Ludovico Silva y los “Nuevos Filosofos”
Identidad 21/11/2021 08:00 am         


Marcuse reconocía el carácter totalitario del sistema capitalista como también del soviético. Silva defendió al marxismo frente a la “nueva impostura” intelectual de la época.



Por Luis Fidhel


Herbert Marcuse (1898- 1979) fue un filósofo neo-marxista pues se le consideraba haber aportado nuevas categorías para la consecución del socialismo como alternativa a través de la “teoría social critica”. El filósofo venezolano Ludovico Silva Michelena (1937-1988) en su texto Marcuse y la Liberación, realizó un esbozo sobre las ideas centrales de “liberación” o posibilidades de liberación del hombre en una sociedad dotada de mecanismos represivos altamente sutiles y peligrosos. Advertía que entender a Marx de un modo dialectico o marxista habría convenir y comprender que la concepción sobre la lucha de clases para ser válida debía necesitar profundamente ser revisada y puesta al día; no solo podría ser política sino también de la “sensibilidad” como insistió Marcuse; puesto que la ideología capitalista se adueñaba de la conciencia y de la preconciencia generando sumisión donde se forma la cualidad estética o sensible del hombre.

La Razón considerada por Marcuse, como la totalidad de conceptos y principios que denotaban la existencia de ciertas condiciones universales presuponiendo que la “libertad” como poder de actuar de acuerdo con el conocimiento de la verdad y modelar la realidad de acuerdo con las potencialidades de la misma (Razón y Revolución). Se podría deducir “sin razón autónoma” no habría “libertad” porque ésta consistía en el poder de enfrentarse con la realidad y de transformarla y no podría lograrse si el aporte de conocimientos validos que iluminen “el sendero del logro de la libertad”, no era otra cosa que el producto del proceso de su realización, pues la “libertad” no es un estado, sino el proceso mismo de su alcance en el cual se va realizando. Libertad y Razón son dos aspectos del mismo proceso.

El “sujeto libre” surgiría solamente cuando el individuo ya no acepta el estado de cosas existentes, sino se enfrentaba a él y lo sobrepasa porque se había dado cuenta que la noción de las cosas y había aprendido que la verdad no radica en las normas y opiniones corrientes. Marcuse no hizo abandono ni por un momento del afán libertario, porque de la teoría misma dependía de la “libertad” para subsistir y desarrollarse, y porque el objeto mismo de su interés y preocupación, el hombre, no puede contemplarse y transformarse más que teniendo a la “libertad” como posibilidad y como meta de su desarrollo.

Siendo conveniente destacar que hubo también razones históricas que movía a Marcuse a mantener en alto el ideal de la “libertad” y de la “racionalidad”: el desarrollo tecnológico de las sociedades industriales dirigidas por grupos que poco podían ya disimular sus orientaciones totalitarias poniendo serios obstáculos a la liberación de la humanidad. Los individuos tenían allí cada vez menos oportunidad de gobernar el desarrollo y la satisfacción de sus necesidades, siendo nada más que piezas dentro de un monstruoso engranaje de controles técnico-administrativos que tenían prioridad los cálculos conservadores del sistema por encima de las tareas de la liberación.

La domesticación de las masas realizada por “sus amos” las lleva a pedir y a consolarse sólo con lo que tienen a bien darles sin importar los medios ni los fines. Se consolido tanto en las sociedades occidentales avanzadas como en el bloque soviético las tendencias totalitarias, que habían anulado y absorbido los universos críticos de designio y acción y tejido un panorama pesimista en relación al futuro de la teoría crítica como medio de liberación. Sin embargo, la misma teoría tiene sus antídotos contra eso en su propia estructura. La teoría social crítica aplicada por Marcuse al estudio del totalitarismo occidental y soviético, considera que el actual estado de cosas imperante en las sociedades industriales no refleja necesariamente el término de la evolución, aunque sí puede señalar el comienzo de la liberación o de la catástrofe.

Silva manifestaba que un grupo de “nuevos filósofos” para la época, destacando André Glucksmann (1937-2015), Bernard Henri-Levi (1948) y Françoise Levy quienes se encontraban en la treintena de años y cuya procedencia “más directa” era el movimiento del Mayo de 1968, “colosal reunión subversiva” de obreros y estudiantes que prácticamente quebranto la sociedad francesa, inspirados por Marx y por el marxismo de la Escuela de Frankfurt, en especial de Marcuse, quien hubo proclamado una nueva sensibilidad, un nuevo impulso vital marxista capaz de sublevar a las juventudes del mundo occidental. Ese movimiento fracaso, dejando como secuela muchos resentidos, muchos fracasados, mucha gente sin nada en que creer.Ese mismo año ocurría la Primavera de Praga en que los ejércitos del Pacto de Varsovia invadían Checoslovaquia implantando donde hubo un “comunismo libertario” una especie de nuevo stalinismo, caracterizado por la más feroz represión y censura. La dictadura implantada no tenía nada de proletaria, siendo fiel reflejo de la burocracia soviética.

Los “nuevos filósofos” afectados por estos hechos e influenciados por algunos libros como, Marx ha muerto, de Jean Marie Benoist (1942- 1990), comenzaron a desconfiar en Marx como Marcuse, convirtiéndose para ellos, en el gran engañador, el hombre bajo cuya inspiración se cometían atrocidades como las invasiones a Hungría y Checoslovaquia o el stalinismo en Rusia. Se les revelo lo que llamaban la verdad: las denuncias de Solzhenitsyn, disidente soviético, sobre las atrocidades cometidas hacia largos años en los campos de concentración soviéticos contenidos en el libro Archipiélago Gulag.

Según Silva, habían confundido, históricamente, “la gimnasia con la magnesia”. Su decepción de 1968, los llevo a condenar a Marx, en lugar de condenar al Partido Comunista en aquellos tiempos era stalinista y apéndice soviético, equivocándose en su diagnóstico. En lugar de releer a Marx y estudiarlo seriamente se dedicaron irresponsablemente a denostarlo, a convertirlo en responsable universal de todo lo que ocurría en los países que se decían socialistas. En vez de críticos del falso socialismo, se convirtieron en “los leales servidores” del capitalismo; resultando ser objetivamente estos “nuevos filósofos” con Solzhenitsyn la “última moda” de la ideología capitalista. Los textos evidenciaban un pobrísimo conocimiento de Marx.

Este vuelco teórico de los “nuevos filósofos” convertidos en anti marxistas, también se había dado en ciertos filósofos venezolanos. En los años de las guerrillas, eran marxistas. En 1969, en el Mayo venezolano se replegaron. Después se convirtieron en anti-marxistas aunque vivían de Marx en sus cátedras universitarias. El único “marxista joven” en Venezuela que había leído verdaderamente a Marx y sorprendentemente viene del escolasticismo era Juan David García Bacca cuyo Marx era de primera categoría. Por eso lo seguía Silva quien leía modestamente a Marx y que no era francés.







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