¿Racismo o Clasismo?
Identidad 21/06/2020 08:00 am         


El clasismo de América Latina no es incoloro, no es neutral desde el punto de vista del color. Existe una asociación potentísima entre pigmentación y ubicación de clase y posibilidades socioeconómica



En Estados Unidos se habla de racismo y, generalmente en América, la sola mención remite a conflictos entre blancos y negros. Dos razas y dos colores. Pero en nuestro continente, que es ancho y largo, en Las Américas, hay otras modalidades de exclusión que se manifiestan bajo las variadas formas de discriminación y xenofobia. Probablemente algunas de ellas no tienen que ver estrictamente con razas pero sí con temas étnicos y con restricciones de extracción social. Lo cual también es segregación. Hay países como Venezuela donde la integración social es bastante amplia y la explicación histórica puede venir de la Guerra Federal, posterior a la de Independencia, donde se enfrentaron militarmente las tendencias conservadoras y liberales en la Venezuela del siglo XIX. Está considerado el enfrentamiento bélico más largo y más costoso para Venezuela, el cual se desarrolló entre 1859 y 63.

La oligarquía surgida de la guerra independentista defendía su estatus ante los liberales quienes proclamaban los ideales de libertad e igualdad. Esa guerra de guerrillas fue una verdadera guerra civil que terminó –sin un vencedor claro- en un tratado conciliatorio. Ha sido calificada como «Crisol de la igualdad social» pues el componente social en el conflicto era muy fuerte. Otros piensan que nunca pasó de ser un intercambio ideológico entre las élites políticas del país. Pero lo cierto es que modificó el orden social establecido desde la colonia y hoy Venezuela se percibe como un país donde la mezcla de razas es el tejido de la sociedad y decirte “negro” es un apodo cariñoso que a nadie ofende. Quizá sea el único país con estas características. Aun así, la pobreza y marginación de vastos sectores de la sociedad hablan de una discriminación que también tiene color.

En Estados Unidos fue distinto. Hubo un claro ganador en la guerra norte-sur, conocida como La Guerra de Secesión (1861-1865). De los 34 estados, siete estados esclavistas del sur individualmente declararon su secesión de los Estados Unidos para formar los Estados Confederados de América. Años de intensos combates que dejaron casi 800 mil muertos. La Confederación colapsó, la esclavitud fue abolida y 4 millones de esclavos consiguieron su libertad. La esclavitud fue la causa más importante de la guerra y el tema central de la política americana desde 1850. Si bien este episodio traumático en la historia de los Estados Unidos, permitió que se solucionaran problemas pendientes desde 1776 como la abolición de la esclavitud y reunir los diferentes estados en una única nación indivisible, la huella de semejante enfrentamiento sigue marcada hasta hoy. Un país que se formó básicamente por inmigrantes, hoy hace diferencias y el cáncer del racismo rebrota de tanto en tanto lastimando seriamente a la sociedad y abriendo heridas que jamás han cerrado.


ESTABAN PRIMERO Y SON LOS ÚLTIMOS

Otra situación es la que se presenta con los indígenas. Ellos sufren discriminación y exclusión. En algunos países constituyen una base muy fuerte para la sociedad como en México, Bolivia, Perú y Ecuador. Lo mismo ocurre en naciones de América Central como Guatemala. Es innegable que esos países, aún con esa carga social, excluyen sus negros e indios de proyectos nacionales y de los beneficios que implica la ciudadanía. En nuestro continente, ello ha sido motivo de guerras y conflictos, algunos muy cruentos y prolongados como el caso de El Salvador. Como el racismo en el norte, ello ha dejado secuelas y heridas nunca curadas. En Venezuela los grupos indígenas que restan son pocos y con la persecución por parte del régimen de Nicolás Maduro a sus principales jefes y comunidades, los cuales han reaccionado contra la minería depredadora y otras injusticias, han ido emigrando y dejando sus territorios ancestrales. Pero la Cepal ha contabilizado en América Latina y el Caribe entre 33 y 40 millones de indígenas divididos en unos 400 grupos étnicos, cada uno de los cuales tiene su idioma, su organización social, su cosmovisión, su sistema económico y modelo de producción adaptado a su ecosistema.

El organismo regional ha explicado que “tras siglos de exclusión y dominación a principios del nuevo milenio los pueblos indígenas, afrolatinos y afrocaribeños presentan los peores indicadores económicos y sociales y tienen escaso reconocimiento cultural y acceso a instancias decisorias. la discriminación étnica y racial también está en la base de los sentimientos xenofóbicos en los países de la región”. La xenofobia, en este territorio, se ha visto exacerbada con el aumento de la masa de desplazados entre fronteras, sea por razones económicas o expulsados por conflictos bélicos; sobre todo si las migraciones internacionales presionan sobre mercados laborales ya restringidos en los países receptores. Este fenómeno se ha hecho patente con el masivo éxodo de venezolanos al exterior, especialmente significativo a partir del 2012.


