El Lugar Donde la Tierra se Volteó
Identidad 17/05/2020 07:00 am         


La Hundición de Yay tiene muchas cabras, especias, una capilla colonial y su propia alucinante leyenda



Si se aventura por allá podría perfectamente creer que se encuentra en el Cañón de Colorado. Pero no, es Venezuela profunda, geológica, fosilizada, única. Debía llamarse hundimiento pues es la manera correcta. Pero así es como se le conoce, la Hundición de Yay. Es una zona de mucha erosión, situada en Sanare, estado Lara, al occidente de Venezuela. Está ubicada a gran altura, en las estribaciones montañosas de la Cordillera de Los Andes. Yay es un lugar místico que atrae a quienes procuran lo agreste como para no distraerse de la meditación profunda y fecunda. “Bienvenidos a Yai donde brilla el sol de la creatividad y la riqueza espiritual de su gente”, es el letrero que recibe a los visitantes. Se trata de una zona desértica y rocosa que huele a anís.

El lugar ofrece barro del bueno para fabricar bellezas en artesanía y mucho anís para confeccionar las populares acemitas, dulces delicias típicas a las que llaman también “flor de harina” ya que es su ingrediente principal. En realidad, la acemita es un pan fabricado –generalmente de forma ovalada- con levadura, a la cual se le agrega varias especias como la nuez moscada, la canela y el papelón para endulzar y darle ese color marrón. Se pueden consumir agregando queso blanco no muy salado. La casa de Pastora Lucena en Yay es parada obligada para degustar las acemitas que ella prepara con un particular y delicado sabor a anís. Todo lo cual prueba que un sitio tan áspero puede también ser dulce. Pero igualmente fascinante y místico. Es un micro desierto rocoso donde predomina la vegetación xerófila como el cactus (los cardones y las tunas) ubicado a una media hora del lugar poblado más cercano. Son 10 mil metros cuadrados con importancia geológica, arqueológica y paleontológica.



Quienes allí viven se dedican a la cría de caprinos. Al llegar, una estatua se recorta en el paisaje que recuerda a su habitante más famosa, Teodora Torrealba, una dama que vivió 107 años, virtuosa en el modelaje de la arcilla. En Sanare se les llama “loceras” (viene de loza). Nadie deja de visitar su casa, donde hoy vive su sobrina Consuelo Torrealba -criada por Teodora- de quien heredó la destreza y la maravilla de trabajar la arcilla que convierte en hermosos materos, platos, figuras, entre otras piezas que el viajero puede adquirir por módicos precios.

“Su geomorfología –explica el blog Venezuela Verde– radica por ser una zona de erosión natural y que debido a un deslave se formó una depresión tectónica descubierta en forma de cañón. En el mismo valle pasa una quebrada pequeña que da continuidad al desgaste del terreno en la zona. Impresionan las formaciones de la tierra, algunas consideradas como únicas, las tonalidades de los colores, las figuras producto de la erosión, las corrientes de las aguas de lluvia, los rayos solares y el tiempo. El patrón del pueblo es San Diego de Alcalá. La capilla colonial guarda piezas de antigüedad, y se erige como centinela en este increíble y misterioso sitio arqueológico donde se levantan muy pocas casas hechas de adobe, mezcla que consiste en una masa de barro y paja moldeada en forma de ladrillo y secada al sol.

El cronista municipal de Andrés Eloy Blanco, José Anselmo Castillo Alvarado, confió al diario El Impulso de la capital larense: “Yay como pueblo fue un vivero de tradiciones, festividades y manifestaciones diversas que enaltecieron el gentilicio de sus habitantes, mientras que la cercana Hundición esconde en su seno innumerables mitos y leyendas contadas por nuestros antepasados que hoy día siguen circulando de boca en boca para mantenerlo como un importante atractivo turístico natural”. La tradición cuenta una historia que parece sacada del pasaje bíblico que evoca a Sodoma y Gomorra. En Yay, en tiempos de Cuaresma, era considerado un sacrilegio hacer fiestas, pero una vez los pobladores del caserío desatendieron las advertencias religiosas y se dedicaron a bailar e ingerir licor un Viernes Santo. Cuentan que era una población libertina, desobediente y poco observante de las normas religiosas. Dios les advirtió sobre un severo castigo sino cambiaban su comportamiento. Un día, hasta una fiesta de los pobladores, llegó un anciano pidiendo agua y solo una joven lo atendió. Su gesto amable hizo que el anciano la invitara a salir del lugar, sin mirar atrás hacia el poblado porque el mismo sería destruido; si volvía la mirada al alejarse sería convertida en piedra. El viejito desapareció ante las carcajadas de los bailarines. La joven no contuvo su curiosidad y, caminando fuera del poblado miró hacia atrás, tal como lo hiciera “La Mujer de Lot”; y fue en ese instante que su cuerpo comenzó a fundirse con el suelo, junto al inmoral caserío, creando esas formaciones rocosas únicas en Venezuela. Las mismas que hoy conocemos como la Hundición de Yay.

La explicación científica figura en el blog de la Asociación de Promoción de Inversiones del Estado Lara: “El hundimiento es un pequeño paraíso natural que se produjo por un deslave, el cual formó una depresión ecológica que ha quedado al descubierto en forma de cañón. En su interior posee un valle donde pasa una pequeña quebrada intermitente, que incide en la continuación en la erosión de la zona”. Existe una ordenanza de protección que data del año 2000 que ningún organismo hace cumplir pues el sitio se encuentra totalmente desprotegido y cualquiera ingresa y se lleva un trozo de la roca amarillenta o gris como trofeo y recuerdo de su visita.

El cronista municipal, José Anselmo Castillo Alvarado –quien se ha encargado de redactar escritos basados en estudios técnicos e historias escuchadas a viejos moradores del lugar – confió a la prensa de la capital larense: “Aquí han venido geólogos de todo el país interesados en investigar los orígenes de este monumento natural que, a pesar de constituir una atracción regional, no ha sido tomado en cuenta a la hora de elaborar programas de visitas turísticas”. Su patrón es San Diego de Alcalá. Es un pueblo turístico al que las autoridades estadales deben mucho, agua, una carretera de acceso decente que facilite la llegada de los visitantes y seguridad. La Iglesia, una pequeña joya arqueológica, fue saqueada años atrás. La plaza Bolívar no tiene al Libertador. La bienvenida la ofrece la estatua de Teodora y el letrero que exalta la espiritualidad de su gente.

Tomado de Aleteia


Créditos Fotos:
Shutterstock | Richard Re Photography







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