Gracias, “Pibe”
Vida 29/11/2020 07:00 am         


Este hombre contradictorio y arbitrario, desafiante e ingenioso, amigo leal y enemigo temible, se hundió y renació mil veces para trascender el universo del balón. Así se recordará a Maradona, como un



Por Hernán Quiroz Plaza


“Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires. Privado de luz, de agua, de teléfono…”. Con humor, así resumía parte de sus humildes orígenes en Fiorito. La villa, el barro, los arcos con dos piedras, las zapatos rotos (los únicos), Doña Tota (su mamá) protestando desde la esquina, pidiendo que vayas a hacer la tarea… “Pará, mami, dos goles más”. Ya está oscuro, pero la zurda sigue, la picardía, un amague acá y dos que pasan de largo, un caño allá. La habilidad suprema unida a la fuerza mental, el deseo de ayudar a la familia, la prueba en Argentinos Juniors, los sueños de la Primera División, la Selección... “Mi meta es jugar un Mundial y ser campeón”.

Los códigos en el fútbol. El lateral que busca achicarte a golpes: “Te dan y te la aguantás, te levantás y seguís jugando”. El miedo cero: “A estos les jugamos donde quieran y les hacemos cuatro”. La arenga eterna en el túnel: “¡A no achicarse nadie, eh! ¡Ellos no son más que nosotros! ¡Vamos que tenemos que ganar! ¡Vamos, carajoooo!”. Las leyes del juego. “El pase nunca para atrás, la gambeta hacia adelante, levantar la cabeza, entrar al área, pegarle al segundo palo, apuntar abajo que los arqueros no llegan, tocar al ras, en los penales pegarle a una punta, cabecear con los ojos abiertos”.

Esa microscópica gotita de esperma llevaba los genes de millones de argentinos, del país más futbolero del mundo. Contenía la experiencia acumulada, la pasión, la sabiduría de un pueblo que vivió para la pelota. Y salió Diego… Diego Armando Maradona, el Pibe de Oro. Toda la historia celeste y blanca de la pelota confluyó en esa gotita que germinó en el vientre de Doña Tota. Y nació el jugador del pueblo. Esa gotita se corporizó en el gol a los ingleses. En ese viaje desde la media cancha íbamos todos, todos metidos en ese cuerpo retacón y fuerte, en esa mente arrogante y ganadora. Y con cada inglés que quedaba atrás gritábamos “bieeeeennn…”. El zaguero inglés Butcher dijo años después: “Nunca le vi la cara, sólo la nuca”.

¡Qué suerte haber sido contemporáneos de Diego…! Haber visto su arte, su obra completa, la zurda creativa y demoledora. Ha sido el futbolista con más épica de la historia, el que cuando le llegaba la pelota uno pensaba que podía hacer cualquier cosa, así tuviera diez rivales delante. Una tarde en Italia volvieron al vestuario en el entretiempo, Napoli perdía y jugaba mal, Diego rabioso entró al vestuario:

-¿Por qué no me pasan la pelota, viejo?

-Estás muy marcado, Diego, se excusó Ciro Ferrara.

-Vos dámela siempre, que yo algo voy a hacer.

Sufrió verdaderas salvajadas de sus marcadores, alevosía jamás vista con otro jugador, pero nunca arrugó ni dejó de pedir “la número cinco”. A los dieciséis llegó la Selección, el gran amor de su vida. Y con ella el ruido grande, los clubes del mundo que pugnaban por el pibe de Fiorito. Pero una interminable y loquísima negociación lo llevó a Boca Juniors: a préstamo por un año a cambio de dos millones de dólares (¡en 1981!) y seis jugadores. Cuando Diego asomó sus rulos por el túnel literalmente explotó el estadio. Aún tenía veinte primaveras, aunque ya le afloraba el carácter indomable, reclamante, contestatario. Maradona disputó 676 partidos y anotó 345 goles en sus 21 años de carrera, entre la selección y los clubes.

Como jugador tuvo todo lo que se puede esperar de un supercrack: clase, valentía, magia, talento, espíritu ganador, rebeldía. Europa se rindió a su estilo, fue auténticamente sudamericano. Como personaje ha sido cinematográfico, inigualable. Es uno de los fenómenos más notables que ha dado el deporte universal. En una memorable despedida en 2001, en un estadio la 'Bombonera' colmada de hinchas, Maradona aludió a sus adicciones: "Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha".

