Como Beber sin Morir en la Intentona
Identidad 23/05/2021 08:00 am         





Por Gustavo Oliveros


“-Nadie brinda hoy en día ni aún pasado de tragos
-A propósito, ¿tienes para que me cambies este billete de cien?
-Claro hermano, toma cuatro de veinte, uno de diez y uno de cinco y saliste caballo blanco hoy porque me sobra el efectivo.
-Y los otros cinco que me faltan,
-esa es la comisión pana mío porque te estoy cambiando a precio de “bolsa”, esta sube y baja, a esta hora, ya bajó.
-Nunca supe, ni me atreví a preguntarle, si la palabra bolsa la usó como generalmente se define en Venezuela a un hombre tonto o estúpido; o se refería a la Bolsa de valores”


Sergio Pérez se considera un bebedor distinguido y no un borracho anónimo. Muy conocido en toda la parroquia Candelaria desde hace más de veinte años, ha formado varias “peñas” de bebedores con quienes ha compartido visión política y desacuerdos. Sabe, por experiencia propia, que las palabras hieren, pero los golpes bajos quedan marcados para siempre. De modo que, cuando las discusiones se tornan agresivas, busca la forma de escabullirse sin dejar rastro. Paga la cuenta y desaparece por unos días.

El reencuentro suele ser una fiesta, aunque no hayan transcurrido más de dos semanas. Otra vez los mismos amigos de siempre, dispuestos a beber y a discrepar; los nuevos que van y vienen y los viejos, que, no siendo amigos de siempre, se encuentran en el mismo lugar a la misma hora; como invisibles, mientras el pasado reciente ha quedado tan lejano que hasta las mismas palabras injuriosas se las ha llevado el viento.

Invitaba sin reserva en cada tasca y en cada “peña” porque se encontraba en buena posición y su cuenta bancaria siempre estaba bien abultada. Cada quien pedía el trago de su preferencia hasta llegada la hora de partir. Me confiesa que, por suerte, su bebida favorita es la cerveza y si bien en aquellos años sus amigos tomaban whisky, y otras bebidas de alto calibre, él siempre canceló los tragos sin tomar en cuenta la diferencia entre ellas. Pérez es un trabajador informal desde que fue despedido de la Fiscalía General de la República, por el poeta Isaías Rodríguez, cuando le tocó sustituir a Javier Elechiguerra. Para no quedar en la indigencia se le ocurrió invertir sus prestaciones sociales en algún negocio que le brindara beneficios; y la primera idea que le cruzó por la mente fue la venta al mayoreo de tarjetas telefónicas. Con ellas redobló el salario que ganaba antes como empleado público. “Eso fue entre el 2000 y el 2010”, dice mientras nos invita un par de Stella Artois, unas cervezas belgas, importadas: “porque aquí en este bodegón que antes era una tasca, son más baratas que las nacionales”. El local, en vista de la pandemia, cambió su condición para evitar caer en la ruina. Pérez, si se vino abajo y no logró superar el sistema global de comunicaciones móviles, cuando el bolívar comenzó a perder su valor y las recargas comenzaron a hacerse directamente con las operadoras desde el propio teléfono celular.

–Con el arribo del 2G; el 3G y ahora el 4G”, siglas que no tienen que ver con algún organismo policial –deja en claro– se hundió hasta el vergatario (un celular popular muy publicitado por el gobierno) pues las tarjetas telefónicas como los bolívares se fueron a pique”.

Pérez es un tipo con un ingenio envidiable para las finanzas, durante la época de Cadivi (2010-2015) nos cuenta que, “raspando tarjetas, pero de crédito”, se hizo rico, “no millonario, porque después del 2015 se acabaron los dólares regalados y los bancos dejaron de otorgar tarjetas”
–Este negocio fue uno de los más productivos; te cuento que hasta invitaba a los dueños de las tabernas. Unos años más tarde, una tarjeta de crédito no valía ni el material con la que estaba hecha. De nuevo, me abrazó la ruina.

Sin trabajo y sin contactos porque ahora había otra Fiscal y la señora Ortega no le aceptó su retorno como chofer (al parecer no era nada discreto) optó por ser mototaxista de los Fiscales y de los empleados de seguridad, las secretarias, los mensajeros y hasta de los mismos choferes que en su momento lo habían denunciado como parlanchín.

–Me paraba con mi moto frente al Parque Carabobo y colocaba mi carteloncito de “mototaxista” y como ya me conocían, pues agarraban la carrera. Osea, de nuevo yo era chofer de la Fiscalía a tiempo completo, pero “Or sorcin” (quiso decir Outsourcing); ganaba más que antes y tenía un carnet de Fiscal que me consiguieron los amigos para evadir alcabalas policiales

Apenas dos años le duró este nuevo emprendimiento, y dice que los chismes iban y venían pues la cosa se fue poniendo color de hormiga en ese organismo. Uno de sus clientes le comentó que a la Fiscal se le acusaba de no haber investigado las pérdidas millonarias por el uso de dólares preferenciales de Cadivi, y él pensó que a lo mejor terminaría preso junto a todos los que tenían el negocio del raspado: “porque en este país siempre la cabuya revienta por lo más delgado”. Sin embargo, meses después los chismorreos bajaron de tono y él siguió con su clientela habitual. Todo iba a la perfección hasta un día de agosto del 2017

–Una vez monté al guarda espalda de la Fiscal, no supe porque tanto apremio, y me pidió que siguiera la otra moto de alta cilindrada en la que ella iba de parrillera. Llegamos a una urbanización del este de la cual se me hizo difícil salir. Solo me agradecieron y me dieron una buena propina, pero en bolívares. Hasta ahí llegó mi clientela y tuve que cambiar de profesión.

