Mástil Firme en la Tormenta
Identidad 26/04/2020 07:00 am         


Los venezolanos, en especial caraqueños, se aferran a esta milagrosa advocación de Cristo ante una probable arremetida del coronavirus



Desde tiempos coloniales, el Cristo de la Salud es una devoción de caraqueños y gente del litoral central, donde es venerado en la Catedral de San Pedro Apóstol de La Guaira. Esta devoción se origina, según la tradición local, en el año de 1600, cuando la imagen que debía viajar a Maracaibo decidió quedarse en el puerto de La Guaira para acompañar y proteger a los guaireños. “Se trata de un Cristo crucificado, representado con gruesos clavos en las manos y los pies, pero presto a ascender glorioso a los Cielos”, dice Horacio Biord Castillo, historiador y presidente de la Academia de la Lengua en Venezuela. Es una talla que recuerda al famoso Santo Cristo de La Grita, en los Andes venezolanos, conocido como el Cristo negro. Ambos presentan un diseño barroco y áspero.

Cuando el Cristo de La Salud sale en procesión, casi ningún guaireño se queda en casa. Durante la epidemia de dengue que hace unos años azotó la región y que llevó a los hospitales a seis párrocos y un sinnúmero de vecinos, el obispo Raúl Biord Castillo lo invocó con fuerza para que protegiera al pueblo y lo cubriera con su manto de salud. Esta aspiración, cobra mayor sentido y fervor en tiempos de coronavirus. El Cristo de la Salud constituye la cuarta manifestación de la cristiandad en Venezuela. La primera es la Virgen del Valle, la segunda el Cristo del Tocuyo y la tercera la Cruz de San Clemente. Después vendrían la Virgen de Coromoto, la Chiquinquirá, la Divina Pastora y Nuestra Señora de la Consolación en Táriba.

Al Cristo de la Salud no solo se le atribuyen los milagros de sanación desde su llegada al país el 17 de marzo de 1600, sino también de haber salvado a cientos de guaireños en 1742 de morir en el ataque de unos corsarios ingleses que pretendían invadir las costas litoralenses para hacerse de las siempre apetecibles riquezas del país. Laura De Stefano, en reportaje para un diario local, trae a colación al cronista Oscar Martínez, quien detalla esas riquezas las que, en la Venezuela de la época, “eran el cuero, el tabaco y el cacao, este último apreciado por la alta sociedad francesa y holandesa. Estos corsarios venían con el afán de saquearnos y en 1742 llegaron a La Guaira con 19 buques. El capitán de la plaza, Mateo Gual, padre del proindependentista Manuel Gual, se enfrentó a los piratas”.

Igualmente, el presidente de la Sociedad Bolivariana, Rubén Contreras –quizá uno de los guaireños que mejor domina la historia de la región-, relató que entre el 2 y 3 de marzo de ese año La Guaira fue bloqueada por una flota comandada por el comodoro naval Charles Nowe porque los ingleses acechaban los gaviones españoles cargados con oro de México, plata de Bolivia y esmeraldas de Colombia para España.Contreras refiere que detrás de la imagen hubo una confusión. Según las crónicas, el pueblo guaireño estaba pasando una fuerte sequía en Cuaresma y la gente, desesperada, invocaba por lluvia. Un sacerdote de la época había planteado la necesidad de traer una imagen y se mandó a hacer una talla en España. En la Semana Santa de 1600 un barco con un Cristo encalló en Los Roques. Después de sacarlo a flote, logran atracarlo en La Guaira con el Cristo pero, al bajarlo, se percatan que la caja tenía como destino la ciudad de Maracaibo. La feligresía, impaciente por tener una imagen para rendirle devoción y culto no permitió que se lo llevaran. Este tipo de “confusiones” está detrás de varias de las más veneradas imágenes a lo largo del territorio venezolano. Ellas no venían dirigidas al punto donde llegaron pero se quedaron. El apelativo de la Salud viene de las sanaciones que comenzaron a darse producto de las epidemias. La última, la peste negra que se dio en la primera y segunda década del Siglo XX conocida como el vómito negro. “Una cosa importante de tener al Cristo fue que la feligresía, después de 58 años de su llegada, decide constituir una cofradía convirtiéndose en la primera del país. Eso nos da cierta primacía tanto en hecho eclesiástico como en libertad porque implicaba que la gente se reunía para rezar por el Señor, también para pedir por mejoras y satisfacciones en la vida diaria”.

