Venezuela: Acuerdo o Hambruna
Análisis 06/05/2020 07:00 am         


"No se trata de la polarización extrema entre partidos que invocan diferencias programáticas en el juego electoral y democrático, como suele ocurrir entre republicanos y demócratas"



Como se sabe y se ha dicho hasta la saciedad, con el cese de la pandemia del coronavirus el mundo enfrentará una dura realidad social (hambre y desempleo), económica (recesión y recomposición empresarial) y en lo político agravamiento de conflictos, emergencia de nuevos liderazgos y seguramente cambios de gobiernos. Por supuesto, ello dependerá también de las situaciones y circunstancias que vivían las naciones antes de aparecer, desde la lejana China, el temible y despiadado "COVID-19". Buena parte de Europa, Estados Unidos, y el Sureste Asiático enfrentarán desequilibrios macroeconómicos con la caída de los indicadores de empleo, de inversión y exportaciones en proporción mayor a la que vivieron con la última crisis del 2008. Las naciones africanas verán frenada una auspiciosa tendencia al mejoramiento social, mientras que América Latina acusará un mayor declive de las exportaciones de materias primas, hará más explosiva sus ya inquietantes desigualdades sociales y, como es característica propia de su historia, conocerá nuevos conflictos políticos nunca exentos de violencia y vientos de guerra.

En el nada alentador escenario latinoamericano, la situación más llamativa y grave es el llamado “Caso Venezuela”, donde se conjugan todos los factores críticos (que al final pueden y suelen tener respuestas y soluciones concertadas), además, con un enfrentamiento político en la versión de las “guerras híbridas” o de “cuarta generación”, que ya se prolonga por veinte años, contaminando todos los espacios de la vida nacional. Justamente, en la naturaleza de la conflictividad política venezolana radica el mayor obstáculo para abordar negociaciones y salidas en procura de coincidencias y acuerdos a favor de los intereses colectivos. Curiosamente, en este caso, no se trata de una guerra religiosa, racial, territorial ni militar como las que han ensangrentado durante siglos a muchas regiones; ni tampoco de una guerra civil tradicional del siglo XlX venezolano, cuyo final se confiaba a la fortuna de los fusiles, y que todavía de alguna manera se repite en la vecina Colombia. Tampoco se trata de la polarización extrema entre partidos que invocan diferencias programáticas en el juego electoral y democrático, como suele ocurrir entre republicanos y demócratas: liberales y conservadores, democratacristianos y socialistas, priistas y panistas o adecos y copeyanos durante años en la experiencia venezolana y que se resuelven finalmente mediante el voto.

Lo que comenzó como una diferencia si se quiere ideológica entre la preservación de la democracia representativa, heredada del 23 de enero de 1958, y un proyecto militarista y golpista, nacido y fracasado el 4 de febrero de 1992, con los años en el poder (en buena medida por la propensión voluntarista de los grupos que espontáneamente asumían el papel opositor) devino en un modelo autoritario y hegemónico, apuntalado por Fidel Castro, quien de esta manera satisfacía su viejo sueño de influir en “la tierra de Bolívar”. Con el tiempo esta relación se convirtió en un pacto de beneficios mutuos: La Habana aportaba asistencia militar para reconvertir las Fuerzas Armadas en un Ejército ideologizado que permitiera a Chávez la consolidación de su proyecto de poder y Caracas ofrecía la ayuda económica y la seguridad de suministro petrolero en generosa cantidad para atender las carencias de una economía todavía en el “período especial” provocado por la caída de la Unión Soviética. La llamada entonces “Cubazuela” reproducía en un principio la aproximación fidelista a Jamaica, Granada, y Nicaragua en años anteriores, pero ahora en el marco de un proceso de reconfiguración multipolar con ingredientes antiimperialistas y con tendencia globalizadora. En esos días había muerto Norberto Ceresole, el viajero argentino que inspiró originalmente en Chávez el mantra: Caudillo, Ejército y Pueblo y, por entonces, solía visitar el alto gobierno el sociólogo alemán Heinz Dieterich, quien seguramente por mera comodidad semántica, bautizó lo que observaba como un “socialismo del siglo XII”. En la calle seguía desbordada una entusiasta sociedad civil que luego de comprobar que el gobernante podía abandonar Miraflores como ocurrió el 11 de abril de 2002, pero sin entender la importancia de la ayuda fidelista y menos aún las confusas teorías ideológicas, se limitaba a gritar con fuerza en las plazas: “Chávez, vete ya”.







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