Un Caribe color de rosa
Identidad 04/07/2021 08:00 am         


Delia Fiallo, la amamantadora de culebras



Autora de un patrón romántico que se volvió viral desde la llamada caja boba, ilusionó y aleló a un público mayoritariamente femenino con su concepto del amor cortés, que se deja de platonismos en el último capítulo.

Cuando las culebras de la región, cual romántico boom, invadieron las pantallas chicas del mundo en los ochentas, Gilberto Braga, director brasileño de telenovelas, pontificó desde las oficinas de Rede Globo que el éxito de una teleserie enfocada, capítulo a capítulo, en el triunfo del amor —ese beso junto a la palabra fin como el momento climático que descorcha el rating— tenía que ver con que todos tenemos carencias (no apenas necesidades) afectivas. All you need is love, concluría Lennon. Amaos los unos a los otros, aconsejaría Jesús. El amor es la esencia de una vida sana, prescribiría Freud. Queda claro que es un asunto esencial que puede lamentablemente ser algo escaso.

Delia Fiallo (4.7.1924 - 29.6.2021) encontraría en esa carencia un filón. La inequívoca reina de las telenovelas, desentendida de las pretensiones de los intelectuales que intentaron convertirlas en instrumento para la toma de consciencia y en señuelo con el cual promover conceptos revolucionarios, como la liberación femenina, aunque graduada en Filosofía y Letras en La Habana, asumiría su barranco: aquellas vindicaciones no serían más que pamplinas. Graduada en una carrera no deseada, la que quería su madre —vaya, la señora de las culebras lo que quería era ser veterinaria—, tendrá una suerte de marca de origen, la revolución, que será definitiva a la hora de gestionar su vocación. Lastre imborrable en los sesos que la picotearía en carne propia, el odio de clases, el corsé ideológico y sus monsergas de patria o muerte —no hay dilema, siempre es muerte— la hará ubicarse por mero mecanismo de defensa en la acera de enfrente a todo cuanto suene a factor de cambio. No. Delia Fiallo preferirá aferrarse fieramente a la exitosa opción de los corazones atravesados por flechas: por eso se va de Venezuela donde vive a su aire hasta 1998: porque el que ha sido picado de culebra —en su caso esto es un chinazo— cuando ve bejuco, brinca.

Soñaría desde niña con el amor romántico que leía en los folletines, cuyas imágenes quedarían colgadas por horas o por siempre en sus retinas; incluso en los largos ratos en que desde la misma ventana veía concentrada el mar, seguía imaginándose a ella mujer enamorada en los brazos del hombre de sus suspiros, el que cada tarde, imaginaba, la tomaba por su cintura. Más que presagio, desde aquel atalaya levantado sobre su ruta libertaria hacia el inefable Miami, la colega de vida en rosa de Corín Tellado pasaría sus faunos por laberintos de almíbar. Mientras se creía Deborah Kerr besada por su Burt Lancaster como en De aquí a la eternidad. Los cuerpos semidesnudos, el agua lamiéndoles la piel.
 
Sentimiento sublime que será razón de los poetas y motivo de éxtasis y trance de santas, los amores contrariados y su anhelada realización serán leña en el fuego argumental de la literatura y posteriormente el cine que devoraría la cubana que deja el terruño en 1966: para ella, los besos en primer plano será plan de vida. Persuadida de que las audiencias ahítas y con sus corazones en vilo a lo largo de los siglos se casarían, más que ante el altar, con ella y su apuesta romántica de besos y cerezos, Delia Fiallo esterilizaría el amor de conflictos demasiado intimistas o psicológicos y los hará entrar por el aro del romance de cartón, el imposible por inconveniente pero que vence a pulso hasta volverse papel de seda.