De Caracas baja mucha gente a la costa para seguir las oraciones y los pasos de un Cristo que, desde las épocas coloniales, cuenta con la veneración más extendida: no sólo convoca al pueblo llano, sino que la tradición incluyó, desde siempre, a las familias más destacadas entre el mantuanaje criollo colonial. Todos han acudido sin falta a la cita cada mes de marzo. Sus descendientes hacen lo mismo y mantienen la costumbre de hacerse presentes a los pies del Cristo de La Salud. El escritor y poeta Biord Castillo -hermano mayor del obispo- describe la ruta de la procesión, luego de la misa solemne:

“Calles y callejuelas del antiguo centro histórico de La Guaira, pasajes y laberintos de escaleras y casas que miran el mar y la montaña, a la sombra de los viejos castillos españoles, un potente sistema de defensa construido en la época colonial. La procesión se inicia en la calle de San Juan de Dios y sigue por la calle Bolívar, sube por la de El León, pasa por Las Dos Puertas, la Cruz Verde, Caja de Agua, el puente Jesús y llega a El Polvorín; luego sigue por una empinada subida hacia Pueblo Nuevo y Ballajá para detenerse, después de El Guamacho, en la plazoleta del mismo nombre, y de allí, por Palma Sola, de nuevo hasta la catedral”. Un recorrido al que acompañan miles de personas enfervorizadas por su Cristo que protege y cuida la salud de los lugareños.

El espectáculo es hermoso. Al paso de la imagen, a hombros del pueblo, se van abriendo puertas y ventanas para recibir simbólicamente al Cristo de la Salud. Sigue la narración: “Refulgen imágenes del Nazareno, el Cristo o el Santo Sepulcro, de la Virgen y otros santos, de san Juan y san Pedro, patronos de los negros que enriquecen la venezolanidad con su cultura, su trabajo y su amable y hermosa presencia que alegra el sol marinero. Ramos de flores, oraciones, carteles y banderines blancos y amarillos, como la bandera de la Santa Sede, saludan el paso del Señor de La Guaira y el mundo”.

En la plazoleta de El Guamacho varios músicos ofrecen una serenata al “Creador y Sostenedor del Universo”. Lo más conmovedor de toda la ceremonia es, sin embargo, la devoción de los participantes. Enternece la fe ciega, sencilla y confiada de quienes piden al Señor la salud del cuerpo y del alma y, al mismo tiempo, la paz necesaria para consolidarla o agradecen la intervención divina en un momento difícil y decisivo de sus vidas. Muchos testimonios acompañan el tránsito de esta advocación de Cristo sufriente a lo largo de los años. “Los cargadores –observa Biord, a medida que avanza la procesión- son hombres llenos de fe y esperanza que cargan por empinadas cuestas la imagen. Pero las mujeres reclaman su protagonismo y, desde la esquina de Palma Sola, piden llevarlo en sus hombros y, aunque más adelante reciban ayuda masculina, son ellas quienes hacen entrar la imagen a la catedral. Sus hombros muestran quizá el dominio femenino en el ámbito íntimo del hogar y entonan un canto de igualdad, un grito de justicia. Sus frentes sudadas recuerdan la universalidad de la protección divina y la corresponsabilidad de los géneros en el cuido de lo creado”. El obispo enfatiza el significado del rito, la potencia del símbolo: No somos nosotros quienes acompañamos a Dios, es Él quien nos acompaña y bendice. “Danos, Señor, salud y paz”, pedimos los penitentes.

Tomado de Aleteia







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