Mi Tío Tito
Identidad 09/05/2022 08:00 am         


Cuando era niña, la casa y la librería de mi abuelo materno Antonio representaban un inexplorado y anchuroso mundo mágico



Por Silvia Gómez Rangel


En primer lugar, porque había afecto, mucho afecto de abuelo y siempre eras bienvenida y podía revisar cada artículo maravilloso que tenían para la venta la librería. Los privilegiados, la familia y un muy pequeño grupo de personas que se contaban con una sola mano, accedíamos a la librería a través del patio interno de la casa, por una puerta alta de madera que con los años llegó, por los amigos de lo ajeno, a tener una reja. Ese acceso llevaba a la trastienda, un depósito que también era oficina y a la parte posterior del local.

A quienes dicen amar el olor a libros nuevos les diré que ese bálsamo para el alma, me inundó los sentidos desde que tengo uso de razón. Amaba unos gaveteros de madera, altos y anchos, que mi abuelo había mandado a hacer para colocar los papeles lustrillos y las cartulinas de variados colores u otra papelería que tuviera la fragilidad y el tamaño de los mencionados. A unos pasos del mueble, mi abuelo colocaba una silla de madera desde donde podía escuchar el teléfono y el intercomunicador que avisaba, desde la cocina, la hora de comer y paralelamente, desde allí, dominar todo lo que ocurría en el local desde la entrada hasta el fondo. En ese lugar estratégico yo me sentaba cerca de él a escucharlo con señalado interés y esperar. Cuando llegué a tener "la edad suficiente" la expresión de “atienda a ese cliente a ver que quiere..." y yo, luego desde el mostrador le preguntaba en voz alta sí lo requerido por el cliente estaba en existencia o agotado y debía esperar a que llegara un "nuevo" pedido. Allí, siempre ocurrían cosas interesantes para mí.

Cuando me aburría un poco, buscaba acomodarme en su metálico y pesado escritorio a revisar y mirar con curiosidad entomológica las tarjetas (de presentación) de los proveedores, las postales y fotografías de familiares que mi abuelo solía colocar entre el tablero del escritorio y un vidrio de cierto grosor y del tamaño justo que lo cubría; a manera de un gran y explayado álbum fotográfico o tarjetero del oficio de librero. Entre tantas letras, figuras y rostros había uno muy particular, el de un hombre de grandes y afables rasgos fisonómicos, ojos un tanto achinados, cabello peinado hacia atrás y lo más notable, vestido con uniforme militar. En una oportunidad, dándole rienda suelta a mi curiosidad, le pregunté a mi abuelo quién era el hombre uniformado. Con prontitud obtuve como corta respuesta “ese es Tito”. Y yo me dije, desde esa sabiduría maravillosa e ingenua que gravita en el cosmos de una niña, ¿Tito? debe ser “mi tío Tito". Porque allí, en el paisaje plano, rectangular y vidriado del escritorio, solo habitaban las fotos de los familiares y ese debía ser, desde mi sólida opinión, nuestro pariente. Cómo mi abuelo Antonio fue un señor rollizo; hasta el momento que decidió hacer una loca dieta a base de tomar un limón diariamente en ayunas hasta llegar a treinta limones y luego repetirla pero en sentido inverso. Tenía cabello lacio -en ocasiones peinado hacia atrás cuando estaba largo-y los ojos achinados por su origen indígena, establecí sencillamente unos indeclinables nexos genealógicos conmigo y el Tito de aquella imagen fotográfica. Pueden imaginarse, teníamos un pariente militar y de "buena pinta"...el tío Tito.

Ya un poco distante de mi niñez pienso que, como muchos en esa época, mi abuelo era admirador de Josip Broz Tito, conocido solo como Tito (su nombre de guerra). Un hombre de origen campesino nacido en Croacia en 1892 que llegó a ser mariscal de guerra, máximo líder de Yugoslavia y con el tiempo, fundador del Movimiento de Países No Alineados. Una figura internacional cuya presencia tuvo tal impronta como para incorporarla al álbum familiar de los Rangel, en un pequeño pueblo del estado Mérida (Venezuela). Con los años, he llegado a pensar que tal vez fueron los logros de Tito, lo que llamo la atención y respeto de mi abuelo; quien, por cierto, fallece en 1980 siendo militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, fundado por Américo Martin, entre otros dirigentes.

Yugoslavia estuvo conformada por seis estados: Bosnia-Herzegovina, Croacia, Eslovenia, Macedonia, Montenegro y Serbia, además de dos provincias autónomas: Kosovo y Voivodina. Esta república se mantuvo desde el año de 1963 hasta 1992, a pesar de estar de espaldas a la política soviética basándose en un discurso de equidad interétnica y en el cual, se soportó la llamada “unidad e identidad” yugoslava pero que al morir “mi tío Tito” no sobrevivió como república. Tras cámaras Tito resultó ser un dictador implacable con las minorías no asimiladas y los más de treinta años de régimen yugoslavo se disolvieron, una década después de su muerte, en conflictos territoriales, culturales y religiosos. Actualmente, parece que los habitantes de los territorios de esta antigua república sufren de algo que algunos intelectuales definen como “Titostalgia”.

En lo más hondo de mí, Josip Broz Tito está ligado al tibio y reconfortante capítulo de mi vida en la librería de Antonio Rangel, mi abuelo, y a lo que representó para él, un gobernante carismático que hizo retroceder a las tropas nazis, mantuvo a raya a los soviéticos y por supuesto, lucía estupendamente con su uniforme militar debajo del vidrio del escritorio, en la trastienda de una librería de los Andes venezolanos y a quien, en algún momento, alcance a llamar mi tío Tito.






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