Crema Paraíso, El Humor de Camilo Pino
Bulevar 18/10/2020 08:00 am         


La nueva novela del escritor caraqueño, fue bien recibida por la crítica, le sube los ánimos no sólo a él sino a los lectores que agradecen la calidad y el volver a estirar las comisuras



Un episodio deviene chispazo, lo conmueve; es un clic que agita la relojería de su imaginación, de su memoria, de sus emociones. Lo siguiente es convenir conque aquel estremecimiento es un buen punto de partida para una novela. Entonces, barro primigenio, atrapa aquella emoción, la manosea, le da cuerpo, la estira, la desconstruye, la reinterpreta y procesa como trama, andamiaje, diálogos, personajes, tiempo. Por tercera vez, Camilo Pino ha vuelto a transitar el proceso.


El novelista caraqueño acaba poner punto y final a Crema Paraíso. Entre aquel temblor y el sol de hoy, cuando la editorial Alianza surte los anaqueles españoles con su tercera novela, así como promueve su versión virtual en las vitrinas de la otra orilla del Atlántico, median cinco años: 1.825 madrugadas de concentración en solitario.


Se trata de un trabajo signado por el humor, una cualidad que le es habitual al autor que conquistó con Valle Zamuro, su primera novela—a la luz en 2011—, el premio Carolina Coronado, otorgado en su décimo quinta edición por la ciudad española de Almendralejo. Camilo Pino asume que desde tal condición, esa textura porosao húmeda —condición de todos los humores—,o levedad soportable del ser (escritor),como si fuera un trampolín o una milagrosa unción, ha conseguido hacer deslizar, con más naturalidad, sus historias. El humor es un mejor vehículo para transportarlos asuntos más peliagudos de abordar y sostener: “me funciona”.


No, no es paradójico. El drama es un tono que, por subrayar la hondura, redunda y se hace fardo. Ser tremendista puede incluso ser impedimento a la hora de adentrarse en las esquinas dolorosas de toda narración. El humor, sin que ello implique evasión o quedarse en superficialidades, provee de ligereza y liviandad, ángulos que son gracias y no entrañan obligatoriamente vacuidad. Vacío. Eso sí, permiten al novelista confrontar lo incómodo. El humor absorbe el peso. Es su tesis.


Que defiende, si hiciera falta, trayendo a colación a Italo Calvino, el pensador y enjundioso autor italiano fallecido en 1985 y que ya avizoraba las características que debería reunir la escritura del nuevo milenio para preservarse. Si el milenio previo había sido el del libro, para permanecer incólume en la realidad de venida ciberespacio, este eterno objeto sensual, palpable y oloroso requerirá del auxilio de los escritores, que tendrás que decantarse por una narrativa que integre retos tales como la exactitud, la visibilidad, la multiplicidad, la velocidad, la consistencia (atributo que no alcanzó a desarrollar el profesor de Harvard, murió antes) y ligereza.
Vale decir que, aunque en nuestro país damos por cierta la premisa de que todo lo tomamos a chanza, y de que de todo inventamos un chiste, Camilo Pino ve que nuestra literatura no es humorística; y no tiene que ver con las circunstancias desoladoras que vivimos: esa seriedad no nos acaba de ocurrir. Viene de antes.


“Nuestra literatura más bien es grave”, asesta. “! Y está bien !”, concede. “No digo que no haya humor en otros territorios, pero no abunda en la novela, como sí lo encuentras en literatura inglesa o estadounidense, escritas con ese tono, con ironía, cierta acidez…”.Hay quien encuentra rasgos de Tom Sharp en el trabajo de Camilo Pino. El bebe en diversos autores. Lo cierto es que su narrativa sin duda convoca la sonrisa, incluso la carcajada.
Es imaginativa la suya, a la vez precisa: avanza sin meandros. Está sazonada con inteligentes imágenes y metáforas, y claro constituida de irreverencia y desparpajo. Describe los hechos con la normalidad de quien ve la lluvia como si no, pero queda clarísimo que la entiende gota a gota. Es lo gracioso. Desde el bajo volumen que otorga a la emoción o al hecho urde la trama más hilarante. Sorprende.