–Como Chofer uno se entera de todo, yo creo que Isaías, en su época, me botó por reírme a carcajadas con lo del “testigo estrella”. Los otros choferes también son muy chismosos y uno no se fía de ellos. Con la Ortega, te cuento que no tenía ni idea y pensé que se trataba de uno de esos casos especiales de la Fiscalía. Al día siguiente me enteré de su apuro.
No por estar abajo, Pérez dejó de buscar alternativas con el fin de satisfacer su dipsomanía (no sabía el significado, pero la palabra le sonaba bien), y tocando piso se decidió a ejercer el “parquinazo” que viene a ser una nueva especialidad cuya función es tomarse unas calles con unos conos anaranjados y servir como parquímetro humano, pero con la salvedad del chantaje.
–Quien desee estacionarse tiene que bajarse de la mula con un dólar – nos pregunta si tenemos automóvil– para ustedes es gratis mientras me graban el video.

El tiempo estipulado es de un máximo de 60 minutos. Todo el mundo paga con antelación y así se garantiza que al llegar a casa no le hayan robado el caucho de repuesto o le hayan causado algún daño oculto al vehículo que no se nota sino al tiempo. Para esa actividad cuenta con varios empleados: “Ahora soy un resentido social con instintos de superación” –confiesa Pérez– “Me vine al este porque del centro para allá todas las calles tienen dueño. Por aquí soy el rey y la gente tiene dólares. Igual se acepa un kilo de Harina Pan, una lata de atún, una cerveza pequeña, etc, todo lo que valga un dólar cuando yo no tenga cambio”.
Con todos esos obstáculos en sus emprendimientos, Pérez no deja de pasearse por sus tascas preferidas, en cada una de ellas el precio cambia y él se pregunta por qué, si siendo el mismo envase, siendo la misma hora, y siendo cada una de estas tascas tan miserables como las anteriores, por qué los precios varían de un lugar a otro. Como un Indiana John criollo, Pérez vive a diario explorando y descubriendo “templos” donde se pueda beber sin que tenga que dejar un ojo de la cara como garantía.
–En el este se bebe mejor y más barato que en Catia –asegura con conocimiento de causa– en Catia te asaltan después de las tres de la tarde. En cambio, en Chacao uno se siente más seguro, y si de beber se trata, nada mejor que unos chinos que se encuentran en un pequeño centro comercial cercano a la avenida Francisco de Miranda; así como el “sardinazo”, a unas tres cuadras de allí, en donde por cada cerveza que te bebes, te ponen par de sardinas fritas.

Pérez, al hablar sobre los precios, detalla que no es un problema del dólar el elevado costo de ellas sino un capricho de los propietarios, porque cada quien hace lo que le da la gana “y uno tiene que andar santibanqueando, de un local a otro, para poder tomarse unas birras con seguridad”.
–Recientemente –nos revela–tuve un chasco en Friday por bolsa; no pregunté antes por el precio, y me tomé dos cervezas nacionales. Al pedir la cuenta, cada cerveza costó 5$. Imagínate tú. Se me fue la ganancia de la mañana en un soplo. Ya en la tarde recuperé alguito, porque yo hago mis transacciones bursátiles en la mañana guiándome por Dólar Today. En las tardes la comisión no vale la pena.
–Osea que tu otro negocio aparte de los conos anaranjados es el cambio de divisas.
–Yo cambio de todo: euros, dólares, pesos cuando alguien necesita bolívares con pago móvil, o dólares en billetes pequeños. Este es tremendo negocio.

Sergio Pérez ahora no brinda a los amigos como antes, se reúne con ellos semanalmente, esos que sobreviven a la pandemia y otros que ha encontrado en el camino. Hacer amigos para sus “peñas” no ha sido ninguna odisea fantástica, porque (como hablador en barras insólitas, que descubre en su exploración al estilo Indiana John), los hipnotiza, como a nosotros y una vez que caemos en su areola mágica, cualquier cuento es creíble. Bajo ese encantamiento quisimos invitarle una ronda, pero nos respondió con una frase que nos liberó del encantamiento: “Todo niño paga su cuenta.”

Y agrego¨:
–Nadie brinda hoy en día ni aún pasado de tragos.
–A propósito, ¿tienes para que me cambies este billete de cien?–le pregunté.
–Claro hermano, toma cuatro de veinte, uno de diez yuno de cinco y saliste caballo blanco hoy porque me sobra el efectivo.
–Y los otros cinco que me faltan
–Esa es la comisión pana mío porque te estoy cambiando a precio de “bolsa”, esta sube y baja, a esta hora, ya bajó.
Nunca supe, ni me atreví a preguntarle, si la palabra bolsa la usó como generalmente se define en Venezuela a un hombre tonto o estúpido; o se refería a la Bolsa de Valores.







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