La Belle Epoque y Buffalo Bill
Bulevar 29/11/2020 07:00 am         


Mientras Antonio Guzmán Blanco comenzaba a afrancesar a Caracas, París comenzaba a afrancesar al mundo, con un irrefrenable joi de vivre, además del arte y la moda



Por Eleazar López-Contreras


Rafael Arvelo era muy ocurrente. En tiempos de Antonio Guzmán Blanco cenaba un grupo desafecto al codicioso Presidente, cuando el travieso epigramista y poeta levantó una manzana y dijo: Por una cual la presente / perdió el paraíso Adán / si hubiera sido Guzmán / se come hasta la serpiente. Años atrás, Arvelo había inventado unas cuartetas para piropear a la agraciada señorita Elena Echenagucia, quien compartía la mesa en un grupo en casa del general Diego Ibarra. Para finalizar, el poeta levantó un muslo del ave, al que seguidamente hizo referencia en estos términos: Mas… ¡soy casado! Te alabo / ¿y qué haces tú?... despreciarme / ¡soy capaz de suicidarme / con esta pierna de pavo!

Eso fue en 1841, cuando la caraqueña Elenita
Echenagucia no se había casado con el alemán Carlos Hahn; al hacerlo tuvo doce hijos. Uno de ellos fue Reynaldo Hahn, quien a los tres años de edad fue llevado a París junto a toda la familia. Reynaldo tuvo los mejores recuerdos de Caracas. Al igual que Teresa Carreño, de haber el joven Reynaldo permanecido aquí no hubiera sido la figura que llegó a ser en Francia
como cantante, pianista, compositor y crítico musical. A pesar del extrañamiento, toda su vida recordó la música venezolana, por lo que
es probable que a alguien, le haya interpretado algún joropo o algún valse de los que escuchó tocar en la casa de la familia en Caracas.

Su riquísimo padre había decidido abandonar la inestabilidad de Venezuela cuando se estableció en París con su enorme familia, por lo que fue la música en Francia la que determinó y definió las inquietudes artísticas de Reynaldo. Como niño prodigio, a los diez años realizó estudios musicales en el Conservatorio de París, al lado de jóvenes como Maurice Ravel, con profesores tan notables como Jules Massenet, Charles Gounod y Camille Saint-Saëns. Debido a la ojeriza que entonces se les tenía a los niños prodigio, Reynaldo había sido rechazado antes, al igual que Franz Liszt. Todavía un jovencito precoz, pues desde los ocho años componía sus propias canciones, hizo su debut en el salón de la excéntrica belleza Princesa de Metternich (sobrina de Napoleón). De allí en adelante se codeó con la crema y nata de los creadores en París, hasta convertirse en un artista consumado y halagado. Fue amigo de
Sarah Bernhardt y confidente de Marcel Proust, con quien compartía inquietudes artísticas y mundanas. El libro del poeta, Los placeres y los
días, contenía canciones escritas por Reynaldo sobre sus poemas; pero él también musicalizó poemas de Víctor Hugo y de Paul Verlaine.



La confianza que Sarah Bernhardt le tenía a Reynaldo era infinita. Solo él pudo convencerla del disparate que ella iba cometer, cuando manifestó su deseo de hacerse injertar un rabo en el pompi (lo cual no era sino una extravagancia más de la gran actriz, que solía dormir en un ataúd). En otra oportunidad, la actriz le preguntó que cómo llamaban “eso” en Venezuela. Al responderle que la palabra usada es “paloma”, ella rió y le dijo, con cierta misteriosa picardía: “Ahora entiendo por qué Humboldt siguió su viaje hacia el sur”. “¿Por qué?”, le preguntó Reynaldo, extrañado. “Mon ami, porque, si en Venezuela Herr Barón había encontrado palomas, más hacia el sur hallaría cóndores”.

El eufemismo existe en todas partes pero solo una sociedad sofisticada como la francesa, en la que el ingenio de la palabra daba paso al refinamiento del bon mot, como antes en la Corte y luego, en los salones sociales, podía hacer pasable la sustitución de le cu por el derriére, que en esos tiempos comenzó a ser llamado con el inofensivo nombre de “pompon”. De allí las canciones que parecen que van a decir algo, como en “el cubanito” de
nuestros días, pero que no es lo que sugieren. Así apareció la cancioncita que decía: Nous avons bien rigolé / avec le pom / avec le pom-pon / avec les pompiers (Como nos divertimos / con el bom / con los bom-bom / con los bomberos).

