Armando Fe, Rosas Rojas
Vida 15/07/2020 08:00 am         


Pese a sus movimientos lentos, complicados, acaso imposibles, Armando Rojas Guardia (fallecido el 9 de julio) sería sin embargo un andariego, uno de paso lento y a la vez de trayectoria inmensa



No es deducción, o intuición, mucho menos sabiduría: es que su espíritu, de dimensiones colosales —y siempre de otro mundo— se evidenciaba de mil formas palmarias. Da la impresión de que tenía entre ceja y ceja, si tienen cejas los espíritus, irrumpir hacia la libertad que parecía constreñir la entrañable figura de blancura láctea, láctea de sideral, de estrella, de luz, la del poeta de carne y hueso que lo contenía. A las pruebas me remito. El espíritu se asomaba a cada rato a través de su verbo sensible, lúcido y transparente en permanente goteo, filtración, tinta. Abismaba la claridad con que entendía lo sagrado y lo intangible. Asimismo nos hacía señas desde su mirada enmarcada en aquellas cejas como aleros que lo protegían del encandilamiento de su propia luminosidad. Parecía gritarnos cuando intentaba desplazamientos dificultosos, de aquí hasta la silla, de la silla a la mesita donde tientan los cigarrillos, ay, del cenicero al teclado. Y de la calle al autobús, y del carro del amigo a El Buscón (debo jactarme aquí y pido excusas por la dispersión: una vez de lecturas y sesudas deducciones, recomendando como siempre vivir en estado permanente de atención de sí, me miró y oh maravilla me lanzó un beso volado: él, espíritu insubordinado y a la vez imbuido del consuelo del amor, podía permitirse embelecos).

“Vivir poéticamente es vivir desde la atención: constituirse en un sólido bloque sensorial, psíquico y espiritual de atención ante toda la dinámica existencial de la propia vida, ante la expresividad del mundo, ante la sinfonía de detalles cotidianos en los que esa expresividad se concreta; ello implica un refinamiento orquestal de la vida de nuestros sentidos y un esfuerzo consciente por aquilatar nuestra percepción de los objetos que pueblan nuestro entorno”, leyó para los presentes en el auditorio de la Universidad Metropolitana. Pese a sus movimientos lentos, complicados, acaso imposibles sería sin embargo un andariego, uno de paso lento y a la vez de trayectoria inmensa cuya parsimonia podría explicarla el hecho de que pisaba a la vez que también ascendía, y ha de ser difícil tocar tierra y a la vez rozar los cielos. Tal vez, dirán otros, la morosidad (en él la palabra la antecede una A) tiene que ver con esa corporeidad acontecida suya; a su vida ineludible de carne y hueso que fue dolor, quejido, blanco de penurias, indicios, acaso incomprensión. Ese cuerpo blanco fundido al blanco de las losas del hospital hermético, sin ventanas, que lo encapsuló, ay, cuando la mente era acoso de voces y tiempos. Blanco sobre blanco diría Kazimir Malevich. Cuerpo afligido de dolencias, de respirar calamitoso, la boca siempre masticando la conclusión genial, correría por sus venas una no recomendable dulzura en la sangre que podía entenderse.

Armando Rojas Guardia siempre sería un espíritu latiendo con fruición dentro de la figura empacada en ropas ajadas y de cuya boca, ventana azul, saldrían pájaros. Conocía al dedillo las tesis de los pensadores, podía citarlos con una memoria que era como un archivo googleliano untado de emociones, ungido de deducciones y asociaciones únicas. Sabía de Historia y de Arte. Era la cultura bajo palabra. La sabiduría se expresaría más aún, sin embargo, en su forma de interpretar la vida, el tiempo, en su brillantez para compartir lo inexplicable, su fe. Lo místico. No era ingrávido o imperceptible el maestro, el escritor, el individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, era un esfuerzo denodado de estar y estar con los poros abiertos. Persuadido de que hay hedonismo y austeridad, luz y oscuridad, palabra y silencio, grupo Tráfico y soledad, vida y muerte, estas últimas en su currículo impecable como rizos enlazados. Como sustancias del mismo fermento y con vasos comunicantes.

Hombre que se salva, que se va, que es pureza, que es desafío, que es tantos en uno y a la vez único, deja tanto que no puede más que agradecérsele la presencia ahora omnipresencia en hojas, todas las hojas. Seguirlo leyendo será magnífico para él, pero medicina para nuestras almas ahítas. “La atención esta orgánicamente entrelazada con el evento físico, psíquico y espiritual de estar —consciente—: en una palabra, con el despertar. Una milenaria tradición religiosa identifica el despertar, el hecho de estar despierto, con el arranque mismo de la vida del espíritu”, aconseja en otra escena en la que alienta a hacer algo más que el desconfiado ver para creer: propone ver para no extraviarse en la maraña, para no cotejar solo una parte, para hacer foco, desde la comprensiva subjetividad. Su nombre puede encerrar alguna clave: está en guardia, está armando, en el medio lo rojo bien flanqueado. Acotado.

Hombre de una sola pieza que, a la vez, llora y se sensibiliza desde las circunstancias dispares —y concatenadas, claro— que lo distinguen, Jesús y la fe, la homosexualidad, el amor, la ciudad, los quebrantos de salud, Armando Rojas Guardia es el autor de los tantos textos, que toca felicitarnos. Masaru Emoto quien estudió en Japón Relaciones Internacionales y en la India medicina alternativa murió persuadido de la fuerzade la palabra. Según su teoría las palabras, oraciones, sonidos y pensamientos dirigidos hacia un volumen de agua influirían sobre la forma de los cristales de hielo obtenidos, cuando el agua se congela; las figuras microscópicas armadas en esas moléculas dependerían del contenido positivo o negativo de cada vocablo. Murió persuadido de ello y aunque sus fotos no se consideran todavía prueba de nada, es imposible dudar a estas alturas —y menos en Venezuela— de la influencia y las magulladuras en el alma de la violencia del verbo. De su consecuencia tóxica. Así como reza la oración puede uno agradecerle el verbo a dios que honra la memoria a Armando Rojas Guardia. “Una palabra tuya bastará para sanarme”.







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