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Uso Horario 18/04/2020 11:59 pm         


¡Abajo cadenas!entonamos repudiando todos los grilletes radioeléctricos y demás atropellos, ¡arriba Cadenas! coreamos en la plaza donde la poesía es libertad.




faithanahmenslarrazabal@gmail.com 


En el país donde e luso del tiempo mass mediático se hace a discreción, el discurso es uniforme, y la neolengua piedras que asesto y profiero con denuestos, la poesía hace digno contrapeso. Y Rafael Cadenas, entre sus pares,libra por todos. Sus 90 bien vividos son una buena noticia para la palabra que se defiende con honestidad.Y vence. Es su vida una celebración al exquisito trabajo de talla y despellejamiento del verbo y del alma, afán que lo ha convertido en sabio; y es la precisión con que disecciona la lengua el punto de partida de su inmortalidad. Enjundioso autor, premiado con el Reina Sofía, el premio de valores de la UCAB, el García Lorca, el hombre que mira vive con humildad es un icono inevitable. Latido vital, música de fondo, es también la forma.

(1998, a comienzos de año por la tarde). Ricardo Ramírez Requena, un encuentro para después. Entonces todavía no se había refocilado el trabajo de librero, no había sido catedrático en las escuelas de Letras de la UCV y de la UCAB, menos aún había llegado al cargo cimero de la Poeteca. Estaba por iniciar sus estudios de Letras, y trabajaba como cajero en las oficinas de la CANTV de La Boyera, donde es vecino Rafael Cadenas. Más de una vez lo había avistado y reconocido caminando. Esta oportunidad era absolutamente diferente. El autor que admira y cuya obra había paladeado estaba sentado en el mismo autobús que abordaría para ir a Chacaíto, y nadie ocupaba el asiento contiguo. Allí se ubicó emocionado, huelga decir, Ricardo Ramírez Requena. Ah, y qué bien que tenía en su morral algunos poemas propios. Quizá podría mostrárselos al maestro durante el camino, y pedirle su opinión. O tal vez dejárselos, y citarse después para escuchar algún consejo. ¿Querría? ¿Se sentiría animado el poeta a hablar de eso? ¿Y de qué sí? Ricardo Ramírez empieza a buscar sus poemas —los dedos temblorosos—entre los papeles. Este no. Este tampoco. Cadenas, la mirada fija en la ventana, solo viendo, viéndose, ajeno¿ajeno? exhibirá ensimismado esa forma suya tan elocuente de hacer silencio.Sin duda que intercambiar impresiones con el poeta de literatura o de lo que fuera, mientras el autobús baja de la montaña,tiene que ser una experiencia única. Pero tal vez sería mejor empezar presentándose: Soy Ricardo…O solo diciéndole que había leído sus poemas… y he leído Derrota, Amantes también.Cadenas es más silencio. Ricardo también. Quizá le pasaría por la cabeza lo que le ocurrió a Francisco Massiani cuando Julio Cortázar lo invitó a su casa en París y Pancho nunca llegó, no tuvo la suficiente fuerza para mover su cuerpo estremecido hasta donde lo aguardaba el tótem, ni la voluntad necesaria para imaginar su mano estrechando aquella otra que con la que el novelista del boom escribió Rayuela. Ricardo piensa ahora que el poema Falsas Maniobras podía prestarle su título a este episodio que termina en la última parada de la palabra no dicha, o qué dicha viajar con la palabra. Ricardo asegura que Cadenas es su amigo, fue su profesor, y claro, conversan siempre. Pero eso ocurrió después. Luego de que se conocieron en otra parte.(Aunque todavía no le ha dicho que una vez, cuando era muy joven, nunca le habló).

(Tiempo atrás. Este recuerdo no tiene fecha de expedición ni de expiración). Rodolfo Izaguirre tiene un Cadenas que ríe. “Tengo una relación estupenda con Rafael Cadenas, hablamos con frecuencia por teléfono de muchas cosas, sí, sí, sí, él también habla y no solo eso, se ríe. Por supuesto que coincido con la mirada generalizada que se tiene de él, de que es un hombre callado, sesudo, hermosamente concentrado.Es así, pero conmigo habla”, desliza el sensible, culto y tan lleno de gracia Rodolfo Izaguirre. “No olvido cuando aquella periodista que lo entrevista para la televisión le pregunta con mucha argumentación y palabrería si había paisaje en su poesía. Cadenas hizo un profundo silencio. La periodista, entre tanto, aguardaba sin dejar de mirarlo, escrutándolo, aguardando y mirándolo, parecía impacientarse. El seguía metido adentro, como si recorriera sus poemas. Hasta que de pronto se volvió y le dijo: No. Solo dijo no. Ese es el Cadenas que me obsequió con la dedicatoria más bella del mundo. De visita en casa, nos hizo el doble regalo a Belén y mí, los anfitriones, de un libro suyo en el que escribió: Para Belén y Rodolfo con quienes siempre me río”.

