Maga y David: El arte de juntar partes
Bulevar 15/11/2020 08:00 am         


David Méndez es psicólogo y vivió en la Unión Soviética; María Gerarda Arocha Yánez, artista de sonrisa perenne, es egresada de la Cristóbal Rojas y ambos convierten lo olvidado en coquetos objetos de



Dos a dos. Maga y David Méndez comparten una historia de amor que desafía estos tiempos de encierro, de muros altos y gentes resguardadas. Que se desplaza vegana y con el pelo cortico, risueña y tenaz por donde la curiosidad los lleve; ahora a pie desde que les robaron el volkswagen escarabajo azul, buscando miel de abejas. Ay. Fornidos de espíritu, cada día, dicen, la belleza llega a su balcón siempre abierto. Los pájaros hacen constantes visitas a sus pares de madera, el concierto es un deleite. Cada tarde bajan al Bulevar y caminan hasta el estudio que tienen en la avenida más cítrica de El Cafetal, ella con sus faldas moradas al viento, él descubriendo tesoros en las aceras de la despedida, libros de ediciones añosas o discos de acetato de la Sonora Matancera o de Ricky Ray.



Hallazgos. El otro día David Méndez quedó abismado con aquello que veían sus ojos que han visto tanto. Era una pila de discos en la que nadie reparaba tras las escafandras de la cautela. La discografía completa de The Beatles. Help!, escuchó. Maravillado los revisó uno a uno, todos en las fundas de plástico, las carátulas en perfecto estado. Un tesoro incólume a las huellas del tiempo, sin desgarrones ni pizca de humedad, aunque David Méndez, asombrado, jura que el coleccionista que los conservó con tanta ternura debió llorar el Orinoco o el Támesis mientras los abandonaba.



Tantas cosas están mudándose. David Méndez es psicólogo, vivió en la Unión Soviética y confirmó desde la entraña del invento rojo sangre que las cortinas de hierro no son embuste y que es un drama vivir detrás de ellas. María Gerarda Arocha Yánez, Maga (apodo al pelo que contiene sus iniciales hasta el primer apellido, “aunque prefiero firmar Maga Méndez para no firmar Maga Yánez, ja”), artista de sonrisa perenne, es egresada de la Cristóbal Rojas y ambos convierten lo olvidado en coquetos objetos de nuevo cuño. En piezas que, gracias a la resina, la pintura, el óleo, el desengrasante y las habilidades que comparten —son dos Gepettos caraqueños—, recomponen y regresan a la vida con otra cara. Emperifolladas y curadas de magulladuras. Una foto amarilla, un lazo lila flotando en un charco, un caballo cojo, una flor seca, una llave, una carta de desamor, nada les es indiferente.



Rutina. Con trozos ferrosos al borde del óxido, rescatados del solazo, David, artista plástico enamorado de la restauración, le hizo un nicho a san José Gregorio Hernández. Con cartón tratado creó un móvil que es una casa que flota como la del vallenato. Con corteza y trozos de madera le hizo una cueva a unos gatos minúsculos, los que eran identificación de marca de un licor e iban guindados al cuello de la botella. Maga, fajada en la piedra, talladora en la loza, la arcilla, el barro, el bizcocho —muchas casas caraqueñas tienen el nombre tallado por ella en la fachada, la del músico Ricardo Teruel por ejemplo—, con un alicate, se ha adentrado en la orfebrería desde, también, la restauración. Interviene, con cuentas que se abren espacio con una narrativa inesperada, collares o rosarios desdentados y hasta les inventa nuevos romances a los zarcillos viudos.

Historia. Terramada es el nombre del taller de creatividad que tuvieron en Petare por más una década, en el centro histórico, esa cumbre sin tiempo que integran 25 casas coloniales de patios interiores cundidos de helechos y donde habitan las mismas familias de siempre, gentes que adoran al Cristo de la Salud y al Divino Niño y celebran las fiestas religiosas con la misma fe del primer día. Casa de terracotas marcadas por las andanzas de hombre y mujeres, fustanes y pasos decisivos, gotas de azul y esperma de velas, un día dejaron el vecindario y a los amigos de la cuadra, José Pérez y Juan Urbina, y a la cofradía del damero originario, Carmen Sofía Leoni y el Museo Bárbaro Rivas, al teatro César Rengifo y los melosos golfiados de Fran Suárez y se avecindaron al edificio de las veinte llaves y rejas. “Cuando pase esto iremos a la casa que tenemos en Guárico”, sueñan verde.



Sin televisión. Entretanto leen poesía y cuentos infantiles, suben a los techos a ver las estrellas, ella acepta encargos de cocina cuando no compone fantasías —o sea, desagravia broches y pendientes—, ambos buscan en la tableta a la hija instalada en Buenos Aires, repiten mantras que incluyen la palabra libertad, recogen ramas y rimas, reinician la agenda cotidiana de la ocurrencia y la creación, bailan si les provoca, caminan en busca de la ciudad perdida, Caracas, esa que les regala de todo.







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