Bebería en los clásicos y se desmayaría en los cines Caraqueños, y luego en los de Coral Gables, su última residencia, en los espejos que serán inspiración y abrevadero. Le resultará tan impactante como extrema la devoción de Romeo y Julieta (el amor abnegado que se ofrenda con sangre) y una boutade el desenlace. Seguro la hará temblar María de Jorge Isaac (desmayos, taquicardias y mariposas). Considerará muy existencial y hasta política Medianoche en París (mejor escritor arrobado bajo la lluvia que eunuco de la palabra con la vida resuelta). Se sentirá un poco triste con la escena de la niña recordándose bailando con su madre en la librería que decide vender en Tienes un email (la de la protagonista que acepta dormir con el enemigo… ¿de allí derivará Leonela?). Se derretirá con Ana Karenina (el mayor tormento: ni contigo ni sin ti, ay) pero se negará a semejante final. Y acaso se sentirá más cómoda con Cumbres borrascosas (lo imposible nunca se olvida), bien escrita y con las diferencias sociales haciendo de las suyas en la trama.
 
Mientras Ulises llega a Itaca, y tras navegar y vencer vuelve a donde está Penélope, contando los días desde hace 20 años, la creadora de Esmeralda, Lucecita, Una muchacha llamada Milagros, Kassandra, Rafaela o Cristal en 20 años hará carrera, colocará sus historias en medio mundo —Lupita Ferrer, pariente suya, susurrará sí sí sí en checo, vietnamita o japonés— y convertirá en patrón modélico ese corsé argumental de flechazo, beso, separación irremediable, llanto llanto llanto, a lo mejor pérdida de la memoria, pérdida de algún sentido o pérdida de la casa con un desproporcionado ventarrón —cosas que pasan—, discusiones a todo grito, cejas arqueadas, revelaciones inesperadas en la línea genética —aparece un hermano de cuya existencia nadie tenía noticias, salvo el bueno de Alfredo—, cachetadas que propina una dama fúrica, y por fin el reencuentro. No tendrá empacho en repetir ciertas fórmulas, total, Einstein lo haría. Como una masa madre, sus novelas, exégesis de otras, tendrían a su vez nuevas versiones. Así, con algunos cambios de vestuario y tacones pisando distinto tapete, la pobre ahora será rica y el rico tal vez un percusio desgraciado que nadie reconoce, ni el perro; pero de algún modo mágico, las aguas un día llegan a su nivel —ojalá— y todo terminará como empezó: con los mismos cuatro labios anhelándose ahora dulcemente cosidos.
 
El sentimiento convertido en camino y Meca será objeto de consumo. Género. Esto implica un estilo que en algún momento sí será vulnerado con inmensa gracia por José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia, Ibsen Martínez o el mismo Gilberto Braga. Con contenidos más audaces —fenómeno lamentablemente gatopardiano— la nueva forma de concebir las teleseries románticas incluye darle espacio al humor, darle gracia a cada línea de los guiones, deslizar una cucharada de crítica política, hacer registro del descontento en tomas realistas y, si vamos al barrio, pues vamos por estas calles y hagámoslo desde la empatía, no desaprovechemos la intención pedagógica o sociológica.
 
Pero según el formato, y a objeto de su masificación, las telenovelas que se resisten a terciar hacia la innovación, las suyas, pese a la audacia de Leonela que es un caso aparte —tan exitosa y replicada en medio mundo como bombardeada, ay el perdón, ay el paredón— en su criterio deberán permanecer rosadas y a favor del sonrojo. “Creo que el género está en peligro: ahora los guionistas se olvidan de sentimientos y añaden a la historia subtramas de violencia o narcotráfico ¡olvidándose de los sentimientos!”, diría Fiallo, a punto de alcanzar los 97, como quien dice si se consolida la unión bajaré tranquila al sepulcro. Asimismo defenderá los predecibles personajes tras el telón: buenos y malos recortados con la misma tijera de punta roma.
 
