Charles Brewer Carías con Mil Hojas de Vida
Identidad 01/04/2021 08:00 am         


Este políglota que ya sueña con otra exploración, echa un vistazo a su enjundiosa biografía y admite que la suya resume muchas vidas en una



Su vocación de descubridor es en realidad un destino del que no lo distraen ni su pasión por los deportes ni sus estudios de odontología en la Central ni su pasantía en la política como ministro de la Juventud: al contrario, todo irá al embudo que lo conduce inexorablemente a la exploración científica; ni siquiera lo desvía de sus afanes, los que lo han encumbrado como referencial eminencia planetaria, su gusto por hacer chanzas.

Este caraqueño universal es el que pretendería cerrar su adolescencia —¿la cerró? ¿no es un muchacho divertido de 82? ¿no dice tomando distancia que, con el tiempo, “algunas personas se convierten en adultos y dejan de explorar”?— con un par de gestos audaces, característica que signa su vida. Luego de mandarlos a hacer, es quien le coloca unos sostenes a la desnuda María Lionza de la autopista; días antes había convertido en una torre de espuma la fuente de Plaza Venezuela saturándola de jabón.

A los 14 años trabaja como asistente en el Departamento de Antropología de la Fundación La Salle de Ciencias Naturales, y descubre, un año después, un yacimiento arqueológico escarbando en las zonas verdes adyacentes a Prados del Este, donde entonces vive; eran los tiempos en que “Caracas amanecía cubierta de pura neblina”. La trayectoria que arranca así, con asombro, seguirá por el mismo camino, es más, cada vez más emocionante —como el Bolero de Ravel— a medida que pasa el tiempo y suma nuevas conquistas y consigue pasmar a los miembros de círculos científicos, academias, sociedades de naturalistas, lectores, líderes y el mundo todo. Sí, conseguirá siempre la misma reacción de la platea: que se les caiga la quijada una y otra vez.

No se sabe por qué, pero la pasión por la selva de este hombre de ciudad y de familia intelectual —su abuelo materno se carteaba con Teresa de la Parra y compartían secretos de escritura: el libro que contiene esta relación epistolar es uno de sus proyectos en ciernes— habría nacido con él: “A Fanny mi esposa sí le interesa París, a mí no”. Observador intrigado siempre por saber qué hay detrás de las cosas —más por las que están a la vista que por lo intangible, es más bien ateo—, adorará descifrar las maravillas del país del que nunca se iría: “Hay poco lugares donde la biodiversidad sea tan sorprendente y donde probablemente se estén generando nuevas formas de vida en la actualidad”. Ni siquiera cuando quiso hacer estudios de posgrado en Londres, al terminar Odontología, el albur se hizo cargo de mantenerlo de manera irreversible en los perímetros de nuestra realidad. Se precisaba de un especialista en dentaduras para acompañar a unos científicos que harían el viaje al sur para estudiar la vida de unas tribus que al parecer no habían tenido nunca antes contacto con humanos de otras fisonomías, colores o latitudes y allí fue a dar Charles Brewer Carías.

Se quedó cuatro años conviviendo en la cuenca del río Orinoco con los ye’kuana, cuyo idioma habla al dedillo así como habla el yanomami. Con los nativos aprendió entre tantas cosas a valorar lo hecho por uno mismo. “La silla que compras no tiene valor, vale lo que haces tú con tus manos”. Cincuenta años después de esa experiencia, el libro que contiene esas experiencias de su puño y letra, además de las fotos de los objetos que fabricaban los miembros de la tribu, es una joya que conmueve, para empezar, a los propios figurantes retratados con su venia. “Algunos ye’kuanas que han ido a mi casa, han roto en llanto viéndose en estas páginas”, diría en la televisión, “ahora mismo han perdido sus tradiciones y costumbres, y no han hecho resguardo de sus sabidurías, pero en el libro sí, allí existen sus rituales y productos porque se hizo memoria”.

