Ladrón de Bicicletas
Vida 25/10/2020 08:00 am         


De las decepciones que se van acumulando en la vida, tal vez la mayor de las que recuerdo de mi etapa infantil tiene que ver precisamente con una bicicleta



Por Mirco Ferri


Uno de los objetos míticos en la infancia era la bicicleta, por lo menos en mi experiencia. Trascendía la función de mero juguete u objeto de diversión; era (en mi imaginación) el vehículo que me permitiría recorrer territorios desconocidos que estaban más allá de mi perímetro habitual, esas dos o tres calles que ya me conocía de memoria. Pero, para mi gran pesar, nunca tuve una, en esa etapa de la vida. Me la pasaba mendigando o robando a ratos las bicicletas de mis amigos; no podía ver una mal parada que enseguida la abordaba, para dar un rápido paseo por los alrededores. Aprendí solo; por lo menos no recuerdo que nadie me instruyera en ese arte del equilibrio.

De las decepciones que se van acumulando en la vida, tal vez la mayor de las que recuerdo de mi etapa infantil tiene que ver precisamente con una bicicleta. O con su inexistencia, para ser más exacto.

Acabábamos de mudarnos a un apartamento, que mi papá pudo comprar con grandes sacrificios, al reunir la cuota inicial, y garantizar la solvencia para costear los pagos mensuales que se prolongarían por unos diez años. Yo, no sé por qué, me había metido en la cabeza que ese año me regalarían una bicicleta. Un convencimiento gratuito, por otro lado, porque no hubo nada que me lo hubiese hecho creer. Muy difícilmente hubiese podido afrontar papá otro gasto extra, en ese preciso momento. Pero soñador es soñador, y el día de mi cumpleaños lo pasé con la expectativa de ver llegar a casa a mi padre con mi añorada bicicleta.

Recuerdo que la noche de ese día hubo visitas en mi casa, que llegaron en carro junto con mi padre. En ese momento no teníamos vehículo, así que el puesto de estacionamiento en el sótano, que le correspondía a nuestro flamante apartamento, y que estaba curiosamente -para esos años- enrejado, se hallaba vacío, y allí aparcaron nuestros visitantes. Al llegar a casa, mi papá sacó del bolsillo de su camisa una bolsita, y me la dio. Se trataba de un “Spirograph”, un instrumento que permitía realizar dibujos geométricos. Yo lo miré con total incredulidad: no podía creer que ese fuese mi regalo de cumpleaños. Sospeché, creí con toda mi voluntad más bien, que se trataba de una broma inspirada por su retorcido sentido del humor, así que le di unas escuetas gracias, y me olvidé del aparato. Estaba seguro de que mi bicicleta se hallaba en el sótano, resguardada en la fortaleza que suponía nuestro enrejado puesto de estacionamiento, y que me la darían como una gran sorpresa cuando la visita se fuera. Así que aguardé con ansias ese momento, que parecía no llegar nunca. Por fin, tras un par de angustiosas horas, la visita anunció su retiro. Mi padre me invitó a acompañarlo al sótano a abrirles la puerta, y yo ya no cabía en mí de tanta esperanza. Bajamos, el amigo de mi padre movió su carro… y nada. El puesto de estacionamiento estaba vacío.

Subimos al apartamento, saqué de la gaveta en donde lo había guardado el “Spirograph”, y me puse a dibujar. Con una tristeza infinita.







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