Juanita y Roberto
Historia 06/06/2021 08:00 am         


El nombre siempre ha sido un problema para los artistas. Hollywood se los cambió a casi todos y muchos cantantes lo hicieron por cuenta propia, porque el nom de guerre es importante



Por Eleazar López-Contreras


Joan Báez, nacida en Nueva York, era una de tres hijas del respetable Dr. Alberto Báez, mexicano, educado en USA y co-inventor del microscopio de Rayos-X. Cuando se desempeñaba exitosamente como Jefe del Departamento de Enseñanza de Ciencias de la UNESCO, en París, se enteró de que su pequeña Joan cantaba rock and roll. El buen doctor se
horrorizó. Él y su esposa eran cuáqueros. El shock fue aún mayor cuando mamá Báez se enteró del “descarrío” de su pequeña; sin embargo, ambos tenían la ingenua esperanza de que su hija se tranquilizaría, pues si bien ella mostraba una irreductible rebeldía, también se inclinaba por canciones de cuna y baladas tradicionales, bonitas pero tristes, lo cual era fiel reflejo de su carácter taciturno.

En su primer álbum, que fue totalmente normal, Joan cantó en español El preso Nº 9, de Antonio y Roberto Cantoral, el del luego famoso trío Los Tres Caballeros (lo cual indujo a que años más tarde lo grabara La Lupe, con arreglo de Chico O’Farrill). En sus presentaciones la tímida cantante lucía tan inmóvil como una estatua y no llevaba nada de maquillaje. Tampoco transmitía sentimientos de ningún tipo, ni mostraba tan siquiera una pizca de ritmo; es decir, era como una momia, un muerto ambulante. Era esa la misma actitud pasiva que mostraban la mayoría de los hippies que, en sus conciertos, ni se movían ni marcaban el ritmo (pero que fumaban cigarrillos sin marca, como murciélagos).

En su segundo álbum, mucho antes de hacerse muy famosa y ser presentada en la portada de la revista Time, la joven Joan se mostraba como “un diablillo adorable”. A partir del tercero, el “diablillo” se soltó y, ya sazonada y algo más avispada, su voz y su presencia se hicieron notar como una resuelta activista política. El buen Dr. Báez se llevaba las manos a la cabeza cuando su hija se unía en cadenas humanas, que promovían las estrellas del canto pacifista para cantar el himno de protesta de esa rebelde generación: We Shall Overcome (Venceremos).

Esbelta, de pelo largo, negro, y ojos oscuros, con mirada de becerro melancólico, al verla en persona y oírla cantar, Paul McCartney dijo, en su entrecortado español: “Buena. Sí, mucho muy buena”. Ya famosa, en 1964 la rebelde cantante rehusó pagar el impuesto sobre la renta, el cual es sagrado en los Estados Unidos. Resultado: el Gobierno le embargó todo (auto, casa, cuentas bancarias…) y le cargaron los intereses como pena, además de encarcelarla sin ningún tipo de contemplaciones. Con la paciencia de Ghandi, la cantante no opuso ninguna resistencia y declaró que todo lo había hecho a conciencia, como “protesta simbólica”, ya que no creía en “la bomba” (atómica) ni en el “crimen organizado”. Con esto último no se refería exactamente a la Mafia, sino a los políticos que llevaban adelante la guerra de Vietnam.

Joan Báez era entonces una fulgurante estrella de la canción folklórica, que era el género musical imperante en los sesenta. Los artistas más famosos entonces eran el Kingston Trío y Pete Segar. Tom Dooley (1958) era la canción bandera del trío, mientras que Seeger popularizó El martillo y la guajira Guantanamera (1962), que cantó en el Carnegie Hall y cuya grabación puso a girar en 35 países. Más allá de El preso número 9 mexicano, Joan Báez no grabó nada latino, por lo que, en ese sentido, como cantante de folk ella pudo haber sido “mucho-muy-buena”, pero en la promoción de la música caribeña, Peter Segar resultó ser mucho-muy-mejor.

En el ínterin, la rebelde cantante había conocido a Bob Dylan (con ella), a quien acobijó y promovió como artista, desde que se conocieron en Greenwich Villaje, lugar que en los sesenta bullía con las canciones de los hippies neoyorquinos. Dylan, que provenía del lejano estado de Minnesota, se hallaba a gusto en esta comunidad de desarraigados protestatarios que albergaba a pintores, poetas, músicos y a un sin fin de talladores y ensambladores de guilindajos. El mayor símbolo de la protesta en ese entonces, que incluía el cartelito de PAZ Y AMOR por delante, era Johnny Cash, que siempre vestía de negro, a quien el desgarbado jovenzuelo aun llamado Robert Zimmerman, desmelenado y todavía con corte de cepillo, tomó como modelo. No tardó mucho en hacerse llamar Bob Dylan (por el poeta galés Dylan Thomas), dejarse crecer el cabello y tomar su propio camino.