¿Un tema al que el humor no pueda abordar?

Ninguno

¿Ni el sexo?

Ni el sexo

Su proceso creativo a veces avanza a mano suelta, pero el escritor caraqueño se asume lento, y qué. “Escribo todo el día, es mi trabajo; amén de que tengo una vida, una rutina, unos compromisos, de manera que extraigo de la jornada solo las dos primeras horas de la mañana o madrugada, no sé si es poco, pero es cuando puedo y son para mí las mejores horas del día, escribo en absoluto silencio y soledad”, comparte su ritual el padre de tres.

“Puedo terminar en unos dos años una novela, y necesitaré acaso otros dos más de reescritura para terminar” (igual que Francisco Suniaga). “Escribir antes de acostarme me impediría dormir, me desvelaría pensando en el cabo que dejé suelto o en el atasco que no resolví…”. Para la noche tiene otros planes: pasear a la orilla del mar. Con su perro.

Dos horas en las que avanza tres pasos y retrocede uno, se trata de un proceso colosal. Los personajes empiezan a habitar su cabeza con sus nombres de invento, las subtramas van abriéndose paso como delta, los hilos van cruzándose. En el caso de Crema paraíso, la historia junta dos tiempos distintos y distantes, y son dos los protagonistas: un padre y un hijo. Camilo Pino, hijo del celebérrimo Elías Pino Iturrieta, aun cuando ha de ser una marca insoslayable descender del historiador y también autor asegura que no hay guiños autobiográficos, dice. “No está pensada en nosotros, ni remotamente”, responde a la pregunta inevitable.

¿No la escribiste escuchando padre e hijo de Cat Stevens?

No

“Alejandro Dubuc es un poeta eterno candidato al Nobel que ha trazado una celebrada trayectoria, los tiempos de la palabra comprometida hacen un arco en los ochentas, luego está la actualidad; el hijo no sabe qué es el éxito y no consigue redondear nada, está extraviado”, desliza. “No hay nada común entre nosotros y la obra, si hubiera alguna mínima coincidencia serían más bien entre el poeta Dubuc y yo, o sea tengo más semejanzas con el padre que con el hijo”.

Seres antagónicos que se complementarán, la obra es “una novela río”, que a medida que avanza en ese viaje compartido van sorteando circunstancias del camino. Personajes antagónicos, el punto de partida de la trama lo marca esa invitación a que participen en un reality show en Berlín. La oferta incluye una paga tan buena que les resulta irresistible. Lo que ocurre tiene que ver con esta exposición que los hará descubrirse a ellos mismos. Conocer cosas de cada uno que estaban soterradas; cosas engavetadas que ni ellos parecían saber.

Siempre Caracas

Siempre Caracas, siempre el país, uno puede estar físicamente fuera de sus límites geográficos pero el mapa permanece en la mente, mi trabajo tiene mucho que ver con la memoria.

El título da cuenta de ello. Crema paraíso es un sitio de reunión de este valle que late simbólico en medio mundo ahora mismo, y sin duda en Miami, donde está radicado Camilo Pino, la ciudad con más venezolanos del planeta. Desde allí teje su relación con el país,es una relación de cercanía aun cuando medien miles de kilómetros. La distancia en su caso podría incluso ser una ventaja. “No digo que en Venezuela no se pueda hacer una novela del país, probablemente quien escriba allá lo haga muy bien o mejor”. Pero le sirve la distancia para hacer enfoques al gusto.

Distancia social es la que chotea. Por la pandemia no habrá bautizo de Crema Paraíso, solo conversaciones por zoom. Queda postergada la algazara que imaginaba la editorial Alianza, el viaje no, y quedan boletos. La novela es uno y aunque está asentada en Caracas, pasa por Miami, Cuba, Berlín. Al regreso de ese adentrarse en el espejo los personajes están irreconocibles. La cosa es que ese cambio es un hallazgo no para espantos y desconciertos sino para la feliz aceptación.

Todos los que la han leído están encantados con este trabajo seductor que, además de producir cosquillas, parece que no te retuerce las tripas sino que te devuelve el respiro. Humor y amor no son tan diferentes, valga el spoiler.








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