Beethoven y Napoleón Bonaparte
Vida 17/12/2020 08:00 am         


Un 16 de diciembre hace 250 años atrás, nació en Bonn Ludwig van Beethoven, el hombre que, en palabras de Joseph Haydn, transformó la historia de la música.



Por Fernando Araújo Vélez


Por aquellos tiempos, 1803, y a los 33 años, Ludwig van Beethoven aún no era un inmortal. Se debatía entre los intereses humanos, alguna que otra conveniencia, su orgullo, hijo de sus inseguridades y de sus dolencias, y la música. Quería que el mundo se rindiera a sus pies, como lo había hecho en París con Napoleón Bonaparte, por ejemplo, de quien dijo que era un hombre en mayúsculas por su disciplina, su férrea voluntad y su inteligencia. Un hombre, en fin, nada más que un hombre, de origen humilde, como él, que había sido capaz de superar todos los obstáculos del mundo para convertirse en el hombre fundamental del Estado francés luego de la Revolución de 1789. Quería, también, en lo posible, conocerlo, y entre aquella admiración, y su orgullo, y sus deseos porque Europa lo reconociera como el músico más valioso de su época, decidió organizar un viaje a París. Mientras cuadraba detalles, escribía cartas, seleccionaba algunas de sus obras, como sus primeras dos Sinfonías, recordaba que en 1801 la condesa Von Kielmansegge le había pedido que escribiera una sonata para Napoleón Bonaparte y la Revolución Francesa, pero él no lo había hecho, en parte porque estaba aguardando a que se sucedieran los acontecimientos, en parte porque le había molestado que Napoleón hubiera firmado un concordado con el Vaticano. “¿Qué diablos les pasa señores, están todos locos?, proponerme a mí hacer esa sonata; si hubiera sido en la época de la fiebre revolucionaria vaya y pase, pero ahora que todo vuelve a los viejos carriles, Buonaparte firmando un concordato con el papa, ¿una sonata así?, como si fuera una missa pro sancta maria a tre vocis o una víspera etcétera -ya mismo tomo el pincel para escribir con grandes notas un Credo in unum, pero tú querido Dios, líbrame de una sonata de esas, para esos nuevos tiempos cristianos no resultará nada”, escribió.

Aquella petición quedó flotando. Beethoven aún no era Beethoven, pero luchaba por serlo. Luchaba contra el mundo, contra su incipiente pérdida de audición, contra aquellos que criticaban sus obras, contra el amor y las mujeres que lo apartaban, e incluso contra la idea que lo rondaba de un Napoleón derrotado y ególatra, que a la postre acabó por ser realidad y por vencerlo. Entonces claudicó. O más que claudicar, rompió en mil pedacitos la partitura de su última sinfonía a la que le había puesto por nombre Bonaparte y le cambió el título por el de La Eroica. Había sabido que Napoléon Bonaparte se acababa de proclamar “Emperador”. Con el cambio, también desechó la posibilidad de que París lo recibiera con estruendo y ovaciones, como su obra. El día del primer ensayo de su Tercera Sinfonía, Joseph Haydn dijo que todo sería distinto desde ese día. Por primera vez en la historia de la música un autor era el centro de la música y estaba en su obra, añadió. Haydn habló de heroísmo e hizo énfasis en el héroe. Beethoven era el héroe de su propia obra. Un héroe trastornado, apasionado, que luchaba por cambiar el mundo con su arte, que era la música, y que pretendía dejar atrás la historia escrita y compuesta para él hacer la suya.

Hacía un año que Beethoven había comenzado a padecer de algunos dolores en la cabeza y no oía como antes. Solo se lo comentó un día, de pasada, a Ferdinand Ries, se alumno y su asistente, y pese a que lo insultaba de cuando en cuando, su casi todo. Ries era sus oídos y su voz, y su punto de equilibrio cada vez que algún detalle lo exasperaba, que era un día sí y al otro también, y era su orden y su mensajero y su conciencia, y de tanto serlo se tomó atribuciones que no le correspondían, como haber detenido la orquesta de Viena el día del primer ensayo de La Eroica por haber creído que un trombón se había adelantado. Beethoven lo trató de estúpido, lo jaló de la levita y por poco lo saca a patadas del salón. Le dijo que no volviera a hablarle nunca más. Enseguida le pidió a la orquesta que volviera a comenzar y, desafiante, les fue diciendo a los músicos que hasta ese instante ellos habían estado acostumbrados a tocar cosas bellas, pero que con su obra eso no importaba. Que sus notas debían sonar a orden, a imperativo. Quería romper. Quería frenesí. Quería que cada una de las notas que había escrito dijera algo, o mejor, que gritara algo, así fuera en susurros. Cuando le comentaban que sus composiciones eran “difíciles”, respondía que lo difícil era lo bello, que lo difícil era lo que se acercaba a la verdad. Él no deseaba ni regalos ni facilidades. Prefería ir a tomar que recibir, y vivía tomando de todos y de todo, sin ningún tipo de distinción social, pues creía en la igualdad. Y luchaba por ella.

Inmerso cada día más en su propio mundo debido a su creciente sordera, a la incomprensión de la gente e incluso a la turbulenta historia que se iba escribiendo en el mundo, Beethoven amaba y odiaba, y pasaba de la felicidad, “su” felicidad, a la amargura, a la ira y a la depresión. Ya en 1802 había escrito una especie de testamento que fue descubierto años después de su muerte, en 1926, en el que le imploraba al “mundo” que lo comprendiera y que fuera justo con él, y donde había confesado que en más de una ocasión había deseado quitarse la vida. Jamás tuvo un verdadero amigo, un confidente, más allá de Ries, y sus amores, como el que sintió con desesperación por la condesa Josephine Brunsvik, o con locura literaria, como el que imaginó con Maria Anna Guillermina von Westerholt-Gysenberg, fueron eternos precisamente porque jamás se concretaron.

Cuando murió, el 26 de marzo de 1827, ocurrió lo que tanto había anhelado año tras año tras año: el mundo se rendía a sus pies. Miles de personas asistieron a su cortejo fúnebre, que recorrió algunas de las calles de Viena que lo habían visto deambular como un indigente, y en las que fue una que otra vez objeto de burla de unos cuantos adolescentes que lo consideraban una suerte de iracundo demonio. Diez mil, quince mil, veinte mil o cincuenta mil personas, del pueblo o de la realeza, del clero o de las academias, murmuraban su Novena Sinfonía mientras le lanzaban flores de todos los colores a su ataúd.




El Espectador. 








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