Simón Amaya, El Terapeuta De Los Pobres
Vida 10/07/2020 08:00 am         


En Sabana Larga, población cercana a Coro, Simón Amaya es conocido como el milagroso "sobador" de una improvisada clínica pueblerina



Por Jesús Montilla


El pasado sábado 9 de mayo víspera del Día de la Madre, salí con Stellita a buscar una torta que ella le había mandado hacer a su mamá. Caminado hacia el carro pise mal con el pie izquierdo en el borde del brocal y caí hacia la calle cuan largo soy. Fue una caída fuerte y un golpe duro. Al principio quedé desorientado pero inmediatamente sentí dolor en varias partes del cuerpo, en particular en el tobillo izquierdo. ¿Por qué será que uno cuando se cae lo primero que se activa es el sentido del ridículo? Miré para todas partes a ver si alguien me había visto y para mi incomodidad tres jóvenes vecinos que jugaban pelota, entre ellos Berk, el hijo de Pito (quien guarda cuarentena visitando la casa de su novia, hija de dos apreciados vecinos), ya corrían hasta donde yo me encontraba con la ayuda de una angustiada Stellita arrastrándome para sentarme en la acera y recobrar la compostura. No fue nada, no fue nada, me apresuré a responderles ante su preocupada pregunta sobre qué me pasó. La verdad es que no aguantaba el dolor pero el sentido del ridículo era mayor. Me levanté y saltando solo con el pie derecho fui con Stellita a buscar la torta. Cuando regresé el tobillo parecía un melón de lo hinchado. Me recosté en la cama y Stella preocupada me frotaba una crema insistiendo que fuéramos a la clínica a lo que me negué con vehemencia. En cama pase el Día de las Madres aguantando el dolor. El lunes Stella insistió en llevarme a la clínica Guadalupe a lo cual no opuse resistencia. No fue muy cómodo andar por casi toda la clínica en una silla de rueda. El doctor Ciro Yanes, excelente traumatólogo, lo primero que hizo fue mandarme a hacer una placa y otra vez el paseo por los pasillos en silla de rueda. Afortunadamente no había fractura pero sí un delicado esguince ante lo cual el Dr. me inmovilizó el pie con una férula por 11 días. Yanes, quien tiene la ventaja de practicar ciclismo y en tiempos de escasez se desplaza por todo Coro y más allá en su poderosa bicicleta, gentilmente se ofreció pasar por la casa a quitarme la férula y me evitó el paseíto en silla de rueda. (Refiero lo del paseo en silla de rueda pues como es típico en Coro, a los pocos días me llamaron varias personas preguntándome cómo seguía del ataque al corazón). Me dijo que estaba aún hinchado, que ahora debía hacerme fisioterapia y me habló de una renombrada profesional.
Yo había escuchado desde hace años del Sr. Simón de Sabana Larga y de su fama como “sobador” que hacia caminar a los tullidos. Para allá quería ir yo desde un principio pero mi primo Carlos, admirador de Simón me dio la infausta noticia de su muerte. Qué broma, dios lo tenga en la gloria, me lamenté. Le comenté al Dr. Yanes del fallecimiento del Sr. Simón y me dijo: “No, diputado, eso no es verdad, Simón está vivo. Eso fue una bola que se corrió pero no es cierto, no es la primera vez que lo matan”. Al otro día me fui con Jorge, mi hermano, para Sabana Larga donde fue muy fácil dar con la casa de Simón pues todo el mundo lo conoce. Simón Antonio Arcaya González nació hace 85 años en Sabana Larga, un pequeño caserío de pocas casas para esa época, entre Coro y la Vela. Desde los 13 años comenzó a sobar los huesos malogrados de sus primos y amigos. Fue algo natural. Fue un don que dios le dio para hacer el bien. Cuando tenía 34 años se dedicó por completo a ejercer el oficio de “sobador”, es decir, ya tiene 51 años curando quebraduras, falseadas, hernias en la columna, lesiones pos ACV, haciendo caminar a los inválidos y curando cuánta afección encuentre en los huesos o músculos. 

Simón tiene 85 años, pero podría decir que tiene quince menos y nadie sospecharía que se trata de una mentira blanca. Es delgado, pero no escueto sino firme. Es un hombre ágil, fuerte, voluntarioso, simpático. Tiene esa mirada que los hombres solo adquieren con los años y trasmite una tranquilidad contagiosa. Su piel está tostada por el sol falconiano y su cara está recubierta por una barba canosa que se une con sus patillas. Su rostro curtido, pero simpático, inspira confianza al trato. Tiene cara de buena gente, sin duda, y esa primera impresión la confirmé pasados par de minutos de conversación. Trabaja con entusiasmo ocho o más horas diarias. Me contó que esa vitalidad la había heredado de su padre que vivió alentado hasta los 110 años y de quien también adquirió su pasión eterna por las peleas de gallos. No pierde oportunidad para ir a los pueblos y caseríos a ver las peleas de gallos y a disfrutar el ambiente bullicioso de las galleras. “Ahora solo voy a ver pelear los gallos de mis amigos porque ya no tengo gallos, tuve que venderlos por el aumento del precio del maíz”, se lamentó con un dejo de melancolía mientras fijaba su mirada en varias jaulas vacías. En su consultorio se destaca un cuadro con una foto donde aparece con el conocido gallero coriano René Arenas. 

