Telemática, lo que (No) Nos Toca
Identidad 02/06/2020 07:00 am         


Esta reconfiguración de hábitos nos aleja del contacto y nos lleva al encuentro de una nueva dimensión.



De mis recuerdos maravillosos en la UCV están las largas discusiones de todos los temas posibles en la cafetería de la Escuela de Comunicación Social, estas conversaciones siempre eran aderezadas con el café, la empanada e interrumpidas por la hora que se imponía a la entrada de la próxima clase, allí caminábamos y seguíamos conversando hasta dividirnos cada grupo a una clase diferente, unos se apostaban en los bancos de la entrada para seguir las pláticas y otros íbamos a entrar en contacto con el trabajo riguroso de la carrera, con una lectura o con una práctica de periodismo que nos ubicaba entonces en otra dimensión.

Concebir mi carrera de comunicación, léase bien, comunicación, sin ese contacto cuerpo a cuerpo, sin la sonrisa, la alegría, las frustraciones compartidas y en síntesis la felicidad que da el tener esos amigos que luego son para toda la vida, sería imposible pensar o recordar con tanto amor esa experiencia.
Todo este recuerdo viene a mi mente, a propósito de la reconfiguración que vivimos, especialmente con la enseñanza telemática a la que nos ha sometido el corona virus y a las ofertas engañosas de un gobierno incapaz de garantizar la educación en ninguna de sus formas, y menos aún desde la tecnología, donde la carencia de equipos, ausencia de contenidos de calidad y las deficiencias en el servicio, me obligan a reflexionar en torno a este tema.
En lo específicamente local, no es más que un gesto de cinismo el pretender que una población mayoritaria de niños venezolanos que no tiene ni siquiera agua para lavarse las manos y cumplir con las normas elementales de la OMS ante la pandemia, pueda acceder a equipos tecnológicos para recibir clases de maestros que tampoco cuentan con equipo alguno, y que están más en la resolución de problemas básicos, como puede ser la búsqueda de alimentos, entre otros, que capacitados con las diversas herramientas para hacer clases online.
En el espectro más amplio, se imponen los webinar, cursos, conferencias y talleres por las diversas plataformas que han servido de cómplices para juntarnos y desafiar cualquier contagio. He sido partícipe de muchos de estos eventos, casi todos de calidad con expositores experimentados, de diferentes países y disciplinas que han transferido conocimientos gratuitamente, como un aporte —importante por demás— a este mundo sin certezas, envuelto en semejante pandemia como la que estamos viviendo.

Finalizamos los encuentros, sabemos un poco más de alguna cosa, podríamos hasta construir individualmente, nuevos espacios emocionales, pero salimos sin la experiencia humana vivida, sin el café de por medio o la invitación al teatro este fin de semana, sin la fiesta de fin de curso o la celebración por la celebración misma de la vida; sin la mirada cómplice, sin haber tenido el encuentro en mi casa o en la tuya para entender esta o aquella teoría, es decir, sin la emoción del encuentro.

Es esta tendencia de educación telemática la que me ha llevado a reflexionar. Por un lado, y hablando específicamente de Venezuela, las claras deficiencias técnicas y de acceso a la mayoría; por el otro y a pesar de contenidos de calidad y cursos que sin duda pueden ayudarnos a entender al mundo de otra manera, la falta de roce, el contacto, el abrazo, la emoción, lo relacional como la verdadera intención. Me pregunto entonces ¿Puede esta tendencia telemática acabar con la educación tradicional? ¿Nos cambió la vida? ¿Ya no habrá un espacio para el abrazo de la llegada a clase? ¿Qué pasa con la emoción de encontrarme con mis viejos amigos?
No tengo ni solución, ni respuesta, tengo solo el deseo, quién sabe si inducido por la nostalgia, de volver a los cafetines, a las charlas personales donde nos miramos a los ojos, nos tocamos y ejercemos lo que hasta hace unas pocas semanas era lo normal y hoy es lo prohibido, hoy lo más cercano tiene la sombra de una mascarilla impuesta por un virus.

Paulo Freire, brasilero y uno de los educadores más reconocidos en Latinoamérica, tiene un hermoso concepto de la escuela y desde este confinamiento y descubriendo este mundo distinto, sin certezas y en caos, me encuentro con esto: «La escuela es un lugar donde se hacen amigos. Escuela es, sobre todo, gente. Gente que trabaja, que estudia, que se alegra, se conoce y se estima…Importante en la escuela no es solo estudiar, no es solo trabajar, es también crear lazos de amistad…En una escuela así va a ser fácil estudiar, trabajar, crecer, hacer amigos, educarse y ser feliz. Es así como podemos comenzar a construir un mundo mejor»
Y esta definición es suficiente para inspirarme a pensar en ese mundo mejor.
La telemática puede ser un complemento, es una nueva práctica ajustada a esta nueva forma de vida, a la creación de estos nuevos hábitos que nos obliga, no solo el virus que empaña el universo, sino ese desafío de la conexión remota, de la reconfiguración de todo el entorno; pero olvidar o sustituir la discusión y el diálogo en el aula, no es lo deseado. Lo relacional, la empatía, el abrazo y el encuentro es ese privilegio al que no renunciaré.







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