Caracas, la ciudad de los pianos
Identidad 27/06/2021 08:00 am         


Caracas está cansada de la oscuridad pero añora la noche. En cualquier resquicio de la ciudad salones, bares y hoteles, hay un piano de cola esperando



Colosal, soberbio ybrillantecomo una ballena mojada, el Stenway gran cola, serie D, el buque insignia de la Stenway and Sons, el más grande de la celebérrima casa —y el favorito de Elton John: mide 2,74 metros de largo— está a punto de estremecer a los privilegiados presentes en la Sala José Félix Ribasen esta convulsa tarde del 8 de agosto de 2013:un día antes de que comience el primer festival del piano con que se celebrará el arribo de este monumento curvilíneoa los predios del Teresa. El piano podría rugir o gemir ahora mismo, cuando ya todo está a punto;dependerá de la interpretaciónde Clara Rodríguez, la más emocionada, sus manos listas. Arte y parte,la laureada ejecutantefue la encomendada deconseguir aquél cetáceo majestuoso que parece contener la respiración aun cuando tiene la boca abierta. Se lo trajo de Londres. Gozará el joropo.

Antes deque suceda lo esperado, Peter Salisbury, uno de los dos mejores afinadores del mundo —a los 15 desistió de ser intérprete y estudió con la Stenway las intimidades del instrumento al punto de que aprendería no solo a entonar cada pulsión con milimetría de relojero,sino armarlo pieza por pieza—echa un último vistazo al piano intervenido. Vino a Caracas con Clara tras hacer un alto en su agenda planetaria—escoltar a LangLang en sus recitales por medio mundo,cuando no lo requiere Martha Argerich en Buenos Aires— para cerciorarse de que ni el viaje ni el cambio de clima afectaríanla nitidez del sonido de aquella bellezaque hace pocas horas salió directo del Royal Collegeparael Complejo Cultural Teresa Carreño. Que la aerolínea mandara por error a España su caja de herramientas es un añadido de adrenalina. “Bien cuidado podría durar 200 años”, deslizaSalisbury orondo. Luisa Elena Cabrelles, intérprete y afinadora caraqueña a cargo de tantos pianos, es quien recibe el testigo: en sus manos quedará el cuido de este ejemplar tan señero(y la máquina de repuesto que le diseñó especialmente Salisbury).

Felizmente pasa por fin lo que tiene que suceder. La memoria trastea entre partituras, los dedos se arquean, dentro de la cuenca de las manos una fruta redonda e invisible es exprimidasobre aquella dentadura de marfil. Primer acorde, segundo, tercero,Clara Rodríguez toca El diablo sueltocon precisión, pasión, dulzura repentina. Aplausos. Se le ha dado así la bienvenida no oficial en su nueva casa al piano que ha costado un precio justo, dicen: 92 mil libras. Una dicha para la Filarmónica de Caracas y para los caraqueños.¿Cómo es que ahora resulta cuesta arriba suministrarle la atención debida? ¿Cómo es que temen que alguien coloque una bomba dentro? ¿Por qué los uniformadoslo jurungan así como si fuera un guacal y dentro tuviera papas?

Como esta, hay muchas historias en la ciudad de épicos arribos de pianos que son un sueño, y tantísimosinstrumentos en todo el valle, ahora mismo boqueando en salones olvidados, entumecidos en contraindicados sótanos húmedos, silenciados en teatros de vida menguada, la luz apagada.Caracas no es un cementerio de pianos, no aun, ojalá nunca, es más bien un bosque, pero el cierre de tantos telonesy la crisis en tantos bolsillos hace cuesta arriba su cuidado. Parece un lujo tan solo pulirlos; los instrumentos se lamentan adoloridos, desdentados, apolillados, enfermos los tantos que pueden salvarse, los pocosa medio empacar en bóvedas de instituciones y restaurantes. Resisten íngrimos los que una vez fueron los protagonistas de conciertos y festivales, o de peñas dominicales.El cizañeromientras tantoque desatornilla el andamiaje de la cultura democrática, pieza a pieza, afecta a estos elegantes señorones, verticales, cuarto, media y cola completa;ni se diga lo que ha hecho con las formas de la civilidad.
Referencia en el siglo XIX de las casas caraqueñas,en estadística paritaria o incluso superior, las jovencitas lo interpretaban en las reuniones familiares, una gracia que se añadía al catálogo de cualidades idealesde las casaderas: coser, bordar, poner la mesa en su santo lugar y tocar el piano. Revertido el requisito en apasionada vocación—así se hace—, por no pocas mujeres geniales,verbigracia Teresa Carreño o María Luisa Escobar, interpretarlo espasión ahora mismo para los dedos de uñas cortas de las venezolanas Clara Rodríguez, Luisa Elena Cabrelles, Elizabeth Guerrero, Mariantonia Palacios, Gabriela Montero, Prisca Dávila, Edith Peña, Vanessa Pérez, Elena Riu, Judith Jaimes, y las perfectamente adaptadas a esta urbe tropicalMoniqueDuphil, HarrietSerr oGertyHass. No quiere el piano que se le tome por instrumento machista, aun cuando el celebérrimo Franz Liszt, el rompecorazones —en los últimos años terció hacia los ejercicios espirituales—piropeó a Carreño diciéndole la conocida frase: “Eres uno de los nuestros”.