(En 2010 responde la pregunta, en 2015 se edita el libro) María Elena Ramos y el misterio de la palabra belleza.“Investigando mientras escribía El libro de la belleza, que fui construyendo con cita de autores de muchos siglos estuve recorriendo, por supuesto,la obra de Rafael Cadenas”, dice con la periodista autora de tantos enjundiosas obras más, “y descubrí que la palabra belleza no aparecía”. Siendo Cadenas su vecino y siendo en todos los sentidos tan cercano, le preguntaría entonces al maestro. “¿Qué es para ti la belleza? ”Ramos dice que mostrando“una sabia aproximación a lo que puede ser aproximable y una prudente distancia de lo que no puede abarcase del todo”,le contestó: Podemos definir un objeto bello, señalar sus componentes, precisar qué nos mueve a considerarlo como tal, pero eso es imposible hacerlo con la belleza, a esta solamente la percibimos, la reconocemos, la sentimos. Nos es dable decir aquí está cuando se nos aparece; aunque no sabemos qué es.La ex directora del Museo de Bellas Artes y quien suscribe La cultura como asalto, El Ávila en la mirada de todos,incorporó, por su puesto, a El libro de la belleza, lo que le dijera el poeta; “un honor”tener esa presencia sin aspavientos protagónicos aunque es protagonista;la palabra de ese hombre que es silencio solo en apariencia,“porque su voz inmensa nos acompaña y nos conmueve, tanto cuando alude en sus poemas a los seres individuales como cuando la compromete en los sufrimientos de nuestro país”. Para Ramos es un regocijo saberlo próximo, cercano y compartir con él en bautizos y presentaciones de libros (mutuos). Luego lo lleva a casa.

Marzo de 2017. Víctor Guédez guarda entre sus tesoros aquella mirada, aquel susurro. Cuando Cadenas quedó viudo y tan triste, Víctor Guédez se mantuvo cerca, haciéndole compañía, consolándolo. El dolor anidado parecía tangible. Si los icebergs fueran tersos y cálidos el poeta podría ser uno, su cuerpo cristal, sus ojos no necesariamente la punta. Sus ojos el todo. Víctor Guédez asegura que en ellos se asoma su alma. Esos días de duelo quiso intentar un paliativo para su dolor. Extrajo una libretica nueva y hermosa de su bolsillo y se la regaló. “Entonces en su mirada me pareció leer el más profundo agradecimiento, no dijo la palabra gracias pero podía verla, es más, sentí que el agradecido era yo …para mí fue conmovedor poder ver que en su alma apenada se abría un paréntesis de infinita ternura”. Guédez, filósofo, profesor, prolífico autor de textos que nos explican como idea y posibilidad en esta hora menguada y también generoso de trato se complace con esta amistad. “Rafael es un hombre de una modestia infinita, hace tres años hice un viaje a España, cuando leo en el suplemento dominical del diario El País, en el récord de los libros más vendidos del mes, según el reporte de todas las librerías,ubicado en lugar cimeroun poemario de Rafael Cadenas. Guardé la edición y le compré otra y se la traje, cuando, ya en Caracas lo visito y se la muestro con emoción él, bajando la voz, casi contrariado, me dice: sí, pero no se lo digas a nadie”, se asombra, “quizá pensando en tener que hablar, ay, o temer que le pidieran una entrevista”. Guédez hizo, claro, todo lo contrario.


(Marzo 1980, con seguridad a las 6:15pm). Federico Prieto, la tarde que oyó el silencio. Editor de tantos libros, casi todos desde Fundavag, entre ellos El hotel Humbodt un milagro en El Ávila donde además hace una entrevista a Tomás Sanabria y toma la foto de la portada—el celebérrimo edificio cilíndrico flotando entre nubes—, el exalumno de Rafael Cadenas en la Escuela de Letras será también seducido por la presencia reservada, modesta y paradójicamente hipnótica del profesor. Hombre que mide sus palabras, acaso con la cinta métrica de quien añora compartir la precisa, la que cree que es en su justa dimensión, tiene, qué duda cabe, un talante retraído. Y habría sido un gran maestro. Queda confirmado que, a veces, una palabra tuya basta. “A las clases, por lo regular, acudíamos no más de doce, otra cosa a las de Cadenas, nadie faltaba, éramos 40 o más”. De hablar pausado, a cada palabra su peso, y sin previo aviso,ese día Rafael Cadenas se quedaría callado repentinamente. Sumido en un íntimo silencio que todos compartirían. Respetarían. O, más bien, venerarían. Él veía por la ventana el campus, o quién sabe qué hojas, qué pájaros, qué raíz. Nadie lo interrumpió ni a los cinco minutos, ni a los diez. Veo otra ruta, la ruta del instante, la ruta de la atención, despierta, incisiva ¡sagitaria! Pico de víscera, diamante extremo, halcón, ruta relámpago, ruta de mil ojos, ruta de magnificencia, ruta de línea que va al sol, reflejo del rayo vigilancia, del rayo ahora, del rayo esto, ruta real con su legión de frutos vivos cuyo remate es ese lugar en todas partes y ninguna. (Mirar, tomado de Falsas maniobras, 1966). Entonces en el minuto 15 Cadenas regresó de su pensamiento al aula de clases para decir: “Qué bello es el atardecer”.

