La colonia tovar: un pedazo de la selva negra
Identidad 17/03/2019 05:00 am         


Los Alemanes se instalaron en Venezuela en el siglo XIX



Los alemanes se caracterizan por la persistencia a la hora de perseguir un objetivo. Después de intentarlo en el siglo XVI, por fin logran instalarse en Venezuela en el siglo XIX. Buscaban establecer una colonia desde el momento en que se maravillaron con la obra del célebre militar y geógrafo italiano Agustín Codazzi, expuesta en París en 1840, donde presentaba el Atlas físico y geográfico de Venezuela. Dicho sea de paso, el trabajo de Codazzi fue la primera obra geográfica y cartográfica de una nación americana, la cual le valió, no solo el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor, sino el llegar a ser gobernador de la entonces provincia de Barinas, en el piedemonte andino del país caribeño.

Los países de la América del Sur encaraban su nueva situación: libres pero con su agricultura arruinada por la guerra. Hacían falta brazos para trabajar la tierra y Venezuela era uno de esos países. Se proyectó entonces una novedosa forma de colonización, la repoblación con voluntarios alemanes. El apoyo, del lado venezolano, lo encontraron en el Conde Don Martín de Tovar y Ponte, quien aportó dos leguas y media en la Cordillera de la Costa venezolana el Norte de La Victoria. Y fue allí donde se estableció la colonia alemana, hoy conocida como Colonia Tovar.

El grupo de alemanes embarcó en el puerto francés de Le Havre en enero de 1843 y llegaron en abril al puerto de La Guaira. Venían en el velero 145 hombres, 96 mujeres y 117 niños procedentes de la región alemana conocida como la Selva Negra. Después de una travesía, como es de suponer llena de dificultades, llegaron a su “tierra prometida” a 1.850 metros de altura.

Comenzaron con un sacerdote, un maestro, un herrero y un mecánico. Traían toda clase de semillas y la técnica para elaborar cerveza. Sus reglas de convivencia era estrictas: no se casaban con nadie fuera de la colonia por lo cual, hasta hoy, conservan el mismo fenotipo, rubio, piel muy blanca, cachetes rosados y ojos claros con que llegaron. El gobierno de Venezuela -para entonces conducido por el General José Antonio Páez- les ofreció toda clase de garantías para prosperar y diez años después recibieron los títulos de propiedad de esas tierras, convertidas en un auténtico enclave alemán a 60 kilómetros de Caracas.

Cultivaban café, hacían cerveza y producían los melocotones, fresas y duraznos más deliciosos que se puedan saborear. Introdujeron las técnicas para fabricar curiosas y vistosas velas y trabajar el barro, convirtiendo la arcilla en maravillosos jarrones, vajillas, vasos, jarras de cerveza, vasos de vino y toda clase de utensilios para el hogar. Los visitantes admiraban su arte y compran por montones. La fama de su cerámica es internacional, corroborada por los premios que le han sido otorgados en distintas partes del mundo.

En 1942 comenzaron a dar clases de español en las escuelas de la colonia y los estrictos estatutos por los que se regían desaparecieron para dar paso a la total integración, no obstante, los descendientes directos de los primeros colonos son quienes actualmente habitan el lugar. Todo ello facilitó aún más el progreso de la colonia como gran atractivo turístico. Su clima fresco (17 grados centígrados todo el año) contrasta con las muy cercanas playas tropicales.

Un interesante museo cuenta todo acerca de su historia, tradiciones, costumbres y su gente. Los hoteles, típicamente alemanes, ofrecen la comida propia de la vieja Alemania con materia prima venezolana. La encantadora Iglesia del pueblo, de culto católico dedicada a San Martín, que exhibe una indiscutible arquitectura estilo “selva negra”, hace sonar sus campanas los domingos anunciando la hora de la misa. Igualmente, se alza una capilla Evangélica.

Los visitantes disfrutan el bucólico y acogedor ambiente, caminan por sus lindas y estrechas calles, curiosean en los variados comercios; merodean por los impecables sembradíos, hacen excursiones por las frías montañas y regresan para un vino o chocolate calientes que pueden beber en cualquier refugio de madera junto a una chimenea; también adquieren los productos, frutas, mantequillas, leche, vinos, cervezas, mermeladas, galletas y dulces, siempre frescos, cultivados y preparados por los propios colonos a partir de sus técnicas ancestrales.

La neblina de la tarde ha hecho suspirar a más de una pareja de recién casados que escoge el lugar para su luna de miel. En las últimas décadas, toda clase de spas, tienditas de artesanía y posadas-restaurantes han proliferado en la colonia. El visitante nunca se siente más cerca -aún sabiendo lo lejos que está- de la Selva Negra alemana que en la pintoresca y preciosa Colonia Tovar.





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