“Están entrando a una obra de arte compleja y múltiple, en todos los sentidos, sin duda la más importante de Venezuela, y me arriesgo a añadir que, quizá, la más importante de América Latina”, da la bienvenida al Aula Magna el profesor y premio nacional de arquitectura Juan Pedro Posani. Forma de confirmar devoción por Caracas, que se está en pie de lucha por ella, con la posibilidad de vivirla en libertad, de estar y ser en ella, sin muros ni miedo, el mensaje de esta serie de recorridos organizados por CCS-City-450 es: otras circunstancias son posibles y otras emociones también.
Obra icónica del arquitecto Carlos Raúl Villanueva con el concursos de sus amigos, un puñado de celebérrimos artistas del país y extramuros dispuestos a apostar a la trascendencia —desde el año 2000 es patrimonio de la humanidad— el ingreso a la Universidad Central de Venezuela siempre deviene embeleso, honor que comienza con ¡oh! e incluye quitarse el sombrero, y secar la baba de las comisuras. Carencias mediante, da vértigo tanta belleza junta; marea tanta intensidad suspendida como energía casi tangible; asombra el rimero de episodios que activa la memoria en las esquinas y pasadizos llenos de historia, que archiva el inconsciente colectivo; se desmayaría Jung.
Ciento cincuenta caracadictos son puntual cofradía que parte de la boca de la estación Ciudad Universitaria del Metro para reconocer la Ciudad Universitaria y Los Chaguaramos. La sede de la Universidad Bolivariana, ubicada enfrente pero sin conexión por la impertinente prolongación de la autopista Valle Coche, que se incrusta en el medio y se abre espacio a codazos entre las tapias, y sobre —o hace zozobrar— la quebrada, solo puede verse, no visitarse; la fachada da testimonio, sin embargo, de lo que albergó.
Antiguo edificio de la Creole Petroleum Corporation —en algún momento la principal empresa del ramo, instalada en el primer país exportador de crudos del mundo—, fue su diseño, firmado por Lathrop Douglass (1947-1954), arquitecto experto en oficinas eficientes, un trabajo único en el catálogo de la modernidad. Construido el edificio en estructura de acero y concreto armado, está plantado mirando hacia el Norte y, control climático mediante, considerando la puesta del Sol al Oeste y la trayectoria de los vientos de Este, de manera de atraer la brisa natural: solo en los pisos bajos habría aire acondicionado. La cafetería estaba fuera del edificio, pero fue incorporada luego que quedó clara la rutina de la idiosincrasia: “descanso y trabajo no son considerados por la tropicalidad como asuntos divorciados”, sonríe a la pléyade de urbanitas el profesor Jorge Villota, coordinador de Arquitectura de la Simón.
La caminata devora aceras maltrechas, imágenes de postal y de asombro —allá las Tres Gracias, acá unos autobuses descascarados en un territorio de olvido— hasta llegar a la sede de la Toyota, “un edificio de contundente fachada de ladrillo que cae líquida en la ciudad”, hace poesía Villota, quien subraya la altura de la obra que hace contrapeso con otra más bajo, otrora de pulcra y tentadora cristalería, para la exposición de los vehículos, objetos de culto y de deseo en los sesentas que fungieron como símbolos de la vida moderna. “La publicidad de 1952 del diario local El Universal sumaba siete veces más promociones a favor de carros estadounidenses que en The New York Times en el mismo año”, añade el arquitecto invitado a pontificar en el recorrido. “Bueno, el humo no era mal visto, ningún humo, eran tiempos en que se fumaba hasta en los hospitales”.
Las Tres Gracias
Mas, ocurre, aunque parezca cosa de Ripley, y dé pesar a los defensores del transporte público y de la vida a pie, que el carro, y su presencia repletando cualquier estacionamiento contribuye con la seguridad, según estudios del Norte. Da idea de presencia humana. Vacíos, los aparcaderos convidan más al crimen, agrega la arquitecto María Isabel Peña, de CCS-City-450, encantada con las columnas en forma de hongo del icónico edificio de Toyota, ese cuya fachada estaba también en la publicidad de los autos de entonces.
