Juramento Hipocrático Mortal
Política 13/09/2020 08:00 am         


Si bien ya los médicos no usan sus sentidos para averiguar la enfermedad que aqueja a sus pacientes...



Por Gustavo Oliveros

Ahora es la enfermedad la que los busca tanto a ellos como a sus auxiliares, y se les cuela, se les inyecta, se les introduce sin permiso como venganza ancestral y la paga sigue siendo una miseria


Llegar al Hospital Clínico Universitario de improviso, es como encontrarse a las puertas de Chernobil en la época en que los soviéticos ocultaban aquella fuga radioactiva que ocasionó la muerte de más de 9 mil seres humanos según la OMS. La metáfora luce exagerada, sin embargo, en el mundo de la ficción, cabe al dedillo ante la crisis sanitaria por la cual atraviesa todo el sistema de salud venezolano en plena pandemia del Covid-19. Una nefasta situación en medio de una crisis política y económica inconcebible, en un país que hasta hace poco se ufanaba de poseer las mayores reservas petroleras del mundo.

En las sociedades democráticas, gracias a una prensa libre, se hace difícil ocultar hechos de la magnitud de Chernobil o de las víctimas del coronavirus, y solo los sistemas totalitarios se abrogan el derecho a decidir sobre la vida y la muerte. En Venezuela, a pesar de que los trabajadores de la salud están conscientes del peligro al cual se enfrentan en cada jornada laboral, un pequeño descuido en estas circunstancias de orfandad, en la que se encuentran los centros hospitalarios, bastaría para formar parte de las estadísticas y de los entierros sin dolientes en la despedida final. Hasta la fecha, según Mauro Zambrano, dirigente sindical del hospital universitario han fallecido unos 140 sanitaristas y la cifra podría aumentar en los próximos meses.

Desde una distancia exagerada podemos observar cómo cada uno de los trabajadores que entran al hospital, poseen sus propios botellones de agua. En el centro clínico, el vital líquido escasea desde hace años. Ninguno de ellos usa el gel profiláctico que venden en las farmacia púes un envase de 240 mililitros cuesta cuatro dólares mientras el más pequeño cuyo contenido neto es de 80 gramos, equivale a un salario mínimo mensual de dos dólares. Cuando le preguntamos al primer trabajador sanitario que encontramos en nuestra trayectoria sobre el contenido del envase de plástico que lleva en sus manos, Eugenio Lucas responde que es cloro, bajo una composición de hipoclorito de sodio de 3,5%; insuficiente en cuanto al porcentaje en casos de desinfección. Extrae otro envase más grande y nos aclara que es de agua potable. El cloro es para las manos porque “ni alcohol se puede comprar con el sueldo que le pagan”. Su compañera de labores sonríe dándole apoyo mientras extrae una vianda plástica de su morral, pues es la hora del almuerzo y van a compartir una ración de pasta sancochada con cuatro tajadas de plátano frito: dos para cada uno. “Esta pasta es de las cajas Clap”, explica ella mientras toma asiento en la acera a las puertas de la emergencia. “Vienen con gorgojos, pero yo los saco con un colador cuando el agua está hirviendo ya que suben a la superficie”.


MÉDICOS SOS


Desde principios del siglo XVIII, siendo conservador, y hasta finales del siglo XIX, probablemente los médicos no llegaban a los treinta años. El juramento hipocrático era realmente un sacerdocio. Un compromiso con la vida de los otros. Hoy en día más de un centenar de médicos venezolanos no lograron cumplir con ese propósito; viajaron junto a sus pacientes al mundo de nunca jamás. Vaya promesa esa hecha al griego insigne que rechazaría los obsequios de Artajerjes, para que asistiera a las tropas persas ante la peste que los diezmaba. Ni loco que estuviera, debe haber pensado el célebre curandero, aunque la excusa dada a Artajerjes fue que “el honor le prohibía socorrer a los enemigos de su patria”.

Hasta la fecha de esta crónica se hablaba de una cifra de contagios que creaba alarma entre los trabajadores del sector salud, muchos de los cuales han desertado “debido a la falta de equipo de protección personal ya las malas condiciones de los centros hospitalarios”. Cada gremio lleva sus propias estadísticas, pero revelarlas podría significar una visita de los organismos policiales y una posterior acusación ante los tribunales que implicaría meses o años de prisión para sus directivos. Así que la verdadera suma tanto de fallecidos como de contagiados se desconoce y las que se anuncian a diario por los medios de comunicación son aquellas proporcionadas por los médicos cubanos, quienes gozan, al parecer, de una “inmunidad” a toda prueba. Esto ha llevado al presidente Maduro a llenarlos de elogios e incluso proponer su candidatura colectiva al premio Nobel de medicina.