“AQUÍ NO HAY NEGROS”

En países como Chile y Argentina es muy difícil encontrar alguien de la raza negra. Son países en los que no es extraño escuchar una frase que se repite sin pudor: «Aquí no hay negros». Tal vez muchos ignoren que durante la colonia, el porcentaje de personas de raza negra, en ciudades como Buenos Aires y Santiago, llegaron a representar más del 20% de la población. La mano de obra esclava era fundamental para las economías de la época aunque luego esas sociedades y su narrativa histórica se esmeraron en construir una identidad nacional basada principalmente en la herencia europea. En Latinoamérica no hay “supremacistas blancos” como en los Estados Unidos. Si andan por ahí, no lo proclaman. Los llamados “red necks” son un producto del “deep USA”. El Kukuklan linchaba negros y ahora, si bien limitado, aún existe. Pero hay discriminación. Países como Brasil, presentan situaciones muy similares y, probablemente, mucho peores que las que estamos viendo en EE.UU. en términos de violencia racial y en términos de criminalización de la población afrodescendiente. La violencia policial puede, igualmente, ser muy brutal contra los negros y étnias en ese país.

Si bien tenemos una historia compartida, una historia común, se expresan de manera diferente en distintos lugares, pero es claramente perceptible en nuestra parte de continente. Aunque en Latinoamérica hablamos de clasismo más que de racismo, tal vez sea por el hecho que ciertas sociedades están más estratificadas que otras, son más celosas en sus capas altas. En Colombia, Perú, Chile y Bolivia la movilidad social ascendente es mucho más complicada, así como penetrar las esferas privilegiadas de la sociedad en comparación con países como Venezuela, por ejemplo. Fueron virreinatos durante la colonia, no capitanías generales como la patria de Bolívar, lo cual podría explicar algunas diferencias y la permanencia de prejuicios de manufactura colonial.

Como explican los entendidos, tanto «indio» como «negro» son categorías procedentes de la colonia que produjeron grupos racializados, subordinados e inferiores. “Pero la inferioridad indígena es frecuentemente explicada a través de insuficiencias culturales, mientras que la de los afrodescendientes hace énfasis en la supuesta inferioridad biológica, racial”.


EL CLASISMO TIENE COLOR

La cita anterior es parte de una interesante entrevista a Alejandro de La Fuente, experto en racismo de Harvard, cuando declaró a Arturo Wallace (BBC): “El clasismo es una forma fundamental de estructuración de nuestras sociedades al sur del Río Grande. Lo que pasa es que como tú decías, el clasismo en América Latina tiene color. El clasismo de América Latina no es incoloro, no es neutral desde el punto de vista del color. Existe una asociación potentísima entre pigmentación y ubicación de clase y posibilidades socioeconómicas”. Colombia, país con 48 millones de habitantes, donde la mitad son mestizos, hay quejas de estar bajo un Estado racial que impide a negros e indios vivir con dignidad. En Guatemala, país con solo un 18% de blancos, estos acaparan el poder político y económico. El Papa Francisco lo ha contenido en un término que no pasa desapercibido: el descarte. Incluye las más distintas formas de marginalización y lo entiende hasta el último de los descartados. Sostiene de la Fuente:

“Creo que en EE.UU., después de las luchas por los derechos civiles (que se dieron desde mediados de la década de 1950 a fines de la de 1960), la representación política, la visibilidad política del tema, la capacidad de un sector de la población afroamericana de ejercer presión sobre el gobierno federal y los gobiernos estatales es superior a la de las poblaciones afrodescendientes en América Latina”. Lo cierto es que una política abiertamente racista o xenófoba es impensable en este continente. Ningún político ni partido se atrevería a enarbolarla. Pero, como precisa el citado experto, es imperativo entender la esencia del racismo. “El racismo no es solo una cuestión de una distribución desigual de recursos. El racismo está anclado en una distribución desigual de recursos, pero el racismo es mucho más que eso. Es todo un complejo cultural que de alguna manera «explica» o «naturaliza» -así, entre comillas- la subordinación de esas personas, de los que tienen menor acceso”.

Leonardo Reales – investigador afrolatino- escribió en su trabajo Pobreza y discriminación racial en América Latina el caso de los(as) afrodescendientes: “La pobreza y la discriminación racial que los(as) afrodescendientes en América Latina históricamente han enfrentado, son dos problemas estructurales que deberían ser motivo de preocupación no sólo para 

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