EEUU: Arrogancia y Decadencia
Política 29/03/2020 07:00 am         





La guerra de Afganistán contribuyó de manera decisiva al agotamiento económico de la Unión Soviética y a la necesidad de adentrarse en un proceso de reformas que condujo a la implosión de su sistema. Osama Bin Laden, quien jugó un papel protagónico en la yihad islámica que enfrentó a los soviéticos en Afganistán, quiso repetir la misma experiencia con Estados Unidos.

Al golpear el orgullo y la sensación de estabilidad de una potencia hegemónica apostó por una sobrerreacción por parte de ésta. La misma no sólo debía resultar apta para desestabilizar hasta los tuétanos al mundo musulmán sino para agotar económicamente a los Estados Unidos. Según señalaba el máximo líder de Al Qaeda en un video aparecido en la página Web de Al-Jazeera a comienzos de noviembre de 2004: “Nosotros, junto a los mujahadin, desangramos por 10 años a Rusia hasta que quebró y se vió forzada a retirarse en derrota… Ahora continuamos esta misma política con el objetivo desangrar a Estados Unidos hasta llevarlo a la bancarrota”.

Durante los meses siguientes al 11 de septiembre del 2001, sin embargo, todo pareció indicar que Bin Laden se vería frustrado en su objetivo. Washington actuó con sorprendente moderación, pareciendo convencido de que la respuesta al terrorismo islámico pasaba por la construcción de un entretejido de alianzas y por la coordinación internacional en material de inteligencia. Para suerte de Bin Laden, tal moderación duro poco.

El apabullante pero ilusorio triunfo militar inicial en Afganistán pareció traer como lección que la superioridad militar estadounidense se bastaba a sí misma, haciendo superfluas a la diplomacia y a las coordinaciones internacionales. La arrogancia desatada de la Administración Bush, luego de este éxito, no admitió ya disentimientos. La Doctrina de Acción Preventiva, la indiferencia frente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y a la opinión pública mundial y la invasión en Irak fueron consecuencias directas de este estado de ánimo. Al poner en marcha todos los mecanismos del poder imperial, Bush cayó de lleno en la trampa tendida por Bin Laden.

Si bien los costos combinados de Afganistán, Irak y la seguridad doméstica (“homeland security”) no condujeron a la bancarrota económica, sí dispararon los déficits fiscales y la deuda pública estadounidense. Ello, a su vez, puso en marcha una espiral de deterioro y polarización social. Más aún, para diversos analistas llegó incluso a existir una relación de causalidad entre la invasión a Irak y la potente crisis económica de 2007-2008. Entre quienes sustentan este planteamiento se encuentran el columnista del Washington Post, Ezra Klein, el ex editor de The Economist, Bill Emmott, y el economista e historiador británico, Robert Skidellski.

En palabras de Ezra Klein: “Bin Laden no nos arruinó, no podía hacerlo. Él sólo podía provocarnos para que nos arruinásemos nosotros mismos y lo cierto es que estuvo bastante cerca de lograrlo… Él entendió lo suficientemente bien la psicología de una superpotencia como para lograr que usáramos nuestras fortalezas en contra de nosotros mismos. Finalmente puede que no haya ganado pero sí logró, al menos parcialmente, sus objetivos” (“Osama Bin Laden didn’t win but he was ‘enormously successful’”, Washington Post, 3 May, 2011).

Lo cierto es que desde 2001, Estados Unidos ha gastado 5,9 millón de millones de dólares en las guerras post 11 de Septiembre. Dicha suma supera en 2 millón de millones de dólares al gasto del gobierno federal estadounidense durante el año fiscal 2017-2019. De tal manera, de la actual deuda nacional de Estados Unidos cuyo monto es de 22 millón de millones de dólares, alrededor de 6 millón de millones se corresponden a la factura puesta en movimiento por las acciones desencadenadas en 2001 (Amanda Macias, “America has spent $5.9 trillion on wars”, CNBC, November 14, 2018; Jim Tankersley and Emily Cochrane, “Budget Deficit on Path to Surpass $1 Trillion”, The New York Times, August 21, 2019).

El 11 de Septiembre se convirtió en factor de primera importancia en el inicio de la decadencia estadounidense.







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