Auténtico Maracanazo
Deporte 18/07/2021 08:00 am         


La final de la Copa América, en el coloso de Río de Janeiro, fue una cita de ensueño



Por Hernán Quiroz Plaza


Se corrió el velo y llegaron los dos finalistas, nada menos que Argentina y Brasil. ¡En el Maracaná! Neymar había dicho que quería a Argentina en la final, y el título, desde luego. Y para Lionel Messi ganarla era un auténtico Maracanazo. Esta fue la quinta vez que los dos gigantes del balompié mundial se enfrentaban en una final del torneo sudamericano. Las anteriores fueron en 1937, 1991, 2004 y 2007. El sábado 11 de julio ambos equipos jugaron en el estadio Maracaná, de Río de Janeiro, donde en 1950 ocurrió el recordado "Maracanazo", un episodio trágico para el fútbol brasileño y épico para el uruguayo. En esa ocasión, Uruguay derrotó 2-1 a Brasil en la final del Mundial. Para Leo es su primer título con la selección mayor, que le había sido tan esquivo, pero tanto que ya es una página de la historia del fútbol, un jugador tan fabuloso, que se ha entregado completamente a esa causa y nunca pudo dar una vuelta olímpica (sí es campeón mundial juvenil y olímpico). Pero, además, Messi, al ganar esta Copa América es firme candidato a recibir su séptimo Balón de Oro.

Tango y fútbol. Mate y fútbol. Letras y fútbol. Café, amigos y fútbol. Es difícil explicar cómo un país puede ser tan apasionado por un juego. Es como un líquido denso que impregna toda la vida argentina. No hay indiferentes para esto. Si un candidato a presidente se presentara en sociedad y afirmara no ser hincha de ningún equipo, obtendría el cero por ciento de los votos. Sería sospechado de no terrícola. Ningún político se atrevería a declararse ateo en esta religión nacional en la tierra de José de San Martín. Alguna vez le preguntaron al magnífico escritor y periodista británico John Carlin de dónde provenía su fanatismo por el fútbol: “Pasé mi infancia en la Argentina —respondió—, si no me aficionaba al fútbol, no hubiera podido jugar con ningún chico. Y me hice hincha de Excursionistas, el club de mi barrio”. Lo comprendo: era obligatorio. Se dice que solo en Buenos Aires y su área metropolitana hay 61 estadios, desde los de River Plate y Boca Juniors hasta el de Fénix. Son templos donde se profesa la fe por los colores, donde se rinde un culto a la fidelidad. Los ingleses lo inventaron y los brasileños lo sublimaron, pero en Argentina está la capital de la pasión por este deporte.

En la patria futbolera, donde nació la Copa América en 1916, veintiocho años sin ganarla es indigerible, absolutamente insoportable. Comen fútbol, y nadie aguanta tanto ayuno sin ese alimento espiritual que es el éxito. Llevarla de vuelta era la consigna ciudadana. “Ganamos porque ganamos”... “Vamos que los pisamos”… “¡Qué Neymar ni qué Neymar!”… “Hay que hundirlos en el Maracaná”… Las proclamas tribuneras son tan exageradas como deliciosas. Todos sabemos que los brasileños son muy buenos, superiores a nosotros. Y Scaloni y sus muchachos lo saben mejor que nadie. ¿Cómo pararlos durante noventa minutos si te atacan todo el tiempo? ¿Qué hacer con Neymar?

Final de Copa América en el coloso de Río de Janeiro: Brasil-Argentina. Una cita de ensueño, el clásico mundial atrapando al planeta fútbol y dándole resonancia a una copa que, puesta en paralelo con la Eurocopa, pareció menor, muy chiquitica. Pero esas camisetas están cargadas de gloria y realzan cualquier competición. Y quienes tengan dudas que vayan saliendo: son la cuna de Pelé, Garrincha y Ronaldo frente a la de Di Stéfano, Maradona y Messi. Es una batalla, Argentina-Brasil siempre lo es. Hubo unas gotitas de fútbol, lo demás fue todo fricción y nervios, pero así suelen ser estos duelos. Brasil empezó con mal pie y no se pudo enderezar más. Antes del minuto 3, Fred le entró con plancha fuerte a De Paul, recibió tarjeta y ya perdió influencia porque es un jugador físico y debió cuidarse. Y el doble 5 de Brasil (Fred-Casemiro), importantísimo en el sistema de Tite, quedó anulado porque el técnico no quiso arriesgar y lo sacó al final del primer tiempo. Y a los 21 llegó el gol, que sería el del título, el único sorbo de juego que entregó el partido.