Si bien la fama lo precedía, Hipócrates no tenía nada de pendejo y así como se excusó ante Artajerjes, probablemente aquí habría emulado a los médicos cubanos, quienes ni de milagro deben acercarse al enemigo invisible sin unos trajes especiales de protección, contrariamente a los médicos venezolanos. En fin, a los “médicos” cubanos se les cancela sus servicios con la divisa norteamericana (unos 2000 $ mensuales) mientras que a los venezolanos se les paga en bolívares a una tasa de cambio de 340 mil bolívares por dólar; casi el sueldo mínimo mensual de un trabajador a tiempo completo.

Erik Moreira Castro es jefe del servicio de Urología del Oncológico Luis Razetti. Profesor de anatomía y fisiología en el Pedagógico Siso Martínez, y dicta el post grado de cirugía oncológica en el mismo instituto en el cual labora desde hace ya más de veinte años. Cuenta que para el pasado 7 de septiembre habían fallecido 124 médicos en el territorio nacional, aunque presume que estas cifras no son exactas, y que es probable que el número haya aumentado. Asegura que ni los médicos ni el personal de la salud han recibido la protección mínima para realizar sus labores y agrega que los hospitales centinelas se encuentran en el peor estado de abandono desde que se inició el decreto de emergencia. Confiesa que no todos los profesionales pueden forrarse con equipos de protección personal pues el sueldo de un residente en un hospital público es de siete dólares, de los cuales cuatro son por bonos que no se cuentan como prestaciones sociales a la hora de una liquidación.

–Tengo entendido que las clínicas privadas con salas de terapia están saturadas de pacientes con covid y se supone que estas deben notificar al Estado su situación, pero esas cifras no se ven reflejadas en los reportes diarios que el gobierno anuncia por los medios de comunicación. Para el galeno, los pacientes asintomáticos deberían ser tratados por sus médicos de cabecera en sus hogares, bien personalmente o a través de llamadas telefónicas, ya que en los galpones, hoteles y centros de reclusión, la contaminación es elevada, pues ninguno de esos lugares cuenta con las condiciones más elementales en materia de higiene y seguridad personal. A la vez aclara que los sintomáticos deben acudir bajo su propio riesgo a un centro hospitalario en vista de que pueden requerir de terapia intensiva.

Eugenio y su pareja de labores culminan su almuerzo y nos preguntan, con la solidaridad que caracteriza al venezolano, si tenemos algún familiar en la emergencia. Afirmamos para complacerlos, pero le aclaramos que ya les hicieron la prueba PCR y salieron negativos, al parecer solo era una gripe mal curada u otra infección nada contagiosa: “gracias a Dios, responde ella”. Dios los cuide, agrega él, y se levanta, luego de ver la hora en un celular tan antiguo que pareciera que el tiempo se detuvo a inicios de este siglo: “este es un vergatario, inventado por Chávez, nadie se lo roba”. Lo que no sabe es que CANTV, la compañía que los distribuía está en ruinas y prontamente su “vergatario” no funcionará ni para enviar mensajes de texto. Antes de irse, nos entrega un folletín: “Dios te ama”.

El “vergatario” nos introduce en el túnel del tiempo, nos retrocede a una órbita que incumple todas las leyes de la física si lo asimilamos a las galaxias, cualquiera de ellas, que avanzan en espiral hacia el futuro. En aquellos tiempos de Hipócrates, los médicos tenían que usar sus sentidos como un laboratorio humano: probar las heces, los orines y hasta la sangre de los enfermos: todo fluido terminaba en la punta de la nariz o en las lenguas de aquellos osados “catadores de virus y bacterias” lo que con el tiempo, por no ser inmunes a los contagios, terminaban en los brazos de “la pelona” sin mediar palabras. El riesgo era grande y la paga, pues ni para cancelar los gastos familiares les alcanzaba. La peste se los llevaba a ellos y a la familia. Hoy las cosas en Venezuela no han cambiado mucho. Si bien ya los médicos no usan sus sentidos para averiguar la enfermedad que aqueja a sus pacientes, ahora es la enfermedad la que los busca tanto a ellos como a sus auxiliares, y se les cuela, se les inyecta, se les introduce sin permiso como venganza ancestral y la paga sigue siendo una miseria, al menos para aquellos que laboran en el sector público.





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