Un sitio en el alma
Identidad 26/07/2020 08:00 am         


El periodista y escritor radicado en Màlaga, reivindica su segunda nacionalidad como caraqueño en la que define como la “capital del mestizaje para cuerpos de cuatro estaciones”.



Por Carlos Pérez Ariza


En ese espacio indeleble que llamamos alma se depositan las cosas indispensables, algunas personas, recuerdos; por si la memoria distraída tuviera necesidad de echarle mano en algún momento de la vida. Es una caja de resonancia que late, cuando un suceso del presente la despierta de su vigilia, se despereza y nos conecta. Parece un centinela alerta que da la voz de alarma cada vez que algún hecho relacionado con nuestros tesoros allí guardados suben a la superficie por algún acontecer. 

Uno de esas remembranzas, firmes y sólidas como una roca eterna, es lo que representa para mí la ciudad de Caracas. Suelen preguntarme, desde 1991 a la fecha, de dónde soy, al escuchar mi acento caraqueño; les respondo que español de Málaga, porque allí nací, y que mi acento es el de Caracas, donde renací. Creen más, que uno es del sitio de donde habla. Yo también lo creo. Si uno habla como caraqueño es porque lo es. Muchos, no saben aún que el idioma español nos une más de lo que parece. Su riqueza es, precisamente, la diversidad de acentos cuyas palabras se entienden desde Alaska a Chile, sin olvidar que en esta España, desde donde escribo, hay múltiples acentos del habla y que algunas regiones –ya saben ustedes cuáles– les molesta comunicarse en español, prefieren sus idiomas locales…ellos sabrán.

Al escribir desde la distancia física intento no caer en la nostalgia ilusoria de una ensoñación dentro de un cándido sueño. La ciudad en la que yo hice el bachillerato y la Universidad, donde trabajé largos años en los diversos oficios de la Comunicación ya no es la misma. Habrá que reconstruirla, pero ya no será aquella plácida plaza de los sesentas, setentas, ochentas y mediados de los noventa. Eso estuvo bien y atrás quedó. Se vivió en un trópico utópico, donde la democracia no supo ni pudo estar a la altura. Lástima. Se perdió el Paraíso, aunque no olvido que tal Edén sigue allí a los pies de esa montaña mágica, que jamás conoció, el alemán Thomas Mann. Su inmensa mole parece plantada allí para proteger a una ciudad que de Sucursal del Cielo, fue convertida en Antesala del mismo Infierno.

Al llegar a Caracas (finales 1959), empezaba la democracia. Para mí, un concepto abstracto que confronté al votar por primera vez, cuando en España ese acto era sólo un sueño. Allí, descubrí la televisión, un señor Víctor Saume al mediodía; paseé por autopistas dentro de la ciudad. Empecé a intuir que aquella ciudad era un imán porque se podía respirar una libertad que hasta aquellos días había sido una entelequia. Aprendí, que estar en una eterna primavera es un privilegio para cuerpos de cuatro estaciones. Que los que instalaron allí esa ciudad, fueron españoles con alto sentido del entorno físico. Antes que ellos ya lo sabían los caracas. Un valle alentado por vientos que entran por el este y sosiegan el atardecer con el perfume de la dama de noche. Una ciudad que se adelantaba al tiempo de las capitales de Hispanoamérica. 

Caracas es para mí una presencia diaria. Tener tres hijos nacidos y criados allí no es para menos. El tejido familiar, las amistades comprobadas y aún las peligrosas son una tela tupida y tejida con el cariño mutuo. Allí se quedaron mirando a El Ávila; algunas les llegó la hora de partir; otras siguen atentas por las RRSS dispersas por el ciberespacio en que ahora se ha convertido el mundo. Al menos nos miramos en imágenes y textos, donde nos recordamos. Uno, que es un ciudadano caraqueño de adopción, tiene esa querencia doble de allá y de aquí, que no todo el mundo disfruta. Un lujo de vida, la que pasó, la que vivimos hoy y la que podemos recordar. 

No se puede vivir solo de los recuerdos, por más gratos que sean. Ahora que el presente se ha detenido, no sabemos con precisión cómo será el futuro. Siempre nos apoyamos en la esperanza y la fe, que nos ha traído hasta aquí. Pero en estos tiempos de incertidumbre, de manos negras que mueven los hilos del destino, Caracas sigue ahí. Su montaña encantada sigue protegiendo a sus habitantes. Yo la he contemplado desde más de 2.000 metros de altitud, desde uno de sus picos, la ‘Silla de Caracas’, desde donde tocar el cielo, metiendo las manos entre las nubes no sólo es posible, sino cierto.
En Caracas aún conviven los pulsos de los nativos primigenios de ese valle con los de la Colonia. Se han ido mezclando los olores, sabores y lenguas de tantos rincones del mundo, que podríamos proclamarla, ahora que cumple 453 años en pie, como la capital del mestizaje. Ni los terremotos, ya históricos, la han derribado… ¿podría desaparecer ahora por la infamia que la gobierna? Nunca. Caracas ha visto el progreso que le dio el petróleo y un Estado que creía en los postulados de la vieja revolución francesa. Cuando su montaña deja ver el esplendor del cielo azul nítido, Caracas sabe que detrás espera el Caribe. Un mar cálido, siempre tan cerca y tan lejos. Por eso y más, Caracas es un espacio en el alma, intemporal, permanente, perecedero. 


Crédito Fotos: 
Oswer Díaz








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