No sólo a los protagonistas conmueve este documento de valor histórico, cultural y antropológico. El propio Charles se alegra de que se haya salvado ese esfuerzo. Es que semanas atrás estremeció al país del desconcierto y más allá un dramático suceso que devino daño irrecuperable. El deshumidificador que protegía de saturaciones y moho todos los tesoros que contenía la biblioteca-lugar de trabajo-museo de la casa de Charles Brewer Carías colapsó tras un corto circuito que en segundos se convirtió, el nefasto chispazo, en abrasador incendio.
Arrasó con lo tanto y tan valioso que debía mantenerse seco y para la posteridad, para la consulta de estudiantes y admiración de sabios: cuadernos de notas, pergaminos, mapas, libros incunables de 500 años, vasijas, cestas, documentos, mariposas crucificadas con alfileres, bichos enormes enmarcados, flores que también parece que estuvieran a punto de volar. Pronto se llenaría de hollín lo que estaba colgado en las paredes, dispuesto en el mesón, organizado en los anaqueles. “Recuerdo todo, sé exactamente dónde estaba cada tomo…”, dice, “…es triste tomar consciencia de que en segundos perdí mi trabajo de 70 años, todo se esfumó, no existe más”. Asombra sin embargo su voluntad por ver hacia adelante, sin lamentaciones. “Sin embargo yo estoy bien, tengo proyectos por hacer y cuento con el material investigativo y fotográfico que permanece a buen resguardo en la computadora”, dice con genuino ánimo. “Me da pena quejarme cuando pienso en las tantas personas pasando trabajo o en mi hermano Allan, el constitucionalista cuyo nombre lleva la Biblioteca de la Universidad Católica, exiliado en New York”.

Por otra parte, muchos logros que habrían sido sopesados, o prefigurados, o soñados en esa estancia tienen correlato en bibliotecas y laboratorios del planeta, en los libros y en las revistas científicas que tienen su récord de explorador. En la revista venezolana Exceso por ejemplo está escrito que el investigador de mostachos como manubrios se adjudica para sí ¡el hallazgo de El Dorado. Sí, está persuadido de que no habría tal leyenda sino una circunstancia real convertida en mito. “Sí”, admite nuestro Humboldt. Nuestro rey de la selva. Rara avis.

Escarbando a un metro de profundidad en los suelos ricos del sur —donde ahora mismo prosigue la fiebre desatada por el oro y los minerales y los atilas antiecológicos talan en el llamado Arco Minero—, el descubridor de más de 20 especies del reino vegetal y animal que tienen su nombre vería mezclado en la tierra el brillo que imagina debió encandilar en techos y fachadas de comunidades remotas; esas lentejuelas serían el señuelo que deslumbraría a tantos aventureros que murieron en el intento. Sería fama la riqueza de la zona en aquellos tiempos de asombro permanente y así se originaría la narrativa que, insiste, no cree sea un mito.

Revelación que espeluzna, este polígrafo cuya vida ha tenido que ver con arqueología, ictiología, botánica, zoología, entomología, geología, geografía, antropología, Historia, espeleología o taxonomía, este habitué de nuestros ancestrales tepuyes a cuyos afanes suma el submarinismo y su pasión por la fotografía, bien bajo las aguas o bien en la selva, tiene en el catálogo más razones para dejar boquiabierta a la humanidad, como si su tesis sobre la existencia real de El Dorado, y su eventual descubrimiento, no bastara.

Otro hallazgo con la que el explorador asciende más allá de las cimas conquistadas es aquél con que dio en la meseta del Chimantá y ¡desde el aire! Sobrevolando la selva que vemos con embeleso en los mapas y películas verá cual águila entre el verde tupido una sombra no advertida en sus anteriores expediciones (a estas alturas suma unas 200 y estaría encantado en preparar otra ya mismo) y que lo deja absolutamente intrigado. Dos años después de aquella visión, y tras reunir lo necesario para otra incursión —se trata de eventos costosísimos y que requieren de una organización compleja, la logística es ardua, “he ahí la diferencia entre un aventurero y un expedicionario”— regresa a ese punto que tenía registrado en su memoria cuyo prodigiosidad es indiscutible.

Nubes aparte, pidió al piloto el descenso: “Ahí”. Queda claro que conoce la zona como la palma de su mano. La avioneta se estacionó como pudo en un farallón imposible, como quien tiene un pie en el aire. Entonces descendió. Lo que vio ameritaba el esfuerzo. Charles Augustus Brewer Carías, que entre sus descubrimientos incluye las cuevas del Cerro Autana, en 1971, y las simas de Sarisariñama en 1974, da con un sistema de cuevas de cuarcitas en el tepuy de Chimantá, que llevan su nombre: son las más grandes del mundo: “Caben el CCCT, La Carlota y el Sambil juntos”.