En los sótanos del Teresa está uno embalado desde hace 12 años, alguien buscaba un piano que había sido encargado y nunca apareció: nadie sospechó que estuviera dentro del inmenso cajón, acaso ahora sarcófago. Está otro Stenwayigual de precioso en los sótanosde la UCV, encofrado en el papel plástico de burbujas, ay, y no se diga de los hallados carcomidos y convertidos en mesa servida parahambrientos comejenes.“Haymuchas casas caraqueñas en las que encuentras que hay no uno, ni dos, sino tres y ¡hasta cinco pianos!”, desliza Cabrelles.Muchas instituciones se hicieron de uno para recitales en sus salas de exposiciones, todos los hoteles de la ciudad compraron cuando menos uno de cola para sus festejos. Y ni se diga nuestros bares, que superaban con aquellos pianos impecables la escenografía de Casablanca.

Ninguno tan histórico y con tanto mérito para la reverencia como elque usó Teresa Carreño,ahora mismo mudo en un entrepiso del complejo cultural que lleva su nombre, la gente pasándole por el lado. La mujer que fue aplaudida en salones y teatros del mundo, empezando por la Casa Blanca (otra película) donde fue invitada cuando tenía 11, no tiene en el Teatro una sala para hospedarse ella con sus pertenencias; bueno la tuvo. Perolos vestidos,zapatos y carteras de la exposición permanente fueronretirados de la sala principal el día en que Chávez se antojó de esa antecámara/vitrina para sus reuniones. Entonces toda la ropa fue arrumbada en un clóset húmedo y cundido de cucarachas, y Teresa Carreño dejó de tener su altar a la vista. Años después, por iniciativa de amadores impenitentes ycostureros tristes,se recomponen los trajes raídos: al parecer se han reparado tres de la veintena. El piano que está en un entrepiso, en cambio, permanece orillado, como si no fuera una joya.

En La Pastora se da por ciertoqueestá el piano que perteneció a una prima hermana de Teresa Carreño, algo desportilladoy en uso aun: es un Charles Atlas envejecido —un Beschtein alemán—que aun se jacta de su musculatura. En una barriada cimera de El Cementerio hay otro asombro, cuyo formato de cuarto de colaocupa la totalidad de los espacios de la modesta casita.“¿Cómo lo subiste?”, le preguntaría Luisa Cabrelles a la estudiante de música que pidió su colaboración. “Lo remolcamos con una camioneta, lo atamos con mecates, dio sus tumbos”. Como no hay transporte hasta allá, lo que se le ocurrió a la maestra fue proponerle seguir con ella un taller de afinación, cosa que ella misma lograra ponerlo a tono allá donde lo encumbró; donde el Valle se ve con binoculares. Hay más. En sitios tan recónditose inesperados,el piano tiene palestra.

Otro piano para el pasmo y dejarnos boquiabiertos, el del Humboldt, una belleza que se recuperó, gracias a la veteranía de Luisa Elena Cabrelles, que le devolvió el alma, y Efraín Hernández, que rescató su empaque.De nuevo con la sonoridad maravillosa, exhibe su seductortono vinotintoque parecía olvidado, tan orgánico, tan sensual, tan de lápiz labial. Comprado en 1956 para la inauguración delhotel avileño quees símbolo dela ciudad —aun en pausa—, el piano que había permanecido enmudecido en aquel cilindro hermoso y arrogante encargado por el dictador Pérez Jiménez, y trazado por el icónico Tomás Sanabria, volvió en sí. Quiso el poder de homólogas botas que aquella ocurrenciaarquitectónica congeladacomo imagen de la modernidad se desembarazara de la pátina sepia.En aquel espacio mítico el piano dejó de ser reliquia para convertirse en viva caja de música.La madera se volvió belleza. La banqueta restaurada y rematada con un cojín de cuero del mismo tono caoba, se hizo invitación. Hasta que pocos días despuésalguien quiso abrir su tapa por donde no es y presionó tanto la línea trazada por bisagras que la partió.Ay.

El de Radio Nacional en cambio está preso. Dicen que una institución lo tomó prestado en algún momento.Tras devolverlo, a la gente de la emisora se le ocurrió, para que no volviera a ocurrir “que el piano se fuera”, encofrarlo entre cuatro paredes en un espacio que lo ajusta y por cuya estrecha puerta jamás saldría. García Márquez lo hubiera metido en un cuento. Entretanto, Luisa Elena Cabrellesse enamora cada día más de la idea de un censo de pianos caraqueños: pueblan universidades, bancos y centros comerciales.

Junto a la crisis y pese a la hora menguada, no deja la música de ser convocada, producida, compuesta, interpretada, aplaudida. “Es un distintivo histórico de Venezuela, una de sus mayores fortalezas”, dice Cabrelles, admirada por los triunfos de sus cofrades, no importa en cuáles géneros; de las victorias conquistadas por los autores e intérpretes encumbrados y premiados en medio mundo;encantada con el récord de las pianistas venezolanas: dos han sido invitadas a tocar ante dos presidentes estadounidenses: Teresa Carreño ante Abraham Lincoln y Gabriela Montero en la toma de posesión de Barak Obama. No llegan pianos a La Guaira como antes cuando llegaban, como whisky,los vieneses. Pero es que los pianos siempre serán amados: “Steinway no dejó de producir ni en tiempos de guerra”, acota.

Ha encontrado algunos firmados, caja adentro, por alguna pareja que los ha rayado, sus nombres dentro de un corazón. No le encanta, por supuesto.Pero si el que firma es uno de los más importantes pianistas del siglo XX, si es el artista de origen polacoArthur Rubinstein (1987-1982) el que deja este mensaje en el Steinway del Teatro Municipal: “Este piano es divino”, entonces Luisa Elena Cabrellessonreírá.







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