Solazo mediante, a propósito de movilidad, en el itinerario habla ahora la arquitecto Nathalie Naranjo, profesora de la Central y directora del Instituto de Urbanismo. Y habla del acceso a la universidad, cada vez más constreñido por razones de seguridad, sin suficientes pasos peatonales desde las bocas de Metro o la calle, incómodos para quien llega en silla de ruedas o con muletas.
El recorrido incluye también la casa del profesor universitario, luego, por entre caminos, al aire libre, queda atrás Tierra de Nadie, después, por entre pasadizos de techos bajos, te hipnotiza la visión inesperada del Ávila, que surge intempestiva y gloriosa en un no encuentro de dos paredes que se quedan observando sin rozarse, por voluntad de Villanueva, el arquitecto que ha concebido generoso este guiño, esta hendija vital.
Es casi un rito persignarse en el edificio de la Facultad de Arquitectura, un templo que le rinde pleitesía a la estética, conviene una parada en el Clínico, hospital tomado por el oficialismo: la hilera de fotos del poder dan cuenta de la colonización. Como la construcción le pareció a Villanueva demasiado contundente, invitó a Mateo Manaure a que le diera color. “Fue la salvación que Villanueva encontró, el arte como eterno aliado de la arquitectura, como eterno aliado suyo”, acota Posani.
Hospital Clínico Universitario
Saika Chapellín, urbanista que vela por lo verde y las fachadas, habla en el encantador auditorio del Clínico, del paisajismo anhelado y tan difícil de cuidar, de lo humanas que son las caminerías en zigzag — “caminamos haciendo sinuosas curvas”—, de que se necesitan 20 árboles para reponer las que van muriendo, de que “ya deberíamos tener los huertos rebosantes para sustituir a los árboles que perecen”, y de que no solo se desmantela el Jardín Botánico, que con voluntarios comienzan sus especies a tener respiro: “nuestros huertos también son azotados”, información que conmueve ¿quién no es doliente del verde?
Mantenimiento y carencias, anima, en contraparte, la restauración del móvil de Calder, 36 discos de distintos tamaños, suspendidos en brazos que se balancean por el peso propio, y vuelan en un eterno y siempre singular giro, y el rescate realizado a dos obras más del autor estadounidense, tan vinculado a la UCV y a Caracas: Estalagmita y Estable con hoja horizontal. El arte y la arquitectura en fiel coyunda, y Calder como leitmotiv. “Vino muchas veces a Venezuela, una de las más felices, sin duda, cuando el Museo de Bellas Artes abrió en 1955, que lo hizo con una exposición dedicada a él, 61 obras que se vendieron todas en una hora, una por minuto”, comenta Juan Pérez, experto restaurador, acompañado por Ximena González, la gente emprendedora de Copred, también en búsqueda de financiamiento para mantener el Patrimonio. A la UCV.
“Calder y Villanueva eran muy parecidos, quizá por eso congeniaban tan bien, se parecían en todo, en el sentido del humor, en el genio, en la vitalidad, en la avidez por devorar los placeres de la vida, incluso físicamente, sus familias se hicieron amigas”, dice Juan Pedro Posani, en el Aula Magna, Meca del recorrido. Juego de luces que hacen los luminitos, pruebas de audio que significa hablar sin micrófono, queda claro que el espacio fue concebido como espacio para acunar el sonido, la música y la voz, conciertos y conferencias, menos para el teatro. “El público siempre puede ver, desde cualquier asiento, gracias la inteligente disposición de las sillas, pero sobre oír”, añade, “claro, que si se trata de mirar, y admirar, pues nada más fácil observar las Nubes de Calder, que son un milagro, en este país donde estallan siempre los milagros, aunque no siempre se mantienen, uno es este, la manera como logró Villanueva hacer flotar estas piezas, hazaña que le granjeó el apodo de Diablo: así le dijo Calder: si consigues que floten las Nubes es porque eres el diablo”. Un diablo de excepción. “Lo mejor es que nos dejó esto, esta maravilla que es responsabilidad de cada venezolano”.

Aula Magna - Meca del Recorrido