Abril 8, 2020. Alfredo Chacón y los amigos celebran la fiesta de la palabra, el cumpleaños del maestro, con videítos que saltan el encierro. “Nos conocemos desde que éramos muchachos, hace 70 años, y cada vez, y esto es asombroso, somos más amigos, sobre todo en los últimos tiempos cuando quizá nos ha unido la pena de común de haber atravesado la viudez,él perdió a Milena hace dos años, yo hace casi ocho, a Valentina; lo cierto es que hablamos con frecuencia, siempre, de hecho tenemos un grupo de reunión que él convoca: vamos a su casa Arturo Gutiérrez Plaza, Lázaro Álvarez, que viene expresamente desde San Felipe, y yo, sí, puros poetas y claro la poesía es un tema, quizá leamos algo que hayamos escrito, pero más recientemente él comparte hallazgos, cosas inéditas que busca afanosamente, y que pueden estar en tantos sitios,está compilando su trabajo”. Cadenas trastea entre las gavetas, puede toparse hasta con servilletas donde aún graviten en la tinta escurrida las líneas escritas de su puño y letra. En realidad en todos lados. Por ejemplo entre los libros de su biblioteca que no es un lugar sino una fuerza centrífuga que avanza por toda la casa. Hasta en la cocina, donde hay repisas de piso a techo y no necesariamente con las obras de no ficción de los recetarios (y de eso da fe Eduardo Carrillo, carpintero petareño de origen colombiano a quien Valentina Marulanda llamaba Eduardo Da Vinci, porque resolvía todo, “me pide un nuevo estante cada vez que voy a su casa”). Alfredo Chacón, poeta apureño y caraqueño y sobre todo de su apartamento de San Bernardino, cuenta que es tanto lo que se han querido y compartido, política, sentires, viajes que un resumen de un momento estaría en la palabra, y unas palabras para recordar serían las que él le envió en un mensaje desde su celular, por el que aguarda respuesta. “Se nos ocurrió para su cumpleaños, que llega cuando todos tenemos que estar encerrados, nada que me duela por cierto, es encerrado cuando leo y escribo,enviarle felicitaciones a través de las herramientas de ahora, sonoras y audiovisuales, sé que debió oír y ver la mía y la de todos, debe haber recibido muchas”, deduce. “¿Qué le dije? Que no se preocupara por sus 90, y tampoco por Andrea y Silvio, sus nietos con los que vive y que son su afán, porque cualquier cosa yo les pongo preparo…Eso quiere decir que puede contar conmigo para un regaño y para todo”.

(Debí conocer a Rafael Cadenas en 1978). Alberto Márquez o el dolor de la iniciación. “Tal vez el único libro que había leído para ese momento era Memorial”, dice Alberto Márquez, lector voraz y corrector insigne—no es raro que acote entonces que el libro es de Monteávila Editores—, el hombre que conoce la vida íntima de los libros, de la lengua y el andamiaje donde esta hace piruetas y saltos mortales.“Ya había comenzado a estudiar Letras en la UCV y creo que fue justo en la primera clase cuando Rafael Cadenas dijo algo que, en su momento, me produjo un profundo dolor, acaso no lo comprendí bien del todo”, recuerda el temblor. “Se refirió a Juan Cristóbal, la novela de Romain Rolland, como ¡un libro para jóvenes! y resulta que esa novela que ya muy pocos leen y posiblemente ni siquiera hayan oído mencionar, fue la que me llevó a estudiar Letras”, comparte lo que sintió: frustración.“Es que la aventura espiritual de Juan Cristóbal para mí había significado nada menos que el descubrimiento del mundo del arte, y su lectura la recuerdo como una de esas maravillosas jornadas enfebrecidas de la adolescencia donde todo es revelación”, agregare viviendo su tambaleo. Ese que debió percibir, sin duda, el propio Cadenas. Al final de la clase fue en su auxilio. “Tal vez buscaba compensar lo que presentía había ocasionado su comentario en un alma también joven”, atesora Alberto Márquez, “lo cierto es que me dijo algunas palabras sobre el tema con la delicadeza y la transparencia del poeta que es, precisamente la de alguien capaz de decir: Que cada palabra lleve lo que dice. Que sea como el temblor que la sostiene. Que se mantenga como un latido”






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