismo de Dolge probablemente se basaba en la confianza que despertaba el general Joaquín Crespo desde 1895, quien mantuvo la paz hasta entregarle el poder a Ignacio Andrade en 1898. “Tales períodos de paz eran raros en un país sacudido por repetidas guerras civiles, desde 1830”. Como entonces se produjo la drástica y prolongada baja en los precios del café que perturbó la economía venezolana, el secretario de la misión de Estados Unidos en Caracas, William Russell, advirtió a los industriales norteamericanos que las condiciones económicas de Venezuela no eran las más propicias para comprometerse en tales proyectos.
No obstante, contra viento y marea, bajo el patrocinio del Presidente Ignacio Andrade y del ministro norteamericano Francis Loomis, su amigo personal, el primer centro de la ANM fue abierto en Caracas el 29 de marzo de 1898, con bombos y platillos, con discursos de Andrade y de Loomis. El sol del café iniciaba su viaje al ocaso. Más que la propia economía, los avatares de la política y de la inestabilidad del país señalarían contrarios desarrollos. Otra guerra civil había estallado en el Occidente, entonces lejano y ajeno. En 1899, el general Cipriano Castro derrocó al presidente Andrade, se desplomó la influencia del ministro Loomis y la ANM no escapó a los avatares de los cambios políticos.
El general Castro era un hombre pequeño de estatura, aindiado, intrépido y nervioso, cuya oratoria retenía la retórica del siglo XIX; el tiempo en que le tocó ejercer el poder le fue propicio para la gimnasia de esas dotes. Era el tiempo de la “Gunboat diplomacy” en que las grandes potencias, el Reino Unido de Gran Bretaña, Francia y Alemania, se retaban a duelo para ver quién le pondría su trade mark al siglo XX, mientras enviaban sus barcos de guerra a naciones remotas y pequeñas con excusas peregrinas, cobros impulsivos de viejas deudas dudosas, por ejemplo, o reclamaciones sin fundamento. La historiadora Miriam Hood, en Gunboat diplomacy, 1895-1905 / Great power presure on Venezuela, percibió los cambios de esta manera: “No puede haber duda, los sucesos internacionales que han tenido lugar al final del siglo XIX y en los comienzos del XX, colocaron a la Gran Bretaña frente a la alternativa de transferir su hegemonía en el Caribe a los Estados Unidos de América”.