“Solo temo a Dios…”
Historia 02/08/2020 08:00 am         


Consumado el fraude electoral del 30 de noviembre de 1952 y devenido el régimen militar en gobierno unipersonal de Marcos Pérez Jiménez, comenzó un proceso de progresivo alejamiento de las autoridades



Los gobiernos caudillistas y autoritarios que se han repetido a lo largo del devenir venezolano, y que como monstruos antediluvianos y anti históricos prolongan su existencia hasta adentrado el siglo XXI, siempre han tenido a la Iglesia Católica como destinataria de sus atropellos físicos o verbales. Conocida es la polémica y expulsión del arzobispo Ramón Ignacio Méndez por José Antonio Páez; la defenestración de monseñor Guevara por el autócrata Antonio Guzmán Blanco; la expulsión del obispo Montes de Oca por Juan Vicente Gómez, o el hostigamiento a monseñor Rafael Arias Blanco luego de su conocida pastoral de mayo de 1957 que marcó la decadencia hacia el colapso de la dictadura perezjimenista. En el caso del decenio militar (1948-1958), la Iglesia Católica mantuvo buenas relaciones con las autoridades militares. Durante la primera etapa de esos diez años donde desempeñaron la Presidencia de los triunviratos de gobierno el teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud y luego un civil, Germán Suárez Flamerich, quienes habían hecho promesas de un pronto retorno a la legalidad mediante la convocatoria de comicios populares, que permitieran el restablecimiento democrático. La jerarquía católica había tenido serias desavenencias con el gobierno de Acción Democrática (AD) surgido del golpe militar del 18 de octubre de 1945, en el cual las autoridades gubernamentales llegaron incluso a auspiciar y tolerar una iglesia cismática venezolana, disidente de la oficial al frente de la cual se colocó una persona que luego se comprobó nunca había sido sacerdote.

Consumado el fraude electoral del 30 de noviembre de 1952 y devenido el régimen militar en gobierno unipersonal de Marcos Pérez Jiménez, comenzó un proceso de progresivo alejamiento de las autoridades eclesiásticas y los jerarcas del régimen, que se convertirá a mediados de 1957 en una abierta confrontación, cuando el arzobispo de Caracas, monseñor Rafael Arias Blanco, dé a conocer su famosa pastoral, leída en todos los púlpitos de las iglesias el 1º de mayo de ese año, y donde se ponía al descubierto las precarias y deplorables condiciones en que vivían los trabajadores venezolanos en medio de una publicidad atosigante que pretendía vender la imagen de Venezuela como un país en plena prosperidad y desarrollo material. La Pastoral del alto prelado de la Iglesia cae como un balde de agua fría en el gobierno tiránico. El arzobispo es sometido a una fuerte reprimenda por el ministro del Interior, quien le exige confinarse a los temas pastorales, monseñor Arias sin amedrentarse le recuerda el deber de asistencia y solidaridad que la Iglesia tiene con los más pobres y necesitados. Este primer incidente será solo la espita por donde se desatará un conflicto que terminará arrollando al régimen despótico. Poco tiempo después desde las páginas del diario católico La Religión, su director monseñor Jesús Hernández Chapellín, da inicio a una polémica donde se atreve a refutar los editoriales que desde el periódico El Heraldo calza con las iniciales RH el arrogante ministro del Interior Laureano Vallenilla Planchart.

Vallenilla, abusando de su condición de eminencia gris del régimen y aprovechando la situación de proscripción e ilegalidad de los adversarios políticos de la dictadura, diariamente los fustiga desde las páginas de esa publicación de la cual es principal accionista y desde allí se atreve a sentenciar: “En Venezuela los partidos políticos han dejado de existir. Bastó un decreto y una simple operación policial para que desaparecieran. Lo que significa que estos no tienen apoyo popular, ni validez histórica…”. Desde la Religión, Hernández Chapellín se atreve públicamente a desmentir sus argumentos señalando: “Creemos firmemente que el articulista esta fuera de la realidad. Podemos afirmar que AD y otros partidos no están muertos. Todo lo contrario. Creer que una idea se mata con una simple acción policial, que se extingue con un decreto, es colocar esas ideas en el plano de las cosas materiales. Lo que pasa es que esos partidos no encuentran clima propicio para trabajar a la luz pública. Que tengan campo libre de acción y veremos si es cierto la falta de vitalidad”; y más adelante y con mayor contundencia le replica: “La célula cancerosa no se ve. Tampoco apreciamos a simpe vista el bacilo de la tuberculosis. Pero no por eso podemos descuidarnos y decir que no trabajan. Pongámonos en contacto con esos pequeños seres vivos y entonces podremos apreciar su prolífica actividad vital…”. Vallenilla no resiste por mucho tiempo mantener el debate en el plano de las ideas y entonces apela a la intimidación citando a Hernández Chapellín a su despacho, donde al requerirle la intención de sus escritos el sacerdote le contesta sin el menor asomo de miedo: “Voy a hablar más que todo como sacerdote que solo teme a dios. Con el régimen que ustedes tienen en Venezuela casi todos los odian”. La respuesta enfurece al ministro, quien le reprocha su posición y le hace reiteradas advertencias sobre las consecuencias de sus escritos, pero solo unos pocos meses después la dictadura será derrocada por un movimiento de unidad nacional que tuvo en la Iglesia venezolana una de sus mejores inspiraciones.








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