Cuando la familia Hahn-Echenagucia llegó a París transcurría el año de 1874 y la iluminada ciudad bullía en el optimismo que solo puede
insuflar la bonanza económica y una inquebrantable fe en el futuro, sobre todo por los avances de la ciencia. Rompiendo con el pasado, en ese año surgieron los rebeldes pintores que le darían forma al impresionismo, que fue un despectivo término acuñado por el pintor y grabador Louis Leroy para ridiculizar a ese grupo de artistas, de diferentes estéticas, que proponía una nueva plástica (Monet, Cézanne, Renoir…).

El arte, la vida y l’amour estaban en plena ebullición en la capital francesa. Esa desenfadada etapa, que comenzó en 1870 y finalizó en 1914, fue llamada la Belle Epoque, y su término lo puso el comienzo de la tragedia de la Primera Guerra, lo cual ya presagiaba, dos años antes, el hundimiento del Titanic. Ese desastre lo había sugerido, catorce años antes (en 1898), una escalofriante y premonitoria novela (de Morgan Robinson) donde, en las mismas condiciones, se hundía un barco llamado Titán.

Mientras Guzmán Blanco comenzaba a afrancesar a Caracas, París comenzaba a afrancesar al mundo, con un irrefrenable joi de vivre, además del arte y la moda. Nadie imaginó entonces que de semejantes excesos saliera luego el ascético y riguroso cubismo, porque la estética era exuberante hasta en la música. De las alegres fiestas y canciones de Montmartre y Montparnasse surgió el atrevido can-can, que escandalizó a muchos. La imagen del París despreocupado y alegre —el Gay Paree— se originó en los bulevares externos de la ciudad donde apareció este baile, en el que las mujeres alternaban las patadas altas con un rápido movimiento rotativo de la pantorrilla con la rodilla levantada y la falda sostenida a lo alto. La pantorrilla —¡horror!— estaba a la vista, por lo que a los gritos, chiflidos y trinos de las coristas se le agregaban los del entusiasmado público, en el cual podía detectarse la pequeña figura de Toulouse-Lautrec, tal vez en el Moulin Rouge, en Le Chat Noir o en el Folies Bergère.



Mientras eso ocurría allá, por estos lares se disfrutaba de la ópera en el Teatro Guzmán Blanco, o se asistía a la retreta de la Plaza Bolívar o del Puente de Hierro, donde los dandies de la época le ponían el ojo a las humildes muchachas del pueblo que, más allá de un joropo, no tenían idea de los bailes de alto copete, que eran danzas de figuras, cuadrillas, contradanzas y lanceros. Cuando en París se bailó el atrevido tango apache, aquí se lanzaban caramelos a las carrozas de carnaval que recorrían la Calle del Este, desde la Plaza Bolívar hasta La Candelaria. Eso, junto al Capitolio y su Boulevard, eran los Campos Elíseos de la petite París que era Caracas.

Eran tiempos de grandes exposiciones como la de París en 1910, que le dejó la Torre Eiffel a esa ciudad (aunque al principio se tenía como provisional y debía ser trasladada a otro lugar). En Venezuela en 1883, tuvo lugar la Exposición Nacional, donde hubo de todo lo relacionado con la identidad del país, menos música. Esa fue la primera gran exposición que se organizó en Venezuela, si bien hubo algunas de carácter internacional celebradas en otras partes del mundo, donde el país envió muestras de su
desarrollo, menos en lo musical. En la Exposición de Nueva York en 1939, se presentaron los múltiples sabores de frutas de Helados Efe, empresa que la familia Espinosa-
Fernández había comenzado con helados caseros en 1926; pero allí tampoco hubo música, como sí ocurrió en la gran Feria Mundial organizada en esa misma ciudad en 1964.

En 1893 estuvo presente Venezuela en la Exposición Mundial de Chicago. Su pabellón era imponente y fue visitado por notables personalidades como el inventor Tomás Edison y los magnates J.P. Morgan y Andrew Carnegie. Allí el país mostró sus productos, ofreciendo muestras de café y cacao, sin música. Eso mismo hizo en la Exposition Universelle celebrada en París seis años después. Aparte de atender al público y a las personalidades que visitaron nuestro pabellón en Chicago, los representantes del gobierno contactaron a Buffalo Bill. El personaje presentaba su espectáculo sobre el Lejano Oeste, al lado de la feria. En la entrevista, el pintoresco
showman se mostró interesado en visitar Venezuela, adonde dijo que le encantaría venir para conocer a "sus indios".





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