Luego vinieron el Barcelona, los Mundiales, el Napoli, el deleite total, la leyenda, los honores, los excesos, las peleas, los desplantes. Vivió varias vidas, hizo y dijo todo lo que quiso sin importarle las consecuencias. Ganó fortunas, se las gastó, volvió a ganar. Tuvo infinidad de mujeres y muchos hijos regados por ahí. El límite de todo era él mismo. La única que lo mandó fue su madre. Imponía la ley en cada vestuario. Estuvo por encima de cada Presidente de la Nación, insultó a la FIFA, a todos los poderes. No esperaba agradar, cautivó con su fútbol. Y no se apartó nunca de su clase. Para lo bueno y para lo malo, no existe nada más argentino que Diego Maradona. Él era la bandera, la camiseta, lo que tenían para hacerle frente al contrario. Por eso lo amaron.

Se fue agradecido con la gente; en su retorno al fútbol argentino como técnico de Gimnasia, todos los clubes, todas las hinchadas le hicieron homenajes increíbles. Hasta le preparaban un trono en lugar del banco de suplentes. Recibió ovaciones, lagrimeó, se sintió otra vez como al comienzo en Argentinos Juniors. Cercanos a su entorno refieren que ya no quería nada más, deseaba despojarse del personaje, sacarse el traje de Maradona para vivir unos años como un hombre común. Anhelaba sentarse en un sillón del living con su perro al lado a mirar partidos, lejos de todo. Pero el personaje lo perseguía a donde estuviera. Murió sólo, sin ningún afecto cerca. El complejo entramado familiar no podía llegar a él. Lloraba mucho últimamente, quizás veía que la vida se le escurría temprano; ya había gastado varias. ¡Y con tanto por vivir!

Maradona debió tener dos Mundiales, pero Menotti lo dejó insólitamente fuera de Argentina ’78 cuando era por mucho el mejor futbolista del país. No obstante, para cientos de millones, es el número uno de la historia, otros siguen fieles a Pelé y muchos más entronizan a Messi. Las carreras de todos los jugadores son diferentes y los tres tienen enormes méritos. Algo es indiscutible: la épica de Maradona no la tuvo nadie. Su origen humilde, el legendario inicio en la modestia total de Argentinos Juniors, el fogoso romance con Boca, el pase bomba y las turbulencias en Barcelona, haber refundado al Napoli, su novela eterna con la Selección Argentina, el inmortal gol a los ingleses... Todo ha sido una película que el fútbol mundial pasará una y otra vez.

Sabíamos que podía suceder y aún así nos agarró desprevenidos: ¡murió Maradona! ¿Cómo? No puede ser. Sí, un paro cardíaco, se fue Diego. Y nos quedamos mudos. Ahora empieza a ser recuerdo, el mortal se fue, queda el legado del artista, almacenado en las retinas, en los textos, en los videos. Provocó cientos de millones de “ooooooooohhhhh…”. Su herencia es la magia, el asombro, la alegría que generó. “Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida. Yo nunca quise ser un ejemplo”. De esta manera, Diego respondió a muchas de las críticas que recibía por su modo de vida.

El Gobierno argentino decretó tres días de duelo nacional con funerales de Estado en la Casa Rosada. A él le hubiese gustado, seguro, algo menos solemne, un velatorio a todo volumen con la voz de Víctor Hugo Morales narrando su gol, aquel golazoooo cuando al minuto 55’, en una calurosa tarde mexicana del 22 de junio de 1986, en el mítico estadio Azteca y ante más de 114.000 personas, el astro argentino Diego Armando Maradona marcaba el mejor gol de los mundiales, denominado “El Gol del Siglo”. “Ni siquiera el día que me muera seré capaz de dejar el fútbol”. Este hombre contradictorio y arbitrario, desafiante e ingenioso, amigo leal y enemigo temible, se hundió y renació mil veces para trascender el universo del balón. Así se recordará a Maradona, como un apasionado y un genio del fútbol. Fueron mayores los triunfos y alegrías que diste al mundo entero, que tus errores humanos. Gracias por tanto Diego, por las alegrías, hazañas, piruetas, destrezas y por regalarnos tu mágico talento. Gracias, “PIBE”.







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