Las instalaciones de su centro de atención son muy sencillo pero espaciosas. Están en el centro de una especie de aldea donde en varias casas del amplio patio vive su numerosa descendencia. Tiene un rancho sin paredes rodeado de frondosos cují que funciona como sala de espera. En un cartón se lee el horario de atención y el módico precio en efectivo de la terapia o su equivalente en alimentos. No tiene punto de pago Simón ni recibe dólares. Al lado del espacio de espera está unas barandas metálicas paralelas con un piso rústico de concreto que sirve para caminar y ejercitarse apoyándose en ellas. En un cuarto de su casa que da para el patio tiene su pequeño consultorio donde no caben los reconocimientos y agradecimientos. Una estatua de más de un metro de altura de nuestro Dr. José Gregorio Hernández lo acompaña desde la esquina izquierda mientas una bella imagen de la virgen de Guadalupe lo hace desde la derecha. Es Simón un ferviente y activo guadalupano. En el medio está una cama tipo camilla cubierta por un paño donde acuesta a los pacientes según sea la lesión. Simón tiene manos mágicas con dedos milagrosos que van llevando con maestría, suavidad y fuerza cada cosa a su sitio con la sapiencia del que sabe lo que hace. De ello doy fe.

Ha sido toda una experiencia compartir con este extraordinario hombre, con sus pacientes y escuchar sus testimonios de sanación. En uno de los días estando en la sala de espera nos encontramos con un hombre joven que caminaba y se ejercitaba en las barandas. Le pregunté que le había pasado y me narró su historia. Vecino de San Luis fue atropellado por un camión que lo golpeó por la espalda y lo arrastró varios metros dejándolo atrapado bajo la transmisión del vehículo. Tuvieron que subir el camión con un gato para sacarlo. Se le partió la columna en varias partes. Estuvo tres meses hospitalizado en el hospital de Coro donde le dieron de alta sin esperanza de volver a caminar. Una amiga lo llevo donde Simón y en dos meses estaba caminando. No lo contó él mismo varías veces con el énfasis de quien relata algo poco creíble mientas manifestaba una contagiosa alegría de agradecimiento a dios y a Simón.

También pude leer múltiples agradecimientos ente los que destaca estas dos, la del adolescente Jorge Colina que con su foto de cara de niño textualmente dice así: “Testimonio de fe”. “Publico mi foto de mi testimonio de fe primero a dios y después a las manos de Simón Arcaya, sufrí una caída y se me partió la columna en tres partes y gracias a dios a Simón Arcaya estoy caminando. Yo en esta vida iba quedar inválido para siempre. Y nuevamente doy gracias a dios por permitirme caminar de nuevo”. La otra es de un hombre de mediana edad, su nombre no aparece, pero si una foto de la lámina de rayos X de su columna y otra acostado mientras Simón le da masajes en la espalda y las piernas. Su agradecimiento dice así: “Doy gracias a dios y al sr Simón Arcaya por haberme hecho caminar de nuevo. Estuve seis meses en cama sin poder movilizarme por mi solo, me habían diagnosticado esclerosis múltiple, gracias a las manos poderosas de usted me siento muy agradecido, que dios lo bendiga y que le de vida y salud para seguir curando al enfermo “

Es gente sencilla del pueblo agradecida por la sanación de la sabiduría y las manos benditas de Simón Arcaya. Su fama trasciende el estado Falcón, de toda Venezuela han venido pacientes para ser tratado por Simón quien sin duda es un referente viviente de la sabiduría popular, de la que no se aprende en las universidades ni están contaminadas por el afán de lucro sino por el deseo de ser útil a los demás. Finalmente reflexiono sobre la permanencia en el tiempo de hombres o mujer como Simón propios de la cultura popular de nuestro pueblo y que cada vez son menos. Parecieran destinados a la extinción por el vertiginoso desarrollo de la ciencia y la tecnología y de la mercantilización de todo lo que se hace. En nuestra universidad Francisco de Miranda se dicta la carrera de TSU en fisioterapia donde las dotes de hombres como Simón se profesionalizan. Son una nueva generación de fisioterapeutas con técnicas cada vez más especializadas pero con valores y visiones diferentes. El año pasado tío Manuel sufrió un muy lamentable ACV que le paralizó todo el lado derecho. Una vez dado de alta, todas las tardes, una fisioterapeuta bien reconocida en Coro le inició las fisioterapias. Mis primos, como ya lo dije, son devotos de Simón y por su iniciativa comenzaron a llevárselo todas las mañanas.

A los días se lo informaron a la fisioterapeuta quien sorprendentemente expresó su desacuerdo y los emplazó a que seguían con ella o con Simón pero no los dos a la vez. Entiendo que por criterios profesionales del método de las terapias no por nada personal. Obviamente los primos se decantaron por Simón. Sin embargo, no se pudo apreciar el real avance de su trabajo por cuanto los muchachos decidieron llevarse a su papá a Maracay donde ellos residen. Allá no hay ningún Simón que se conozca y lo trata un profesional de la fisioterapia. Aunque la idea inicial era tráelo cada 15 días a Coro para que Simón lo tratara durante dos semanas y así sucesivamente, la cuarentena lo hizo imposible. Personajes como Simón son irrepetible e invalorables además un ejemplo a seguir por quienes tratan con pacientes por su entrega, humanidad y humildad. Larga vida y reconocimiento en vida para Simón el fisioterapeuta de los pobres y de todo los que vayan.








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