En el Espejo de la Primera Guerra Mundial
Política 01/05/2022 08:00 am         


La interdependencia económica derivada de los procesos anteriores haría que la guerra, al menos en los escenarios centrales, pasase a ser considerada como inconcebible



La globalización económica no es un fenómeno reciente. Antes de la Primera Guerra Mundial y a lo largo de buena parte del siglo XIX, ésta floreció a través de un mundo interconectado por el flujo del comercio y las inversiones. Entonces, como ahora, las tecnologías de la comunicación y de la información serían parte esencial del proceso. Los primeros telégrafos comienzan a ser desarrollados en la década de 1830, pero no es hasta la década siguiente cuando la introducción del código Morse da sentido práctico a los mismos. En un comienzo el uso del telégrafo estaba supeditado al espacio terrestre y a los cables tendidos sobre el mismo. Con la aparición de los cables submarinos de cobre, a partir de 1850, la tecnología telegráfica comienza a atravesar los mares. Para 1900, 190 mil millas de cable submarino interconectaban ya al mundo por vía del telégrafo.

La aparición de las agencias internacionales de noticias, sustentadas en las nuevas tecnologías de la comunicación, representará otro hito fundamental. Cinco grandes agencias dominarán la escena mundial: Havas de Francia, Reuter de Inglaterra, Wolf de Alemania, Associated Press (AP) y United Press International (UPI) de los Estados Unidos. La última de ellas, UPI, será creada en 1907. Gracias a éstas, las noticias se transmitirán con rapidez de un extremo al otro del globo, comenzando a dar forma a la aldea planetaria. Los nuevos medios de información, por vía de ondas electromagnéticas, representarán otro salto tecnológico. Ello irá aparejado por las iniciativas por regular el espectro electromagnético. La conferencia de Berlín de 1906 será el primer intento global de distribuir de manera organizada ese inmenso espectro.

Pero junto a lo anterior, las naves a vapor acortaran radicalmente las distancias como también lo harán los canales de Suez y Panamá. De la misma manera las redes ferroviarias se expandirán por doquier estableciendo líneas continentales o transcontinentales. Paralelamente a este revolucionaria achicamiento de las distancias se producirán cambios trascendentales en el mundo de los negocios. Estos traerán consigo la homogeneización a nivel planetario de las prácticas de gerencia y contabilidad y de las reglas del comercio. Al amparo de estas nuevas realidades los flujos de inversión y comercio se proyectarán en las más diversas direcciones. Entre tanto, la paridad fija entre la libra esterlina y el oro preservará la estabilidad monetaria internacional.

La interdependencia económica derivada de los procesos anteriores haría que la guerra, al menos en los escenarios centrales, pasase a ser considerada como inconcebible. En 1910 haría su aparición el inmensamente célebre libro de Norman Angell titulado La Gran Ilusión. En él se argumentaba que los estados no estarían dispuestos a arriesgar la prosperidad derivada del comercio globalizado incurriendo en una nueva guerra. En 1913, de su lado, la revista inglesa The Economist publicba un célebre editorial titulado “La guerra se ha vuelto imposible en el mundo civilizado”. Sin embargo, los cuatro jinetes del apocalipsis se hicieron sentir sobre el mundo a partir de 1914, dando al traste con la globalización económica y generando una fragmentación cuyos efectos habrían de proyectarse hasta finales de los setenta del siglo pasado. La Primera Guerra Mundial se encargó de demostrar que la interdependencia económica valía de muy poco para contener los conflictos bélicos derivados de la geopolítica.

A partir de la implosión de la Unión Soviética a finales de 1991, una nueva sensación de optimismo pasó a asociarse con el repliegue de la geopolítica y el resurgir de la interconexión comercial. El impulso político a la globalización económica en las principales capitales del mundo occidental, quedó representado por la Ronda Uruguay del GATT, el Consenso de Washington, las políticas de ajuste estructural del FMI o el surgimiento y expansión de la Organización Mundial de Comercio. Aunque la desaparición de la bipolaridad trajo consigo una importante carga de desajuste y conflicto, los escenarios centrales del mundo parecieron haber quedado inmunizados frente a la guerra. Como en la tesis del “dulce comercio” de Kant, la expansión de la globalización fue haciendo cada vez más impensable la idea de una nueva guerra mundial y, al traer consigo prosperidad creciente a zonas antiguamente deprimidas, fue disminuyendo la conflictividad en ellas.

Desde hace algunos años, las desavenencias profundas entre China y Estados Unidos han venido haciendo desaparecer el optimismo con respecto a las virtudes de la globalización como antídoto frente a la guerra. La guerra en Ucrania deja ahora definitivamente claro el reemerger de la geopolítica como signo predominante de los nuevos tiempos. Al igual que en la antesala a la Primera Guerra Mundial, va quedando claro que la interdependencia económica no representa una valla de contención frente a la posibilidad de un gran conflicto bélico.







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