Ese camino lo halló como cantautor, compositor, músico y poeta, todo entrelazado con las cuerdas de su guitarra, que era acústica, hasta que la cambió por una eléctrica (lo cual generó protestas de sus puristas seguidores), para luego retornar a la fidelidad de la acústica y añadir el uso de una armónica, que combinaba mejor con el folk. Su indiscutible lirismo cambió el sentido de la música popular norteamericana para siempre, pues tomaba del folk, el country, el blues, el gospel, el rock and roll y, aunque parezca increíble, del jazz y el swing, pasando por la música de otros países como Inglaterra, Irlanda y Escocia. Sus letras abordaban temas sociales y filosóficos con una fuerte influencia literaria.

En 1999, cuando ya había recibido los más altos honores como miembro de diferentes salones de la fama, también reconocido con premiaciones y menciones de diferentes academias mundiales, fue elegido por Time como una de las personas más influyentes del siglo 20. En 2004, la revista Rolling Stone hizo otro tanto, colocándolo de segundo en su propia lista de los 100 artistas más importantes de todos los tiempos. En 2008 recibió un reconocimiento honorario del prestigioso Premio Pulitzer por su “profundo impacto en la música popular y en la cultura americana, poético”. Sus comienzos fueron en la universidad estatal de Minneapolis, Minnesota, donde se matriculó en septiembre de 1959 y absorbió alguna cultura en sus clases de Literatura. Allí no tomó en serio el nuevo estilo del rock and roll, que hallaba deficiente, y se inclinó por el folk americano.

Con respecto a la atracción que sentía inicialmente por este género, después explicó: “Lo que pasaba con el rock’n’roll es que para mí, de todos modos, no era suficiente... Había muy buenas frases pegadizas y un ritmo contagioso, pero las canciones no eran serias o no reflejaban la vida de un modo realista. Sabía eso cuando me metí en la música folk, que era una cosa más seria. Las canciones estaban llenas de tristeza, de triunfo, de fe en lo sobrenatural, y tenían sentimientos más profundos”. Sus prácticas comenzaron en una cafetería de la universidad, hasta involucrarse en el circuito del folk de Dinkytown, que estaba ubicado a pocas cuadras.

Fue durante sus días en Dinkytown, donde comenzó a llamarse a sí mismo Bob Dylan. A este respecto dijo en una entrevista concedida en 2004: "Naces, ya sabes, con nombres equivocados, padres equivocados. Quiero decir, eso sucede. Te puedes llamar como quieras. Este es el país de la libertad". Sintiéndose libre, se hizo llamar con el nombre con el cual se hizo famoso. El nombre siempre ha sido un problema para los artistas. Hollywood se los cambió a casi todos y muchos cantantes lo hicieron por cuenta propia, porque el nom de guerre es importante, como el inglés Elton John, quien es posible que hubiese llegado muy lejos con su nombre original, que era Reginald Wright. Pero hubo otro caso, bastante peculiar, que involucraba al excéntrico cantante que se acompañaba con el ukelele (especie de cuatro), quien no pegaba una con los nombres que usaba.

Se llamaba Harbert Buckigem Khaury y probó con nombres como Larry Dove, Darry Dover, Rollie Del, Julian Foxglove y Emmet Swink, hasta que pensó en una novela de Charles Dickens (cuyo verdadero nombre era John Hufman) y la pegó al hacerse llamar Tiny Tim. Una que no se lo cambió jamás, fue la cantactriz Leslie Uggman, a quien se referían como Lady Ugigimous, Higgin, Igiinms, Smuggins, Suggmas y, a veces, Ugnimous. Al joven Robert Zimmerman siempre lo habían llamado Bobby, pero Bobby sonaba a niño mimado.

Por haber leído algunos poemas de Dylan Thomas, se quedó con el apellido del galés, recortando el Bobby a Bob. En una entrevista soltó su nuevo nombre, instintiva y automáticamente, y así quedó. Está claro que el anterior de Robert Zimmerman no lo hubiera ayudado mucho. Igual hubiera ocurrido con Joan Báez quien, de haberse dado a conocer con el nombre de Juanita Báez, muy posiblemente hubiera llegado a ser la reina de la canción de protesta. No obstante, después de tantos años y ajetreos de todo tipo, vuelve a sonar el sonoro nombre de Bob Dylan, ahora convertido en un anónimo trotamundos, porque la guinda de la torta en su vida consiste en que, en el año de 2016, le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. Eso es algo de mucha importancia pero, en la práctica, significa que después del premio haber sido anunciado la gente no correrá a las librerías, sino a las tiendas de discos.







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