De Paul hizo un preciso pase de treinta metros en profundidad a Di María, falló Renán Lodi al intentar interceptarlo (falla de esas que te cuestan no ser convocado más) y el puntero argentino, en plena carrera, la acomodó con el taco y definió como un verdadero "crack". Bonito gol, golazo. Di María, tantas veces criticado, hizo el gol de su vida y se redimió de sus miles de centros tirados a la estratósfera. Y fue indultado para siempre, porque esta no será una copa más para los argentinos. Se evocará por décadas. Uno a cero. Pero faltarían 75 minutos, demasiados para refugiarse a aguantar atrás las embestidas de las tropas brasileñas. Nadie resiste una balacera de ellos. Argentina presionó lo más arriba que pudo, marcó con fiereza y jugó al límite físico, llegó a la frontera misma del reglamento, aunque sin cruzarla nunca. No lo dejó armar en ningún momento a Brasil, al punto de que casi no tuvo situaciones de gol, más allá de dos remates de Richarlison y Gabigol, conjurados en gran forma por su iluminado arquero Emiliano Martínez.

Brasil buscó, esperó, ya llegaría su momento, pensó; pero el tiempo fue pasando y el salvavidas que esperaba no arribó nunca. Siempre estuvo incómodo en el juego, no le dejaron hacer tres toques seguidos. En ese complicado contexto de músculo y sudor, vale rescatar la grandeza de Neymar; quería ganar, puso toda su alma y su clase al servicio de la causa. No se le dio porque enfrente había gente muy decidida. Y a medida que avanzaba el reloj, más feroz era la determinación de los albicelestes. Es algo típico del futbolista rioplatense: cuando ve cerca el objetivo, ya no quiere perder. Se tornan lobos. “Prefiero jugar contra Alemania, Inglaterra, Holanda o Italia y no contra Uruguay o Argentina”, decía convencido Ricardo Teixeira, el presidente más exitoso de la Confederación Brasileña de Fútbol. No le faltaba razón. Contra estos se les complica más. Los rioplatenses no les piden autógrafos. Les juegan con sangre, a muerte. Brasil se batió como un león también pese a no estar tan habituado a esa salsa del combate. Y saludó al final, desde Tite hasta el último de sus soldados. Unos caballeros extraordinarios. La hermandad de Neymar y Messi es una pintura bellísima, finalizada la contienda, se abrazaron con cariño verdadero. La hidalguía también merece un título.

Fue una final casi sin fútbol, pero atrapante por la tensión excepcional, el voltaje irrespirable que contuvo, eso también tiene su belleza. El fútbol le pagó una deuda a Messi, seguramente el jugador que más espectáculo ha dado en la historia de este deporte: 17 años deleitando con una regularidad y generosidad sin par. Le faltaba lo que buscó tanto: un título con su Selección mayor. Quedaron a mano. "Necesitaba sacarme la espina de poder conseguir algo con la Selección, había estado muy cerca muchísimos años. Sabía que algún momento se iba a torcer, se iba a dar y creo que no hay mejor momento que este". "Siento que Dios estuvo guardando este momento para mí, contra Brasil en la final y en su país", dijo Messi en la rueda de prensa luego del partido. Costó años y amarguras, golpes y desencantos, pero ahí está: Argentina campeón. Con hombría, inteligencia y aguante. Nunca dejó de buscarlo, jamás huyó del favoritismo. Es hora de festejar.








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