Para dar testimonio al país y al mundo del impresionante hallazgo no debía perder un minuto más, así que regresa para organizar un próximo viaje en el que debería estar un fotógrafo especializado, el que debía lograr retratar en una toma a Charles en la inmensa puerta de la cueva y dejar registro de las proporciones: que la foto contuviera el boquete de entrada en su completa dimensión, 70 metros, y a su descubridor a escala. El fotógrafo tuvo éxito apelando a técnicas decimonónicas: mientras todos debían mantenerse inmóviles —“Nos pidió en su mal español que nos quedáramos como muertas”— él enfocaba y provocaba la explosión que iluminaría la entrada con el fogonazo.

Pero hay más: Charles Brewer volvería a la cueva a investigar lo que había conseguido en su interior: unos rarísimos habitantes, nunca antes vistos, guindando de los techos. Unas formaciones que parecían vivas ¿vegetales? ¿animales? de las que no se tiene noticia haya nada que se les parezca en ninguna otra parte de la Tierra. Lo que hace suponer que llegaron del espacio a lomos de un meteorito. Las muestras de estos seres habrían sido analizadas en el Centro Médico Docente La Trinidad y en la NASA.

El autor de la ocurrencia de cerrar avenidas de la ciudad los domingos para hacer ejercicio y permitir el encuentro en el espacio público, el mismo que mientras fue ministro hizo campamentos juveniles en las fronteras del Esequibo cosa que los jóvenes entendieran el problema limítrofe y contó a los políticos de entonces que había que inventar formas de acuerdos productivos en conjunto, el madrugador que abre los ojos a las 4 de la mañana, no para. Adoraría tener un programa de tele o dictar cátedra fija, además de conferencias. Saca cuentas y asegura que no tiene tiempo que perder, que hay mucho por hacer.

Padre de cinco hijos, autor de una veintena de libros y quien mantiene a buen resguardo 20 mil fotografías, el científico previsivo que tiene recopilado 33.74 gigabytes de información suculenta para sus biógrafos disponibles en su disco duro, agradece la gentileza de los tantos que le han enviado colaboraciones y palabras de apoyo luego del arrasador fuego: “Me han escrito 32 mil cartas”. Hombre que siempre sale adelante en todas las selvas, de todos los fuegos, incluso del coronavirus, tiene un lema: “Sobrevivir es cosa de un instante; después de eso hay que pensar en cómo subsistir”. Es lo que hace a diario. quien, paradójicamente, detenta el récord personal en encender fuego con palos: lo hace en 2,7 segundos.

Autor de Geografía del cerro La Neblina, Roraima la montaña de cristal, La vegetación del mundo perdido, entre otros títulos, en Entrañas del mundo perdido, dice: “Con el paso del tiempo nuestros sentidos se fueron afinando más, y sin frustrarnos por no haber conseguido las cáscaras de huevos prehistóricos que habrían quedado abandonadas en alguna cueva, continuamos nuestra búsqueda de lo que nadie andaba buscando, encontrando a nuestro paso ranas, insectos y plantas que resultarían nuevas para el mundo, así como otras cosas terrestres y extraterrenales que nos llenaron de asombro: como localizar los restos imantados resultantes del impacto de un meteorito y las pinturas rupestres cerca de Upuigmá-tepui”.
La revista Oxígeno le envía una pregunta: ¿Cuál es el bicho más raro con que se ha topado?: “Hay un pez extravagante (¡por decir lo menos!) que encontré en la Sierra de Lema. Cuando transmití la noticia por teléfono satelital, el ictiólogo no podía imaginarse la forma de este pez con la cabeza engalanada por tentáculos de pulpo, ojos de calamar, cubierto con puntos fluorescentes amarillos, y el cuerpo articulado como el de un armadillo”. Las preguntas pueden ser infinitas. En las antípodas de la de definición del gourmet, concede que ha probado cosas terribles, como intestinos de culebra. “¿A qué podría saber?, ¡a excremento!”. Experiencias todas bien guardadas en su cabeza, este políglota que ya sueña con otra exploración —“Nunca regreso de mis expediciones, en realidad sigo en ellas”— echa un vistazo a su enjundiosa biografía y admite que la suya resume muchas vidas en una. No tiene una hoja de vida, tiene millones y seguro que compiló aquellas con mayor cantidad de clorofila.







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