Destacarán en el catálogo las mujeres vestidas como si fueran a una fiesta sentadas en un sofá de estilo, servidas por mujeres que llevan cofia y delantal, siempre silenciosas, que les traen de beber algo en tazas de porcelana. Asimismo los hombres de corbata, también servidos por hombres de camisa remangada, que dirán la última palabra, o casi siempre. La trama se enredará cuando de sopetón interrumpa en la escena Mónica de los Ángeles Villarreal y Montenegro, la hija descocada de la familia adinerada, riéndose feliz, a carcajada suelta, porque se ha enamorado ¡del peón de la finca! Es que él le habla sin remilgos, o sea, la trata como una mujer, mientras todos los demás tienen un soporífero acento trágico, cursi y relamido.
Al mingo de la lúcida síntesis antropológica de Gilberto Braga —lo de las carencias afectivas generalizadas— estudiosos de la comunicación arrimarán la tesis de que, además, el amor no solo es un anhelo en sí mismo que aguijonea en las entrañas —no ficcionales— de la supervivencia de la especie. Será un portaviones que apalancará otros beneficios insospechados y, según el común de los libretos, podría atraer otras formas de felicidad. Disolvente eficaz de prejuicios, burlará las barreras del clasismo, ayudará a ascender socialmente, permitirá comer mejor a los carentes que seducen o son seducidos por los ricos. Cual bote salvavidas, será el pasaporte con el cual huir de tiranías, podría añadir Fiallo.
 
Considerado durante siglos —ya no tanto, se entristecen los románticos— como sublimación del mandato vital a las especies, todas llamadas al apareamiento, y como el acicate donde, según las convenciones de una sociedad, se sientan las bases en la institución de la familia donde se supone hace nido, el amor, levándose con creces por encima del sexo instintivo y las sofisticaciones del erotismo, devendrá causa que imantará a una legión de seguidores, devotos con toda el alma del 14 de febrero. Luego que la soap opera y el folletín hicieran estragos en la radio, el amor, encumbrado como caro eslabón de la cultura y su preservación misma, hará eco en las bandejas de plata, en el bastón poderoso de don Vicente Evaristo Peñabrava y los Palotes, en el conflicto entre urbe y campo, en el pañito tejido sobre el televisor y en paraguas (ante tantas lágrimas).

Meta ahora mismo que es cada vez menos el sueño único a conquistar —por ejemplo en Estados Unidos 53 por ciento de la gente vive íngrima, la pareja es una opción tan casual como el jean—, por siglos el amor enlazará a dos empeñosas almas que el destino separó para volverlos a reunir luego que por ahora se aguardan, se desean, y deberán pasar por una serie de pruebas que los ratifiquen. Tan alienantes como catárticas, en las teleboas se concebirá el amor, pues, como una escalera al cielo. No solo el cielo de las mieses y las perdices del amor por fin correspondido sino el amor tipo green card. La Cenicienta, una historia cuyas versiones aliñadas con nuevos datos ronda el planeta desde el siglo XVII, será referente de La Zulianita, de Betty la fea, o, a la inversa, de Ligia Elena, ella la princesa azul. Un éxito un amor que duela y redima. Pero claro, hay que saber ganarse a los ratones.

Llorar es una constante en la región paradójicamente de la rumba. Y con razón. Lloramos por las balas que no cesan, el robo, el maltrato. Llora la hijastra de Daniel Ortega, la del nombre terrible, Zoila América (violada), la que dijo que él había abusado de ella pero nadie le hizo caso: lloramos por la violencia en casa. Lloramos también por la cayapa o el bulling que se reproduce del patio de recreo a la esquina de Pedro Navaja donde te interceptan y te quitan todo. Lloramos el hambre, ojalá a moco tendido la falta de libertad y lloramos de miedo. Lloramos por amor o tal vez por el no amor propio. Lloramos por los que se van y por los que quedan tendidos, casi siempre jóvenes Romeos, en el asfalto. Toma este puñal y ábreme las venas, quiero desangrarme hasta que me muera no quiero la vida si he de verte ajena pues sin tu cariño no vale la pena. Toca remediar la puesta en escena. Jamás sucumbir al melodrama. Salir a flote en el mar de lágrimas. Cambiar el Llorarás llorarás llorarás sin nadie que te consuele por en un beso la vida
¿Puede la culebra renunciar al veneno?







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